Si nosotros lleváramos la batuta, si fuéramos el imperio, el planeta estaría invadido de chicharrones, blusitas bordadas -a mano o de máquina-, cacharritos de barro hechos a mano y pintados con primuras, globos como los de antes, de látex verdadero, adornados y pegoteados a lo lindo, variedades de tacos y moles, tortas fabulosas, sarasgarcías, monsivaises, salinases y un solo slim como un dios monopólico.
Los chilangos diríamos que -excepción hecha de los millares de monsis- nos han invadido las provincias (como los neoyorkinos dicen que su ciudad de ha suburbanizado con la irrupción de starbuckses, macdonals y demás cadenas pollokentukis).
El planeta entero canturrearía a las yuris -si se escribe así-, y las alejandrasguzmán no cantarían eso que perpetran sino versiones de rancheras atangadas, sones jarochos medio franceses y corridos afelpados. Gloria Trevi hubiera sido amante del Papa y no de un Sergio; las hostias se venderían decoradas con guadalupanitas; Bin Laden y López Obrador habrían tenido queveres y disgustos, y el planeta completito adoraría a López Velarde y a Gorostiza, abismándose en vasos de agua de horchada y sin ésta.
Lo demás, que estoy de fiesta por lo de las jacarandas florecidas, las palmas entremezcladas con ramos de limpias y la peluca de los cristos en los atrios montando burros de peluche tamaño natural.
Amén.

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