Da Ponte y la Bella Inglesina

En el exilio en Trieste, “sacrificado por el odio, la envidia, el interés de quienes gustan hacer el mal al prójimo”, Lorenzo Da Ponte, libretista del entonces recientemente fallecido Mozart (hizo con él mancuerna para inspiradas obras) y de Salieri (ahí sin química), que muy joven había entrado al seminario empujado por la pobreza (“totalmente contrario a mi temperamento, mi carácter, mis principios y mis estudios”, además “tendría que renunciar a la mano de una noble, atractiva joven, a quien yo amaba con ternura”) y se había ordenado cura (se le conocía como el Abad Da Ponte), conoció a la Bella Inglesina, Nancy Grahl, hija de una francesa y un judío converso de Dresde, rico negociante, prestamista, especulador de alto riesgo y fabricante de bebidas etílicas.
Nancy y Lorenzo se hicieron buenos amigos e intercambiaron lecciones de italiano y de francés. Lorenzo le celestinó un posible marido, Signor Galliano. Nancy y Galliano intercambiaron cartas y retratos, la relación se iba consolidando. Cuando Galliano estaba por viajar a Trieste para conocer a Nancy, escribió a Lorenzo pidiendo averiguara con el padre de la Bella Inglesina a cuánto iba a ascender la dote.

-¡Así que anda tras mi dinero y no tras mi hija!

Enfurecido, el papá de Nancy ofreció la mano de su Nancy a Lorenzo. Ella tenía 23 años, él, desdentado y arruinado, 43. Lo cierto es que se gustaban, y disfrutaban de sus compañías. Ella aceptó gustosa, y él creyó haberse ganado la lotería. Por una vez en su vida, no se equivocaba, ella sería su mujer cuarenta años, compañera de muchas batallas, y, como él, incansable emprendedora (llegaría a tener el Café de la Ópera de Londres, seduciría a Nueva York con su cocina italiana, en repetidas ocasiones ganaría más dinero que su marido en aventuras que probarían ser más estables que las locuras de él). Lorenzo Da Ponte hizo saber al futuro suegro que no aceptaría dote alguna, y la familia aplaudió con alegría el compromiso. Formarían una pareja de amor y simpatía, no de compromiso y conveniencia.

El Abad Da Ponte y la Bella Inglesina se casaron en la sinagoga, bajo el rito judío. Hubiera sido imposible contraer matrimonio en una iglesia católica. Los Grahl eran anglicanos, tampoco se vería bien en su rito que el novio fuera un cura. Nancy y Lorenzo habían nacido judíos, eran conversos. Lorenzo da Ponte se llamó hasta los 13 años Emanuele Conegliano. El papá de Nancy, Johannes Krahl, había mudado a ser John Grahl al mudarse a Inglaterra. Cuando su amigo Casanova se enteró de que Lorenzo había contraído matrimonio, le recomendó dejar cuanto antes Italia. El escándalo estallaría en cualquier momento. Lorenzo y Nancy planearon viajar a París, a la reina le gustaba el trabajo de Da Ponte. Pero María Antonieta estaba por perder la cabeza, y cuando pasaron a visitar a Casanova éste los convenció de otras alternativas.

Vivieron un tiempo en Londres. Viajaron juntos a visitar Venecia; Lorenzo no la presentó a su padre, que ahora era un viejito muy devoto, pensando le daría mucho pesar saber que el cura era un feliz casado.

Al empezar el XIX, Nancy salió hacia Nueva York a visitar a su familia, llevándose a los tres hijos. Da Ponte escribió en sus Memorias que sintió “una mano de hielo arrancándome el corazón del pecho”. Describe ahí la sensación de verla partir: “La casa en que vivía, la ciudad en que yo habitaba, en realidad todo lo que tenía cercano a mí me volvió tan odioso e insoportable, que incontables veces estuve a punto de irme a América”. Sus responsabilidades lo retenían, “en una especie de infierno”. Pronto, escapando de sus acreedores y tal vez de la cárcel, Da Ponte se reunió con ella. Pasaría buena parte del resto de su vida en Nueva York, el primer profesor de italiano en Columbia University (el primer cura y el primer converso en pertencer al cuerpo académico). Luchó por imponer el gusto por la ópera italiana en Nueva York, yéndose a la ruina una vez más. Murió en 1838, y fue enterrado, como Mozart y Casanova, en una tumba sin lápida, y sin Nancy.
http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/48233.html
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