Antes de la moda
Escuché ayer -como hago cada que puedo- a Carmen Aristegui en su programa de la noche. Ya sé que se la ve, pero a ella también se la escucha. Y encontré a Magali Tercero con ella, a quien también respeto. Al término de la entrevista -sobre Frida Kahlo, en su cumpleaños- Carmen Aristegui le preguntó cuándo despertó el interés por la Kahlo en México. Magali Tercero no dudó en contestarle que éste era una respuesta al que la artista despertó en Estados Unidos, que a fin de cuentas no somos sino una colonia.
Su respuesta está muy equivocada. Hubo adictos a Frida Kahlo muy antes de la ola de fridomanía. Todos conocemos la dedicación por ella de Flores Guerrero, Cardoza y Aragón, Rodríguez Prampolini, Antonio Rodríguez, Berta Taracena y de Raquel Tibol. Frida era ya Frida, no para todos, pero para los entendidos.
Y para los jóvenes norteados también: me acuerdo haber ido un sinnúmero de veces a la Casa Azul muy a principios de los setentas. Y sé que Jesusa tuvo a Frida en la mira siempre, desde niña, era un personaje presente siempre en su infancia. Por ella, en 1980 empezamos a coquetear con la idea de hacer una obra de teatro sobre Frida, de una o de otra manera. En 1982, cuando estaba yo embarazada de María Aura y obligada a estar en cama, Liliana Felipe, Jesusa Rodríguez y Magali Lara me rescataron del ostracismo (mi habitación no tenía ventanas) y comenzamos a acercarnos a el montaje de un homenaje a su pintura. Teresa del Conde y Raquel Tibol pusieron material en nuestras manos, porque no abundaba. Cuando estrenamos en el Teatro de la Capilla, más de uno dijo “¿por qué Frida?, ¡es malísima!”. No respondíamos a más fridomanía que la propia.
Pronto Frida estuvo en la boca de todos. De ser “nuestro” secreto -o de que nosotras creyéramos que lo era- a ser del dominio de la moda, pasó un tris. Y sospecho que cuando Leduc y Ofelia comenzaron a trabajar en su película tampoco fue en respuesta a una moda en el extranjero.
Lo que sí es que el impacto que recibió su obra afuera, afectó sin duda al gusto nacional. Es recíproco. También nosotros hemos afectado en el gusto norteamericano. miren si no la salsa -esa mezcla de música latinoamericana y caribeña que se dio de casualidad en el norte-, por decir un ejemplo siquiera.
Ayer cuando terminó la entrevista de Aristegui, pensé escribirle esta nota, pero me distraje. Había ido en la tarde al Museo Metropolitan, encontré un pentimento en un Artemisia Gentileschi que me voló la cabeza, luego atendí un concierto de blues medio humorístico en Iridium, de Mose Allison, que es un figurón (aunque para mi gusto, aunque no le arrebato la gracia, más chantilly que verdadera sustancia), y hoy todo el día trabajé -por culpa del mencionado pentimento, tenía que escribir unas páginas-, sólo interrumpí para salir al caer la tarde a escuchar a un trío formidable de música otomana, el Aman Sâki, una delicia -tan mediterránea como se pueda ser: todo es mezcla en esa música deliciosa, parte griega, parte norafricana, parte flamenca, parte huele a la estepa rusa-.
Y nadie dice que eso les llegó porque eran en el XVIII un rincón receptor de otros.