¿De qué te vengas, Moctezuma?

Después de una segunda estancia -corta, cortísima- en México, me estalla una perniciosa infección intestinal cuando llego a mi casita de sololoy. Yo creo que la pesqué en Dallas, donde crucé inmigración y aduanas y antes de continuar el viaje hacia Nueva York volví a pasar por el penoso ritual de las revisiones de un aeropuerto gringo -¡fuera ropa!, ¡fuera laptop!, ¡fuera zapatos!, ¡fuera!-, esa sucesión de casetas paralelas, hileras de viajeros esperando -¡a la que hemos llegado, como si fuera normal!-, pero no pudo ser ahí porque no me dio tiempo de comer, puro hacer corajes, esperar atrapada en la región de los interrogatorios y supervisiones, mirar a los guardias vaciando maletas -uno saca una pera redonda, redonda, el lunch de la despojada pasajera, dice ¡sólo es una fruta!-, y como decía y repito sin que me importe un bledo ser machacona: hacía corajes.
Así que no comí en Dallas, no creo que ahí haya pescado la infección, ¿dónde en México?
No fuimos a las tortas de carnitas que nos anunciaron en Leon, Guanajuato, porque mis ariadnos lo decidieron, no fuera a ser se les enfermara la visita. Lástima, las describieron como una cosa exquisita, y debían serlo, una pasadita de frijoles refritos, crema, aguacate, cebolla y en el centro las mejores carnitas del mundo. Paola Tinoco y yo comimos en el restorán del hotel, de primera, por cierto.
En la ciudad de México no me comí ningún taco en la calle, ni jugo o fruta en los puestitos, ni chicharrón con salsita y limón, porque no me dio tiempo. El 4 de septiembre, día de mi cumpleaños, María Aura -la joven actriz que para suerte mía es mi hija- nos guisó unos exquisitos y extraordinarios chiles en nogada en casa de Pablo Boullosa -por suerte, mi hermano- y Lupina Becerra, su mujer -y por suerte mía, mi cuñada-. Nos acompañaron un punto de mis amigos -otra de mis suertes-. Terminamos a una hora prudente, pero la imprudente fue la del vuelo: salí de casa de Juan Aura, mi hijo -por suerte-, a las 4:15 de la mañana. Luego lo de Dallas, llegué a Nueva York enmedio de la huelga de taxis, por milagrito entre a clase a tiempo, aunque rayando el penco.
Veinticuatro horas después, la explosión que aquí conté. Después de revisar mi itinerario y repasar los menús de pe a pa -comí la primera vez en la ciudad en una mesa vecina a la de Juan Villoro-, no encuentro ninguna posibilidad real donde haya yo podido contraer una bacteria. Si es bacteria, que más parece efecto tardío de la malpasada por la madrugada para llegar a tiempo a mi sesión en la uni.
¿O me enfermé por los corajes que hice en la frontera? ¿O fue venganza de Moctezuma, apuntada contra mí porque vivo en Nueva York? Acepto tu castigo, emperador, pero enfermarse de coraje por los trámites de ingreso a E.U. ¡me da coraje! No me gusta un pelo apuntarles una victoria más al régimen bushista, tanto peor porque es sobre mis intestinos.
Hablando de emperador: ¿por qué la fábrica de chocolates La Azteca bautizó a su barra popular como “Carlos V”, y no con el nombre de “Moctezuma”? Mi generación debió comer chocolatitos moctezumas, no carlosquintos. Al pobre de Moctezuma lo cargaron con lo de la venganza, pero no le apuntaron a su favor esos chocolates de nuestra infancia que nos parecían tan deliciosos. ¿De eso te vengas también, Moctezuma? Si es así, cúrame a la de ya que estoy restituyéndote el punto que te quitaron los de La Azteca. De aquí en adelante cada que recuerde la barra de chocolate llevará tu nombre.
Cambio otra nomenclatura para hacerte sentir mejor: de hoy en adelante, no comí kisses sino moctezumitas. Y no eran de Hershey sino también de La Azteca. ¡Victoria para ti, emperador!

Leave a Comment

Please note: Comment moderation is enabled and may delay your comment. There is no need to resubmit your comment.