Entre dientes y esculturas
Mi primer dentista era impecable. Tenía su consultorio en una vieja casona umbría y señorial de la Colonia Roma, el patio central al centro, la sala de espera entrando por el pasillo a la izquierda. Recuerdo que en dos de las esquinas había escupideras de latón, siempre limpias.
Las visitas al dentista eran indoloras y hasta casi diría yo gratas. A la salida nos regalaba pastas de dientes proporcionadas a nuestro tamaño. Mi mamá nos contaba el infierno sucesivo de sus dentistas cuando era niña, allá en Tabasco. Mi abuela era más escueta, hablaba de uno eficaz que arrancaba los dientes al menor problema remediándolo de raíz. En las noches cepillaba su “caja de dientes” -su dentadura- con tanta fuerza que yo no podía explicarme el origen de sus caries originales, ¿cómo podría una bacteria resistir el embate de sus cepillazos? Sus falsos dientes eran perfectos, mientras los limpiaba, hablaba entre dientes con la boca vacía, refunfuñando, quién sabe qué decía.
Nuestro dentista era simplemente intachable. Tenía manos de ángel. Empezó a cultivar con ellas una afición en sus ratos libres: tallaba esculturas de pequeño formato, piezas que iban a salas que deseaban parecerse a las de su casona. De pronto empezó a recibirnos a regañadientes. La afición terminó por arrebatárnoslo. Dejó de atender a sus pacientes al terminar los años sesenta para dedicar todas sus horas laborales a esculpir las piezas que vendía con bastante éxito en el Palacio de Hierro. Nunca vi ninguna, pero inevitablemente asocio la escultura de realismo-sentimental con el dolor de muelas. No que fueran hechas de dientes para afuera, pero… Alguna vez mi mamá me señaló una escultura parecida a las que él hacía, era de unos 20 centímetros de alto, representaba un zapatero sentado en un banquito claveteando una suela, los lentes a media nariz, su franela tendida en las rodillas. No tenía ni la inteligencia ni el nervio de un artista, era decorativa, artesanía de blancos, preciosamente fabricada. La verdad es que a mí me parecieron siempre simplemente horribles, mi gusto nunca les pudo hincar el diente. No era éste mi problema central, sino tener que ir a otro dentista. Las visitas regulares se volvieron irregulares. Dejaron de ser un placer: o me castañeteaban los dientes, o los traía yo entre dientes. Todavía me resulta un crujir de dientes.
El dentista de mis hijos y de su papá también es un gran aficionado a la escultura, no la de pequeño formato y facturada para acompañar lladrós y payasitos. No es un aficionado sino un profesional en toda forma, un promotor y no un tallador. Es un auténtico apóstol del género que ha compartido su amor por las obras de los grandes artistas mexicanos, Isaac Masri, promotor del arte público. Harina de otro costal, amante del arte, entendido y etcétera, nunca fue mi salvación porque tiene su consultorio en el piso Mil con vista panorámica, y yo detesto las alturas. A él le interesa la escultura con nervio. Los nervios adentro de los dientes son para que éstos crezcan sanos y éstos no se aprenden a hacer con maestría en la punta de los dedos sino con otro juego, muy riesgoso y también doloroso, el de la arena del Arte.