Siempre llueve en domingo
“Siempre llueve en domingo” es el título de la peli de Robert Hamer, de 1947, que acaba de rescatar Film Forum, y que espero dé la vuelta al mundo. Londres en la posguerra, caras inmensas en los actores (como si fuesen de teatro, maravillosas, nada que ver con las carillas invisibles y delgaditas de la mayoría de los actores de tv, oprimidos por una estética que no tiene que ver con la proporción que guarda la pantalla en relación a la habitación que ocupa, sino con las dimensiones de la pantalla. Esto es extrañísimo: la pantalla del televisor vuelve a todos parte de una misma multitud, y esas “grandes” carotas excepcionales del teatro tienden a desaparecer).
Este director, Robert Hamer, murió a los 52. Poco antes tuvo que suspender la que sería su última filmación por los ataques de delirium tremens: lo perseguía una langosta mutilada por los callejones urbanos que usó de escenario en “Siempre llueve en domingo”.
La historia de “Siempre llueve en domingo” ocurre en el East End de Londres, en la posguerra, la depresión económica, un gángster judío que dona una pequeña fortuna al cura para beneficiar huérfanos desprotegidos, un hombre que escapa de la cárcel y busca refugio en la casa de la que hace quince años creía ser su exprometida y que hoy está casada (más o menos felizmente) con un hombre bonachón que tiene dos hijas jóvenes (una dócil, sometida a los caprichos ajenos, y otra medio díscola que detesta a la madrastra, “vieja vaca gorda”, le grita), una bonita profesional que aspira a ser estrella, y otra, la dócil, bonita sin saberlo a quien vemos a punto de caer en las garras de un corruptor de inocentes. Aparece también un músico de jazz -enamoriscado de la bonita profesional, la arena del box y las apuestas, los remiendos de calcetines, las armónicas en manos de dos niños púberes que callejean en un mundo pretelevisión, la vida nocturna, los vecinos metiches, el mercado urbano que más parece circo que otra cosa, los asistentes del gángster involucrados en la venta de un par de patines de ruedas, etcs, etcs… No hay ahorro o economía de escenas, sino un despliegue de magníficos detalles.
El thriller ocurre un domingo desde el amanecer hasta la noche. En éste, como dice el título, llueve. Porque es domingo, no se trabaja, se va a la iglesia, a jugar dardos, a ver amigos. Pero en esta vida de domingo irrumpe el desdomingado por excelencia: un prófugo de la justicia, el que no puede pertenecer al día semanal de holgura que se gana el que trabaja y cumple los otros seis días de la semana.
¡Qué peli magnífica! Es un viaje en el tiempo y a una sensabilidad particular, y es una manera muy personal de contar un thriller. El personaje principal femenino, que sucumbe ante el pecado a que la condenan su pasado y las ilusiones de felicidad que tuvo entonces, lleno de vigor guía a la historia hacia un callejón cerrado malditamente inquietante.
La película, como decía, está llena de detalles riquísimos y divertidos: un gato se arrellana en el sofá de la siesta interrumpida, un plato cae de la cama del matrimonio que usurpa el prófugo, protegido momentáneamente por su exquerida, la hija bonita profesional entra a una caseta a escuchar un disco, ensaya una canción, pero el “benefactor” que le presta disco, caseta y de pilón le regala besos, fuma un puro que no la deja hacerlo.
Mucho que escribir sobre ésta, y con más cuidado, pero no quise dejar pasar la primera impresión, porque me conozco mosco: más vale pájaro tembloroso volando, que el sueño de un águila capturada….