Santa Teresa visita el Beth Israel -cuento en la revista CRÍTICA-.
Santa Teresa visita el Beth Israel
Mi marido forma piedras en el riñón. Es en cuanto emprende muy constante y empecinado, esto no podría escapar a la regla. Desde que cumplió 20 hasta el día de hoy las hace con lenta paciencia, cada tres o cuatro años las arroja con espantosos dolores y ahí acaba ese ciclo, a empezar la siguiente camada de corpúsculos. Hace unos días traía cargando una que había alcanzado dimensiones estratosféricas, si así puede decírsele a un centímetro y medio, era imposible se deshiciera de ésta por vía natural. No era la primera vez que le practicarían el procedimiento que desmorona las formaciones calcáreas con ondas de sonido, pero en menos de doce horas estábamos en problemas. La piedra había quedado deshecha a punto de arena y ésta le tapó los conductos. El hombre quedó en un hilo continuo de dolor, un cólico nefrítico tras otro. La cura se había convertido en un castigo. Por mi parte, imposible dormir, mi sueño es ligero y difícil y la situación era más que un pretexto de insomne. Tomé mi ejemplar de Santa Teresa, que no sé por qué había sacado del librero hacía unos días con la intención de leerlo de pe a pa y no a brincos, encendí mi lámpara de noche y comencé a marcar con lápiz en los márgenes sus descripciones de enfermedades propias y ajenas, cayendo otra vez en el vicio de leerla salteado, preciso lo que esta vez dizque iba a evitar: “Dióme un mal del corazón tan grandísimo que ponía espanto en quien lo vía, y otros muchos males juntos … harto mala salud…. Y como era el mal tan grave que casi me privaba del sentido siempre”.
En lugar de leerla y de buscarle los pasajes que aludieran a las enfermedades propias o ajenas, debí invocarla y pedirle nos amparara, para algo es santa, ¿o no?, porque a la tres y media de la mañana corrimos a la sala de emergencias del hospital donde atiende su nefrólogo, el Beth Israel, porque el dolor era ya insoportable y sospechamos alguna complicación. No fue mala movida, ahí fue donde supimos lo de la arena y que estaban tapados todos los conductos; un rato más y váyase a saber qué le hubiera pasado al riñón y al señor que lo trae puesto. De inmediato hicieron pasar al paciente, tuvimos suerte. Me senté en la sala de espera, seguí mi lectura del Libro de la vida, “estaba una monja enferma de grandísima enfermedad y muy penosa, porque era una boca en el vientre… opilaciones…. Echaba lo que comía… moría presto de ello”. Me pareció que tardaban horas en llamarme y cuando por fin lo hicieron para permitirme entrar y darme informes, ya estaba yo muy en otro mundo, entre dormida y concentrada en la lectura, en un estado de semiconciencia o sobreconciencia que no me ayudaba en lo más mínimo a lidiar con las cosas de la vida real. Dejé el libro abierto en el asiento de al lado, tomé el abrigo, la bufanda, el gorro, los guantes; se me cayó la bufanda; pesqué quién sabe cómo el chamarrón de invierno de mi marido, su mochila azul y su bufanda; recogí la mía; se me fueron de las manos los guantes y la bufanda, se enredó mi abrigo con la de Mike, traté de separarlos, se me cayeron; pesqué prenda por prenda lo que estaba en el piso; como diosito me dio a entender, sujeté todo medio hecho bola, supe apretarlo compacto contra mí con mi izquierda, tomé mi bolsa, me la eché al hombro, levanté del asiento donde lo había dejado boca abajo el libro, y eché a andar llevándolo abierto en la mano derecha, bien de par en par en la página que iba. Fue así como hice ingresar conmigo a Teresa de Ávila a la sala de emergencias del Beth Israel. En cuanto la vi a mi lado, la dí como un hecho, qué iba yo a hacer si apenas podía con la carga de mis triques, no estaba como para andar peleando con apariciones, y menos sacratísimas.
Lo primero con lo que topamos fueron los letreros escrito en varias lenguas y alfabetos donde el hospital jura atención al enfermo, tenga o no seguro médico, tenga o no dinero. A Teresa el cirílico le llamó menos la atención que el inglés, el diseño usado para estampar la lengua mayoritaria es aparatoso. Apenas trasponer una segunda puerta, topamos con la primera de las muchas camas alineadas a todo lo ancho y largo del salón, algunas de las pocas que estaban ocupadas (era el 24 de diciembre, no quería decirlo para no invocar innecesarios sentimentalismos) tenían corrida a su alrededor su respectiva cortina. Teresa señaló la camita, le pareció en extremo delgada, apuntó a los dos barandales de tubo y al sinnúmero de tripas que iban del enfermo a la complicada maquinaria que estaba en la mesa rodante adjunta, los sensores para encéfalo y cardiogramas, el termómetro digital, la pantalla donde se movían líneas de diferentes colores, el largo tripié del que colgaban bolsas de líquidos, el suero, los antibióticos. Teresa no acertaba a preguntar qué es porque no encontraba palabras para formularlo, así que sólo comenzaba frases que dejaba incompletas y a las que en la ofuscación tampoco daba un principio. Hablaba, digamos, con pésima prosa.
A mí lo que me llamó la atención fue que el hombre tendido ahí, en la primera camita con que topábamos, fuera diminuto, arrugado y ojón, parecía que lo hubieran enchufado para extraerle masa, para drenarlo, para convertirlo en minúsculo.
Teresa no quería moverse, se había puesto en jarras, estaba como clavada al piso. Yo apenas podía conmigo misma bajo esa montaña de abrigos y bolsas y encima el libro en la mano derecha, pero puse un momento el libro entre los abrigos y mi pecho y deslicé mi brazo entre el torso y el brazo izquierdo de Teresa, apergollándola, regresé el libro a mi mano y más empujándola que guiándola, conseguí moverla, literalmente la remolqué frente a varias camas vacías antes de llegar a la de mi marido, también vestido con la camisa azul cielo que traían los otros pacientes del hospital, impresa con pequeñas florcitas amarillas y anudada malamente a la espalda. Si alguno se echaba a andar, enseñaría el culo, por suerte de Teresa (y mía) ninguno nos hacía el show.
Volviendo a mi marido, lo habían conectado a una bolsa transparente colgada de un alto tripié de donde goteaba morfina. A su lado, sin cortina divisoria corrida, un negro voluminoso parecía derramarse hacia sendos lados de su camita, remoloneaba para un lado y el otro y maldecía y bendecía usando alternativamente el inglés (para imprecar) y el español (para bendecir). Apenas ver al negro, Teresa gritó:
-¡Santos cielos! ¡Tráiganme agua bendita!
Intenté calmarla.
-¡Es el diablo que es negrillo! ¡Agua bendita! ¡Agua bendita!
Gritaba como una descosida y yo con mi montaña de abrigos y el libro y el marido a un paso y sin saber qué hacer. Armó tal alharaca que dos enfermeras corrieron hacia nosotras.
Las enfermeras de la sala de emergencias del Beth Israel son filipinas, se hablan entre ellas en tagalo y con el mundo se entienden en inglés. No es la primera vez que oigo este tipo de operación lingüística. Creo que la primera vez fue cuando niña, vivíamos en Huejutla, en Hidalgo, en México, y los días de mercado las Marías bajaban de la sierra a vender. Extendían sus productos en el piso, y cuando las güeritas (mi hermana Lolis y yo) se acercaban a comprarles algo, éramos motivo de comentarios burlones cruzados entre ellas en su lengua. Eso pasó hace un cuatro decenas de años, no recuerdo detalles, sólo la risa socarrona de una mujer que llevaba el rebozo vuelto un cordel compacto, como un moño-turbante para taparse el sol, también me acuerdo que tenía los dientes cafés y carcomidos, debía estar enferma, su voz era vivaz y festiva, la tengo grabada al detalle.
Las que he podido observar con mucho detenimiento y cuya memoria tengo bien fresca, son las despachadoras de la oficina de correos de mi barrio aquí en Brooklyn, siempre atestada y siempre exasperantemente lenta. Hay dos cajeras chinas que se hablan entre sí en su lengua mientras lidian en su inglés lleno de acento con los peticionarios de un buti de lenguas, los más árabes, francófonos o hispanohablantes, aunque en este barrio hay de todo. Por ejemplo una escena: un caribeño ya entrado en años, pedía insistentemente le dieran “guan crismás”. El “guan” lo comprendí: quería decir uno, “one”, estaba fácil y además el hombre hacía señas con la mano derecha o con la izquierda para que a nadie le cupiera duda. Sí, pues, uno, pero uno de qué, eso se me escapaba. Las chinas alegaban en su lengua, intercalando entre ellas comentarios mientras la que le despachaba le decía en su cargado inglés: “I down’t ondershtand iueu”, y seguían entre ellas con su alegato, diciéndose “qué carajos quiere este güey”, lo mismo que pensábamos muchos en la lenta fila, vuelta todavía más lenta por el malentendido lingüístico. Alguien adelante de mí, un árabe de barba espesa y bien rizada, ojotes negros, la cabeza cubierta con esas gorrillas tejidas que acostumbro encasquetarme en el otoño porque protegen magníficamente el cabello, vestido con su camisola gris larga de la que sobresalía el borde de su par de jeans que remataban en un par de espléndidos Nikes, dijo con voz alta y muy clara: “The man wants to buy a Christmass stamp”. ¡Ah!, quería un timbre navideño, antes lo comprendió el árabe que la mexicana. Me avergoncé de mi torpeza. Las chinas regresaron a su conversación privada, según el Traductor decían “¡Otro puertorriqueño que pide su nieve!”, “¡Dásela de limón!”, y se reían, primera -y única- vez que he visto reírse a las amarguetas. Se han ido poniendo más gorditas, cansadas, gruñonas y enojadas con la vida, y también más cercanas la una a la otra, aunque la administración las ha ido separando, colocándolas en ventanillas cada vez más lejanas, empezaron en la 1 y 2, ahora están en la 1 y la 5, se gritan de lado a lado del edificio. Ya no pueden acomodarlas más lejanas pero ni para qué intentarlo, la distancia no les hace mella.
En el Beth Israel, las filipinas enfermeras no tenían un ápice de amarguetas. Teresa de Ávila seguía suplicando “¡agua bendita!”, desgañitándose en franco rapto de iluminada. Más enfermeras -todas filipinas- se reunían a nuestro alrededor, alarmadas.
El negro encamado les tradujo la petición de Teresa, a estas alturas emitido a grito pelado. Las enfermeras alegaban entre sí, según el Traductor decían:
-Otra que viene por ración gratis de morfina.
-Es una fresca, ni siquiera fingió dolor, se lanzó directo a pedirla.
El negro pescó la palabra “morfina” de su plática, y les dijo muy dulzonamente:
-No, girls -las dos regordetas parecieron halagadas con su girls-, lo que pide es agua del baptisterio, agua de iglesia. ¿No le ven que tiene miedo? Tiene miedo, es todo. Miren, es su primera visita al hospital, les pasa a todos… -Cambió de lengua, al español, y se dirigió a Teresa:- Ahorita te traen tu agua bendita, mamita.
Llamó a una de las enfermeras con un gesto y le dijo muy quedo al oído:
-Tráigale un poquito de agua, yo le digo que es de iglesia, ande, no sea usted así, téngale compasión a la monja.
Deberían tenérsela. Todo es extraño para Teresa, no sólo la multitud de lenguas a lo Babel, el material del piso, las paredes, los teléfonos, las pantallas, los timbres de alarma que suenan continuo, las agujas metálicas perforando la piel y entrando a las venas, los tripiés cargados con bolsas de sangre, suero, medicamentos, las ropas de tirios y troyanos, los zapatos de las enfermeras (los de la más bajita tenían focos colorados en los talones), los relojes, un teléfono celular que repica y que algún pariente ha colado al área restringida, por no hablar de la cabeza rota que vimos pasar, un pobre infeliz se había caído del quinto piso confundiendo la terraza con el vacío. Cuando lo vi deslizándose hacia los rayos X, pensé que era un viejecito, pero cuando lo traían de vuelta, sereno bajo los efectos de los matapenas, sospeché que el distraído, güey o borrachales -dependiendo lo que lo hubiera llevado a perder el piso a tan peligrosa altura- tendría cuando mucho mi edad.
Pensé por un momento en que nuestra situación no era tan peor, o por lo menos mucho menos peor que enfrentar a Teresa de lleno con las calles del siglo veintiuno, qué tal que se hubiera apersonado en Bryant Park, a unos pasos de Times Square, rodeada de rascacielos, automóviles, multitudes, las bocas humeando gente del subway. En comparación, el Beth Israel es como un convento. Tranquila, pensé, tranquila, Teresiña, no sabes lo que te espera, mejor serénate y vete acostumbrando porque esto se va a poner de aúpa. Y yo le apretaba el brazo con el mío para infundirle alguna tranquilidad.
Las enfermeras alegaban en tagalo:
-¿Un ataque de ansiedad?
-Cuál, mírale la mirada.
-Calmadita, ¿no?
-Súperserena.
-Es morfina lo que pide.
-Ya dijo el loco que no.
-Yo digo que hagamos lo que él dice, le damos agua cualquiera…
-De ninguna manera -dijo la jefa-, aquí no engañamos a los pacientes.
-No es paciente, es visita.
-Es paciente.
-Es visita.
-Es paciente.
-Si sí, ¿quién la recibió?
-El negro no es loco, tiene piedras en el riñón.
-No, el de las piedras del riñón es el judío de al lado.
-Las piedras del riñón no le quitan lo loco.
-¿Cuál judío?
-El de la tele- en este pueblo hasta las enfermeras han visto el documental de Burns donde sale mi marido, sin duda en mucho mejor estado que el que lo tiene ahora postrado aunque también con camisa azul, pero no del mismo tono, la de ahora es cielo, la de la tele no va anudada atrás sino con botones, como dios manda.
-¿Es judío el barbón? ¿Con ese apellido?
El dicho, mi marido, muy bajo el efecto de la mentada morfina, no puso ninguna atención a este alboroto; todo le parecía bien, el dolor se evaporaba, los párpados parecían pesarle un número incontable de kilos. ¿Teresa de Ávila? ¿Tagalo? Para él de plano era como que ni ocurría la escena.
Las filipinas tomaron las dos manos de Teresa, seguramente con la intención de tranquilizarla y me la arrebataron del brazo con pericia de cirujanos, destrenzándonos sin que me dieran tiempo de reaccionar. La separaron unos centímetros de mí, lo suficiente para que yo pudiera verle la expresión de terror en su cara. Fue hasta este momento que salí del aturdimiendo, supe que debía ganarme otra vez su brazo. Di dos pasos al frente para dejar los abrigos al pie de la cama de mi marido, o mejor dicho sobre sus pies, y puse sobre ellos mi bolsa. Tardé demasiado en liberarme de mi bulto. Antes de que me diera tiempo de regresar por ella, Teresa, sintiéndose atrapada por las manos filipinas, dejó de gritar, empalideció y musitó:
-Esto será peor que mi estancia con la curandera en Beceda… ¡ay!… el tormento en las curas que me hicieron tan recias…
Lo único que me faltaba para tener las manos libres era deshacerme del libro que todavía cargaba abierto de par en par. Lo cerré precisamente cuando Teresa terminó de articular su frase, hecho lo cual, se desvaneció. La inminencia de la repetición del tratamiento de caballo de aquella curandera bastó para hacerle perder el sentido. Cuando digo desvaneció, quiero decir que se desmayó y que literalmente, conforme se iba desplomando, también se desbarataba a ojos vistas, literalmente se nos desdibujó, no de una manera brutal o abrupta, sino con una delicadeza digna de su persona. Así como había llegado a estar con nosotros en carne y hueso, se retiró. Se esfumó. Las enfermeras volvieron presurosas a atender a otros pacientes, el negro grandísimo tornó a maldecir y a bendecir alternativamente en sus dos idiomas, yo me apoyé sobre la pila de abrigos, bolsa y bufandas aplastándole los pies a mi marido -sin ninguna mala intención-, esperando apareciera el doctor y cuidándome muy bien de no volver a abrir el volumen de Teresa de Ávila, él, los ojos vidriosos por el efecto de la morfina, miraba no sé qué extrañas visiones.
Publicado en la Revista CRÍTICA, de Puebla.