La fuente y las películas
En México fui a ver “Alatriste”. Una desgracia espantosa, aburridísima, sangrienta a lo gratis, que encima de todos sus pecados es reaccionaria hasta doler. Bueno, reaccionaria es un elogio: la guerra en Flandes transcurre entre míseros españoles vestidos miseramente, llegados ahí por puro amor al dios verdadero, y unos soldados herejes y despiadados, perfectamente enfundados en sus armaduras, en canales, bajo el agua. Se les olvidan los pesares de la población civil, la invasión de que fue objeto la región por las tropas católicas, la naturaleza del imperio. ¡Volvamos al siglo XVI! No me importa volver, lo malo es que sea película y lo más peor fue entrar a verla.
Ayer, en cambio, un poco a las rastras fui a ver “The Hoax” -el fraude, o no sé cómo la traducirán- y la peli me encantó. Lástima que esté basada en un caso de la vida real porque para metáfora del novelista va que ni pintada: el escritor, persiguiendo cómo elaborar un libro que “parezca” verdad aunque él sabe y de sobra que es una tomada de pelo, tropieza con un acto de corrupción del gobierno de Nixon. Creo que siempre pasa así: el novelista es fiel a su propio capricho, es lo que lo lleva a escribir su “libro”, y en el camino siempre topa con una gran verdad que muestra -me pongo más cursi- “los cánceres de la sociedad”. Se me antoja leerla así. Claro que podría leerla asá, y decir que el escritor era un asco porque sólo quería dinero. Pero no, no sólo quería dinero, quería lectores y editor, y de pasadita tenía sus debilidades frívolas porque era gringo, y, oh, hombre. Y eso se paga muy caro. Sólo hay algo peor que ser mujer, y es ser hombre.
Pero en todo caso la mejor narrativa visual que he visto últimamente es la fuente de Vicente Rojo frente a la Alameda en la ciudad de México. Es una joya. ¿Y de qué trata? Se salta la anécdotita y le entra directo como una estaca al centro. Que traduzcan otros, yo me quedo con esa imagen portentosa, y el sonido, y la sensación.