Se vende un gallego -se matan mexicanos
“…sólo los escribía para aliviar … penas reales o imaginarias”, dice de sus primeros poemas Rosalía de Castro, autora romántica gallega y una de las más importantes de nuestra lengua. Nacida, según su acta de bautizo, de “padres desconocidos” -un cura y una soltera-, creció los primeros años de su vida con las tías paternas. Casó joven, con su primer crítico literario, que a su muerte se convertiría también en su censor -quema sus cartas, consciente de que son la prueba más viva (según sus propias palabras) de la singularidad de la persona de Rosalía-. El libro Cantares gallegos, escrito en gallego pero con título en castellano, le ganó a Rosalía el amor de su gente; otras líneas le atrajeron la ira popular (en éstas hablaba de la costumbre, en algunos pueblos gallegos, de recibir a los viajeros ofreciéndoles una mujer para alegrar sus lechos, así fuera la esposa o la hija).
Estos primeros poemas gallegos son una delicia; sus subsiguientes escritos en español tienen un poder doloroso y reflexivo. Los Cantares gallegos contienen la memoria popular, y tienen un dios. Sus castellanos cuestionan la existencia misma de dios -corresponden a un mundo donde éste ha muerto-. La lengua, en sus poemas gallegos, es dulce y mudable, como barro en manos de un niño. Su castellano, arrojado en sus experimentos métricos, tiene filo y movimiento.
La prosa rosaliana enfada a ratos, empalagosa y torpe, otros asombra al oído y alegra la imaginación con su irreverencia casi infantil. Ella describe a la musa (en el prólogo de su novela El caballero de las botas azules) no como una mujer, sino como un ser bisexual. Pide al lector considerar su género, no neutro, como escribe Sor Juana, sino masculino: “olvide entre otras cosas que su autor es una mujer. Porque todavía no les es permitido a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben.”
Muy a su pesar, se ganó la fama de “dulce” y “llorosa”, y no sólo por los prejuicios hacia una mujer, sino por la grata calidad reidora de la lengua en su primer libro en gallego, donde el pesar y el dolor parecen no haber entrado sino como visitantes temporales. No está ahí impreso el paso de las hordas de hambrientos que Rosalía vio invadir Santiago cuando tenía 15 años: “La multitud, siempre creciente, siempre harapienta y escuálida” que venía del medio rural huyendo del hambre. Porque la Galicia de Rosalía es la de la emigración masiva (de la que yo soy hija, tal vez, porque Boullosa es apellido gallego). Rosalía escribiría de esto.
En aquellos años, en Argentina, se reporta existía un letrero con la leyenda “Se vende un gallego”. En Cuba, en 1854: “…junto al esclavo africano, el esclavo gallego… El tristísimo espectáculo de las cuadrillas de gallegos, medio desnudos, itinerantes perpetuos en busca de limosna y de cobijo por los caminos de la isla, envidiando la suerte del esclavo negro”. Estoy citando del libro Estación marítima, crónicas del poeta Luis Tosar. De ahí tomo también esta cita de E. Calvet: “la exportación tiene que ser de productos, nunca de hombres”, si se busca el enriquecimiento de un país. Como dice Tosar, países que recibían gallegos, pasaron a convertirse en expulsores de sus nativos. Tal es el caso mexicano.
Es en los poemas recopilados en En las orillas del Sar (escritos por Rosalía en español), donde el dolor de su tiempo y de su gente queda impreso en toda su dimensión, tomando la potencia de una bomba que altera la misma forma “clásica” de los versos. De ahí cito: “Como a impulsos de lenta / enfermedad, hoy cien, y cien mañana, / hasta perder la cuenta, / racimo tras racimo se desgrana. // Palomas que la zorra y el milano / a ahuyentar van, del palomar nativo / parten con el afán del fugitivo, / y parten quizá en vano. / Pues al posar el fatigado vuelo / acaso en el confín de otra llanura, / ven agotarse el fruto que madura, / y el águila cerniéndose en el cielo”. Vale recordar a Rosalía ahora, en México. En nuestra frontera norte las patrullas fronterizas asesinan a mansalva mexicanos…
http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/48742.html