Struth
Fui con Samantha Schnee a ver la exposición de Thomas Struth en la galería Marion Goodman en la calle 57, sin tener ni idea de que eran velazquianas de hueso colorado. Me tomaron por sorpresa. Porque lo son, y no sólo porque una buena parte de las fotografías toman pinturas de Velázquez con sus espectadores en El Prado, sino porque Struth de verdad juega a lo velázquez: reproduce el juego de las Meninas frente a “Las Meninas” y en la serie de cinco de visitantes del Hermitage -espejo al fondo, espectadores al frente de los que nos observan-, y el de las hilanderas y el mito de Ariadna frente a “Las Hilanderas” -los grupos de espectadores frente a la pintura están en sus historias paralelas, no se ven entre sí pero tienen una relación estrecha-. Struth no quiere ser un traductor literal de Velázquez, que sería aburrido y tonto. Lo vuelve vivo. Consigue con sus fotografías que Velázquez se sienta como un contemporáneo nuestro. Y que Struth -que por cierto se acaba de casar en Nueva York con una escritora hawaiana (no diré que jugando a lo velázquez a dialogar con Juan Ramón Jiménez, que el poeta vino aquí a casarse)- es un gran artista.
La hechura, ni hace falta decirlo, perfecta. Su dominio de la técnica es absoluto.
Y tal vez lo que más me asombró de la exposición es la calidez de esas inmensas fotografías, el humor y el desparpajo. No se mueve nada en ellas -en esto no son velazquianas-, pero esa rigidez no es mortuoria sino meditativa.