Magníficas mujeres, e inmigrantes, también vitales, en el Museo del Barrio
Hoy, en el Museo del Barrio de Nueva York, ocurrió -horrible verbo, le echo la culpa a mi cansancio- una lectura y mesa conversatoria de escritores en español en esta ciudad, curada por Café Nueva York, para acompañar la exposición “Artistas emergentes”. ¿Escritores emergentes? ¿Qué es eso? ¿Precisamente? El verbo es particularmente irritante si se le pone cerca de nuestro oficio. Un escritor desea, por supuesto, tener cómo volver viva su voz -primero en un buen texto, después en un buen oyente-. La idea de estar en un ambiente sordo y mudo es repulsiva. ¿Por qué no desear “emerger”, si esto es salir a flote, sacara la boca del agua? El agua no permite que la voz circule, que los textos se oigan. El agua es un silencio ruidoso, un silencio donde ni siquiera cabe el silencio, un silencio imbecil, aturdido, borracho.
El agua en que está metido el “no emergente” no permite que las palabras viajen, es refractaria a la voz. El agua es el elemento sordo, puro sonar plung-plung o plunt-plunt: las palabras no pueden circular en él; es para monosílabos sin significado. En el momento en que una verdadera palabra entra ese medio, se ahoga. Las palabras están hechas de oxígeno.
Los delfines no hablan: saben cómo enviarse signos que escapen al silencio del agua. Las ballenas no hablan, saben domar la musicalidad borrachiña marítima. Pero las palabras necesitan el aire.
Por otro lado, nada es más detestable para un escritor que ser un perpetuamente emergido. Porque eso que no es nominado, lo que pertenece al silencio, a lo que no cabe en las palabras, a lo que no ha sido aún descubierto,visto, descifrado, es lo que el escritor quiere decir con sus palabras comprensibles, viajadas, oídas, visibles, emergidas del silencio pero aún en contacto con éste.
El peligro tiene doble filo: en el uno, es ser un escritor cien por ciento a flote; en el dos, serlo sin toque o contacto con la submarinidad. Si se queda emergente del todo, el escritor, famoso y cuanto hay, produce sólo palabras que suenan a hojadelata. No tienen un pelo de oscuridad.
Por esto, cuando convocaron a esta lectura a Café Nueva York como organizador, solicitando escritores “emergentes”, pensamos en cuatro que admiramos en esta ciudad, Nueva York: Mónica de la Torre, Aura Estrada (por desgracia, y cómo lo lamentamos, muerta en un accidente hace unas semanas en una playa mexicana, en Mazunte; nos dejó muy prematuramente, a sus 30 años, para pesar de todos pero muy especialmente de su marido, el novelista Francisco Goldman, para quien va de nueva cuenta un reiterado y respetuoso pésame), Lina Meruane y María del Mar Gómez, que aunque aún no haya publicado aún un libro, y sí piezas sueltas aquí y allá, ha escrito ya una obra de teatro magnífica, y una novela que espero ver pronto impresa.
Lamentablemente, Lina Meruane no aceptó la invitación. El equilibrio era difícil Emergentes, en sus dos filosos sentidos, ¿cómo, con qué gusto, en qué punto? Confieso, aquí yo, Carmen Boullosa, que desee leer yo, pero era injusto, tenía un tono de protagonisto que no era el deseado. Yo sí soy emergente, en el mejor de los casos. En el peor: hojadelata.
La cursamos entonces a un joven representativo de la vitalidad narrativa -en español- en Nueva York, Edgar Mercado. Estudiante y profesor adjunto en City College, da en sus cuentos testimonio de la vida de los inmigrantes latinoamericanos en esta ciudad. Él iba a ser el ingrediente más neoyorkino de la mesa. Muy diferente a las otras ingredientas, pero por lo mismo un balance.
Si Lina Meruane hubiese aceptado, el círculo habría quedado sellado entre las exquisitas, cargadas con un elemento muy valioso que tenía Aura Estrada -o, más precisamente, que tiene, porque eso no se lo quita nadie-, ingrediente también siempre visible en el acervo de Mónica de la Torre: el humor. Ellas conformaron, con Gabriela Jáuregui y con Laureana Toledo, un colectivo. No sé si el nombre sea definitivo -espero sí, porque captura un espíritu delicioso-: Las Taquimecanógrafas.
Mónica de la Torre es un fenómeno. Es bilingüe y es bi-personal. En español escribe tal, y en inglés tal otro: dos personas, interconectadas, con un diálogo subterráneo -o sería mejor decir “submarino”, para seguir con el hilo con que empecé a hilar hoy-. En inglés, se nutre de la tradición latinoamericana. En español, se alimenta de lo mismo, pero traicionándolo. Es dos personas, insisto, como la divina aquella hecha de tres, una imposible sin la otra, pero las dos muy diferentes.
El caso es que la lectura y mesa subsecuente ocurrieron hoy, yo estaba llena de ansiedad, faltó esto y lo otro (muy lamentable fue no poder poner en altavoz el poema que estaba grabado en mi teléfono portátil, por y de Laureana Toledo, fotógrafa y artista notable, poema delicioso, lleno de humor y chispa), más que no llegó uno y que no llegó dos; la había armado en la cabeza, pero en la realidad no hubo todos los elementos. En todo caso, la aprensión no hacía falta: el espíritu de esas escritoras es una maravilla, su obra nos ilumina; y Edgar Mercado representó, como era de imaginarse, al escritor que la experiencia de los inmigrantes va formando, un escritor neoyorkino en español, forjado aquí, al fragor de la ciudad, augurando una nueva generación que pronto veremos cuajando.
Y eso es todo. Emerger, submarinear. Recordar a Aura Estrada, porque sin los que se van no hacemos ningún sentido. Alabar el trabajo de las magníficas, apreciar a los nuestros que van llenando, como los cientos de miles las calles, los vagones de los subways, las cocinas, ya también tiendas, restoranes, librerías, en español.
Y por cierto: ¿cómo quedarse callado ante la desaparición inminente de la Librería Lectorum? Una desgracia. Las librerías, a su manera, también tienen personalidad. Ésta se va, con su historia y su memoria, y no tendrá reemplazo.
Enero 11th, 2008 at 5:26 am
NECESITO CON URGENCIA EL CORREO ELECTRONICO DE LA SRA MONICA DE LA TORRE, ALGUIEN PUEDE PROPORCIONARMELO?
DESDE YA MUCHAS GRACIAS