Debate ardiendo

El Estado tiene el deber de penalizar delitos, y es cosa de las iglesias penalizar “pecados”. Delitos y pecados son diferentes en las sociedades laicas. Los argumentos católicos en contra de la despenalización del aborto son los que debieran usarse si lo que se estuviera debatiendo fuera la “despecatización”.
A mí no me hicieron visible al Registro Civil sino hasta que cumplí los nueve años porque mis papás -mochos radicales- creían que al Estado no le incumbía ni mi existencia, ni su matrimonio. Lo importante eran los ojos de Dios. Podrán ser importantísimos -para quienes así lo crean- los dichos de Dios, pero para la vida civil es imprescindible dejarlos de lado. No podemos permitir que las religiones sean el poder atrás del trono. A menos que estemos pidiendo la reproducción de presidentes Bushes -la corrupción, la invasión a Irak, la paranoia, pasos atrás en la legislación del aborto, etcs-.

Struth

Fui con Samantha Schnee a ver la exposición de Thomas Struth en la galería Marion Goodman en la calle 57, sin tener ni idea de que eran velazquianas de hueso colorado. Me tomaron por sorpresa. Porque lo son, y no sólo porque una buena parte de las fotografías toman pinturas de Velázquez con sus espectadores en El Prado, sino porque Struth de verdad juega a lo velázquez: reproduce el juego de las Meninas frente a “Las Meninas” y en la serie de cinco de visitantes del Hermitage -espejo al fondo, espectadores al frente de los que nos observan-, y el de las hilanderas y el mito de Ariadna frente a “Las Hilanderas” -los grupos de espectadores frente a la pintura están en sus historias paralelas, no se ven entre sí pero tienen una relación estrecha-. Struth no quiere ser un traductor literal de Velázquez, que sería aburrido y tonto. Lo vuelve vivo. Consigue con sus fotografías que Velázquez se sienta como un contemporáneo nuestro. Y que Struth -que por cierto se acaba de casar en Nueva York con una escritora hawaiana (no diré que jugando a lo velázquez a dialogar con Juan Ramón Jiménez, que el poeta vino aquí a casarse)- es un gran artista.
La hechura, ni hace falta decirlo, perfecta. Su dominio de la técnica es absoluto.
Y tal vez lo que más me asombró de la exposición es la calidez de esas inmensas fotografías, el humor y el desparpajo. No se mueve nada en ellas -en esto no son velazquianas-, pero esa rigidez no es mortuoria sino meditativa.

La fuente y las películas

En México fui a ver “Alatriste”. Una desgracia espantosa, aburridísima, sangrienta a lo gratis, que encima de todos sus pecados es reaccionaria hasta doler. Bueno, reaccionaria es un elogio: la guerra en Flandes transcurre entre míseros españoles vestidos miseramente, llegados ahí por puro amor al dios verdadero, y unos soldados herejes y despiadados, perfectamente enfundados en sus armaduras, en canales, bajo el agua. Se les olvidan los pesares de la población civil, la invasión de que fue objeto la región por las tropas católicas, la naturaleza del imperio. ¡Volvamos al siglo XVI! No me importa volver, lo malo es que sea película y lo más peor fue entrar a verla.
Ayer, en cambio, un poco a las rastras fui a ver “The Hoax” -el fraude, o no sé cómo la traducirán- y la peli me encantó. Lástima que esté basada en un caso de la vida real porque para metáfora del novelista va que ni pintada: el escritor, persiguiendo cómo elaborar un libro que “parezca” verdad aunque él sabe y de sobra que es una tomada de pelo, tropieza con un acto de corrupción del gobierno de Nixon. Creo que siempre pasa así: el novelista es fiel a su propio capricho, es lo que lo lleva a escribir su “libro”, y en el camino siempre topa con una gran verdad que muestra -me pongo más cursi- “los cánceres de la sociedad”. Se me antoja leerla así. Claro que podría leerla asá, y decir que el escritor era un asco porque sólo quería dinero. Pero no, no sólo quería dinero, quería lectores y editor, y de pasadita tenía sus debilidades frívolas porque era gringo, y, oh, hombre. Y eso se paga muy caro. Sólo hay algo peor que ser mujer, y es ser hombre.
Pero en todo caso la mejor narrativa visual que he visto últimamente es la fuente de Vicente Rojo frente a la Alameda en la ciudad de México. Es una joya. ¿Y de qué trata? Se salta la anécdotita y le entra directo como una estaca al centro. Que traduzcan otros, yo me quedo con esa imagen portentosa, y el sonido, y la sensación.

REX

Estoy leyendo “Rex” de José Manuel Prieto al tiempo que releo para mi curso “La virgen de los sicarios” de Vallejo -el descenso a los infiernos emprendido con freno en mano y el pie en el acelerador-. Parecen novelas de dos siglos distintos, de dos planetas diferentes, de dos tradiciones distintas. La de los sicarios es la novela macha, “Rex” es el verdadero ángel exterminador de la pereza, de la estulticia, de la pasividad.
Cualquier comparación es arbitraria, y ésta lo es más porque no son dos libros elegidos por mí sino por el azar. Vallejo tiene su gracia y genio. Prieto tiene otra cosa: le cogieron la lengua los demonios. Es un libro quemante, afortunadamente tergiversador.

Bolaño en México -y en inglés-.

The Nation publica esta semana la nota que me pidieron sobre Bolaño:
thenation.com/doc/20070423/boullosa
Son mis recuerdos de lo que fue -para mí- ser joven poeta en México en los setentas.

Los pies de las momias

Hace unos días, visité el Museo de Historia de Monterrey, sede del tradicional encuentro de escritores. Los del gremio estábamos en franca minoría. La multitud, compuesta sobre todo por niños con sus maestras o sus mamás, se agolpaba para ver las momias de Guanajuato. Los extranjeros invitados al encuentro comentaban lo peculiar que es la relación de los mexicanos con la muerte, una poeta venezolana comentó que había escuchado a un guía explicar a los pequeños que la momia de manos entrelazadas había sido enterrada viva llenando su relación con lujo de detalles espeluznantes. Yo por mi parte pensaba que a otro perro con ese hueso, las momias pasean porque a alguien se le ocurrió que era buen negocio desempolvarlas, y si éste se pone buzo recorrerán el mundo, si no es que ya lo están recorriendo. Ojalá se le ocurra llevar también charamuscas, y que además de llevar panchosvillas, fridakahlos y adelitas también las vista de nuestras estrellas pop del momento, Salma y Julieta Venegas, Diego y Gael, un narco modelo, los decapitados que estos últimos se escabechan y un taxi con secuestrado adentro. Charamuscas de lujo.
Propongo incluso que instauren un Premio Charamusca al hombre o la mujer del año, y que la reproduzcan con fiel precisión, respetando el “estilo” momia, supracharamusca.
Pero yo estaba en el encuentro de escritores y ahora se hablaba de la frontera entre ficción y realidad. En una pausa de las mesas redondas, crucé la línea de árboles (de ficción) que cerca al espacio (real) donde acontecía el encuentro, y corrí al baño, intentando esquivar los grupos compactos de mamá e hijos, el maremagnum de miramomias que se apelmazaban entre las reproducciones de grandes piezas prehispánicas, los cañones de alguna revuelta patria y hasta un vagón de tren cargado de revolucionarios (el museo está precioso).
Frente a los grupos de mamá-hijos, corroboré lo que aprendí hace muchos años: sus estrategias son de envidiar para un comando bélico, se desplazan al ritmo que les viene en gana y no hay quien los separe o detenga, interceptando el ancho completo del camino en heroica fila india. Cuando llegué a mi destino, previo saltar el último cerco de un grupo (el niño sieteañero berrincheaba porque no quería entrar al baño de mujeres), no pude evitar seguir con la mirada alerta. Ya dispuesta a lo que me había llevado al baño vi que a mi derecha un par de pies vestía chanclas de plástico y que los de mi izquierda calzaban lo mismo. Los pies me chismeaban que mis dos vecinas eran más jóvenes que yo, que estaban bien subidas de peso, eran sin duda un par de mamás-bélicas. Mis pies contrastaban con ésos, enfundados en mallas negras y severos zapatos bajos, esmirriados y austeros que me compré en Berlín porque son lo mejor para caminar largo, excepto las chanclas, por supuesto, sólo que yo no sé usarlas. La verdad es que comparando sus pies con los míos me sentí ridícula y monjil, una charamusca chafa, una charamusca alemana y sin premio.

La prófuga y el poeta

Aparece en la página de los criminales más buscados del FBI. De frente, la mexicana Jacqueline Tara LeBaron tiene aire de simpática, vivaraz, seductora, inteligente y despierta, se diría que sabe romper corazones aunque no sea la más bonita. De perfil se ve menos reidora e inspira desconfianza.
Nació en 1965 en el municipio de Galeana, Chihuahua, en el seno de la comunidad religiosa que en 1924 fundó su abuelo, Alma Dayer LeBaron, disidente de la iglesia de los Santos de los Últimos Días. De este rompimiento nacieron la iglesia del Primogénito de Todos los Tiempos, la del Cordero de Dios y otras cuyos nombres desconozco. Cuando en 1951 murió el abuelo, su primogénito, tío de Jacqueline, tomó las riendas. Al empezar los años setenta, el papá de Jacqueline fundó su propia iglesia y al poco tiempo ordenó, con fortuna, el asesinato su hermano. Años después el papá de Jacqueline fue deportado de México acusado de haber asesinado al líder de otra iglesia rival en Utah y fue a dar con sus huesos en la cárcel, donde murió no sé si en santa paz. Estando preso escribió su versión de la Biblia. Le añadió un mandamiento: cualquiera que hubiera traicionado a su iglesia, debía morir asesinado. La chica LeBaron y algunos de sus 55 hermanos se lanzaron al mundo a cumplir con la voluntad del padre.
Un día de 1988, tres ex seguidores de LeBaron y una niña de ocho años de edad fueron asesinados de un tiro en la cabeza en dos diferentes lugares de Texas a la misma hora. Varios miembros de la familia LeBaron cayeron en manos de la justicia y purgaron su condena. Jacqueline viaja a Aguascalientes y da clases de inglés. Las fotos que menciono deben ser de principios de los ochenta.
Me intriga que haya escogido Aguascalientes para hacerse ojo de hormiga. Por lo que recuerdo, no parecía sencillo pasar ahí desapercibido. Cuando nuestros hijos eran bebés, acompañé a Alejandro Aura a visitar al poeta de la ciudad, Desiderio Macías Silva. Siempre estaba impecable, de saco y chaleco, la cadena del reloj colgando en U en el pecho. Era un gran conocedor de los clásicos, dominaba el latín y el griego, arameo y hebreo, y escribía sobre la relación del español con estas lenguas. También era cirujano, me cuenta Alejandro que se dice que operó a Efraín Huerta.
En nuestras visitas tocábamos a la puerta de su casa sin previo aviso, lo tomaba Alejandro del brazo y nos enfilábamos a un café mirando el kiosko del jardín central de la hermosa ciudad señorial y provinciana. Nadie parecía tener asomo de prisa. Los hombres charlaban largo mientras yo jugaba con mis bebés. Poco después llegó a Aguascalientes la chica LeBaron.
El poeta Desiderio Macías Silva murió en el 95. ¿Habrá visto alguna vez a Jacqueline? ¿Habrá intercambiado con ella algunas frases sobre el latín o el inglés? ¿Discutieron asuntos teológicos? ¿Hablaron de la voluntad del padre? Desiderio tenía con qué, pasó de jovencito su temporada en el Seminario. ¿Intercambiarían opiniones sobre la poligamia o el asesinato comisionado por razones teológicas? ¿Le habrá leído en voz alta su magnífico poema Anda la estrella baja?: “Anda la estrella baja, /y yo habré de traerla, /y ella arderá /del techo del jacal: /Esto pensó mi padre. /Pero ya en el jacal /dijo la estrella: /No seré tu farol, /sino tu cama. /Y éste es /el secreto /de mi nombre”.
El secreto de los de la LeBaron –Melanie Martin, Amanda Susan Emerson, Karen Howell, etc.- es menos interesante que el de Desiderio: es prófuga de la justicia.

La menstruación de DiCaprio

En la peli más reciente de Scorsese, The Departed, Leonardo DiCaprio y Matt Damon personifican a dos infiltrados. DiCaprio es un policía “honesto” entre la mafia, Matt Damon un mafioso corrupto colado entre los detectives de la elite de la policía. No es difícil adivinar quién vive mejor, gana más dinero, trabaja menos y viste más elegante: por supuesto que el segundo, el corrupto. Esto lo sabemos de sobra los mexicanos, pero como la peli es de Hollywood y ahí no se les da tanto el sentido común, queda dicho que cuando DiCaprio termine su trabajo va a recibir un montón de plata libre de impuestos.
DiCaprio, heroico y sacrificado (aunque pobre, ansioso y amolado), ordena en el bar de los mafiosos “jugo de arándano”.
-¿Por qué bebes eso? ¿Qué tienes la regla? -le pregunta uno de los pillos.
DiCaprio se avienta a molerlo a golpes, aparentemente iracundo porque lo han llamado “mujercita”, pero tal vez sólo para convencer a sus compas de que él no es un poli colado sino un auténtico criminal.
Otro mafioso, el brazo derecho del capo Castello (Jack Nicholson), Mr. French (Ray Winstone) se acerca a parar la gresca, calma a DiCaprio, y le pregunta para reponerle la bebida:
-¿Qué tomas?
-Jugo de arándano -le contesta esa especie de niñote perpetuo y carirredondo que es DiCaprio.
Mr. French espontáneamente le espeta:
-¿Qué tienes la regla?
¿De dónde sacan eso? ¿Qué tiene que ver el arándano con la menstruación? En mis tiempos el arándando sólo visitaba el menú familiar acompañando al pavo de navidad, y hecho jalea. ¿Es por el color de la bebida? Si así fuera, ¿por qué entonces, cuando Jack Nicholson (Costello) aparece con manos, brazos y camisa bañados en sangre fresca, nadie le pregunta “¿Qué tienes la regla?”?
¿O es que los “mujercitas” no toman bebidas fuertes -ron, whiskey, tequila- sino jugos de frutas?
La peli ha dejado claro que eso de menstruar es algo que pasa a las chicas; en la primera escena, Costello (Nicholson), pregunta a la hija del dueño de la fonda si ya le bajó.
Nadie podría atreverse a hacerle esta pregunta al loco de Jack Nicholson (Costello), porque es el Hombre Fuerte y porque a quién se le va a ocurrir empalmarle a él la broma, pero en cambio la pregunta vale para el bello carita de ángel (o de nalga), y el público la celebra.
Por cierto, la única personaja principal, Madolyna (Vera Farmiga), psicoanalista de polis y de criminales, nunca bebe jugo de arándano. Se enreda sentimentalmente con los dos infiltrados, y a punto de amores deja de bajarle, queda embarazada según ella dice de Damon, aunque puede a uno caberle la duda de que sea de DiCaprio, porque fue del lecho del uno al lecho del otro a lo largo de buena parte de la película.
Como fuera, Madolyna le da la noticia del embarazo a Damon y no a DiCaprio, que para estas alturas ya anda prófugo de la justicia. Le enseña la imagen del ultrasonido y en ella el Aparatus Masculinus del futuro vástago. Si es hijo de Damon, no tendrá la regla nunca, pero si es de DiCaprio y si se parece a su papá seguro beberá jugo de arándano.

Entre dientes y esculturas

Mi primer dentista era impecable. Tenía su consultorio en una vieja casona umbría y señorial de la Colonia Roma, el patio central al centro, la sala de espera entrando por el pasillo a la izquierda. Recuerdo que en dos de las esquinas había escupideras de latón, siempre limpias.
Las visitas al dentista eran indoloras y hasta casi diría yo gratas. A la salida nos regalaba pastas de dientes proporcionadas a nuestro tamaño. Mi mamá nos contaba el infierno sucesivo de sus dentistas cuando era niña, allá en Tabasco. Mi abuela era más escueta, hablaba de uno eficaz que arrancaba los dientes al menor problema remediándolo de raíz. En las noches cepillaba su “caja de dientes” -su dentadura- con tanta fuerza que yo no podía explicarme el origen de sus caries originales, ¿cómo podría una bacteria resistir el embate de sus cepillazos? Sus falsos dientes eran perfectos, mientras los limpiaba, hablaba entre dientes con la boca vacía, refunfuñando, quién sabe qué decía.
Nuestro dentista era simplemente intachable. Tenía manos de ángel. Empezó a cultivar con ellas una afición en sus ratos libres: tallaba esculturas de pequeño formato, piezas que iban a salas que deseaban parecerse a las de su casona. De pronto empezó a recibirnos a regañadientes. La afición terminó por arrebatárnoslo. Dejó de atender a sus pacientes al terminar los años sesenta para dedicar todas sus horas laborales a esculpir las piezas que vendía con bastante éxito en el Palacio de Hierro. Nunca vi ninguna, pero inevitablemente asocio la escultura de realismo-sentimental con el dolor de muelas. No que fueran hechas de dientes para afuera, pero… Alguna vez mi mamá me señaló una escultura parecida a las que él hacía, era de unos 20 centímetros de alto, representaba un zapatero sentado en un banquito claveteando una suela, los lentes a media nariz, su franela tendida en las rodillas. No tenía ni la inteligencia ni el nervio de un artista, era decorativa, artesanía de blancos, preciosamente fabricada. La verdad es que a mí me parecieron siempre simplemente horribles, mi gusto nunca les pudo hincar el diente. No era éste mi problema central, sino tener que ir a otro dentista. Las visitas regulares se volvieron irregulares. Dejaron de ser un placer: o me castañeteaban los dientes, o los traía yo entre dientes. Todavía me resulta un crujir de dientes.
El dentista de mis hijos y de su papá también es un gran aficionado a la escultura, no la de pequeño formato y facturada para acompañar lladrós y payasitos. No es un aficionado sino un profesional en toda forma, un promotor y no un tallador. Es un auténtico apóstol del género que ha compartido su amor por las obras de los grandes artistas mexicanos, Isaac Masri, promotor del arte público. Harina de otro costal, amante del arte, entendido y etcétera, nunca fue mi salvación porque tiene su consultorio en el piso Mil con vista panorámica, y yo detesto las alturas. A él le interesa la escultura con nervio. Los nervios adentro de los dientes son para que éstos crezcan sanos y éstos no se aprenden a hacer con maestría en la punta de los dedos sino con otro juego, muy riesgoso y también doloroso, el de la arena del Arte.

Si nosotros lleváramos la batuta, si fuéramos el imperio, el planeta estaría invadido de chicharrones, blusitas bordadas -a mano o de máquina-, cacharritos de barro hechos a mano y pintados con primuras, globos como los de antes, de látex verdadero, adornados y pegoteados a lo lindo, variedades de tacos y moles, tortas fabulosas, sarasgarcías, monsivaises, salinases y un solo slim como un dios monopólico.
Los chilangos diríamos que -excepción hecha de los millares de monsis- nos han invadido las provincias (como los neoyorkinos dicen que su ciudad de ha suburbanizado con la irrupción de starbuckses, macdonals y demás cadenas pollokentukis).
El planeta entero canturrearía a las yuris -si se escribe así-, y las alejandrasguzmán no cantarían eso que perpetran sino versiones de rancheras atangadas, sones jarochos medio franceses y corridos afelpados. Gloria Trevi hubiera sido amante del Papa y no de un Sergio; las hostias se venderían decoradas con guadalupanitas; Bin Laden y López Obrador habrían tenido queveres y disgustos, y el planeta completito adoraría a López Velarde y a Gorostiza, abismándose en vasos de agua de horchada y sin ésta.
Lo demás, que estoy de fiesta por lo de las jacarandas florecidas, las palmas entremezcladas con ramos de limpias y la peluca de los cristos en los atrios montando burros de peluche tamaño natural.
Amén.