Al diablo con el diablo
Reporto desde Brooklyn: En la banda oriental de nuestra manzana están, de izquierda a derecha, la iglesia Párele de sufrir, el local de clases de baile que se llama Salsa Dance Studio, una Botánica, un cafecito francés que se llama Mule, y, por último, el estanquillo de una familia de mexicanos, El indio mexicano, donde me habría encantado amarchantarme si vendieran algo útil, pero nunca venden lo que busco, ni siquiera hay leche o huevos, el pan dulce es incomible, duro y feo y el queso fresco que está en su mostrador parece del año del caldo. Además sospecho que ya cerraron, las últimas veces la he visto vestida con su cortina de metal.
Se dice, pero no me consta, que la Párele de sufrir es comandada por brasileños aunque se oficia en español, que las clases de salsa son impartidas por brooklinetas que hablan en inglés, que la botánica es de puertorriqueños que hablan los dos idiomas, y que el cafecito francés es de unos marroquíes que hablan con soltura francés, inglés y árabe, ni una palabra de español aunque los chicos de la cocina son, para no variar con el resto de la ciudad, poblanos.
En la esquina derecha, al pie de la Párele de sufrir, acaban de improvisar sobre el piso un puestito como los de México, venden chicles, botellitas de agua helada -que ofrecen a los automovilistas cuando se pone el alto, exactamente como ambulantes mexicanos-, caramelos y párale de contar. Hay más vendedores que productos, una familia completa que habla y habla, niños, viejita, el tío joven, la mamá. Los adultos se sientan por turnos sobre la heladera, los niños corren, juegan, ofrecen su mercancía.
A la salida del Párele de sufrir, se aglutinan los fieles. A veces coincido con ellos. Siempre hablan de lo mismo: el diablo. Es su personaje predilecto. Que si hizo esto o lo otro, que si fulanito tuvo tratos con él, que si perenganito quién sabe qué, cosas así. Sólo escucho al pasar, camino despacito para oír, pero por si las moscas no me detengo. Visten colores oscuros, hablan español con distintos acentos, los más caribeños pero creo que he escuchado también continentales. Si paso cuando todavía están celebrando su ceremonia, escucho los altoparlantes del predicador. Prefiero los cantos del imán, siempre a la misma hora, pero hacia el otro lado de la Cuarta Avenida. No canta mal, pero tampoco puede uno imaginar a una reina rindiéndose ante él, como en Las mil y una noches, o será que usan malas bocinas. En todo caso, el canto del imán me arropa, su carácter ritual me serena y tranquiliza. El predicador de la esquina quiere infundir miedo. Tampoco me hace feliz pasearme entre los que acaban de salir de la mezquita, los más son hombres, están vestidos con largas togas, las pocas mujeres están cubiertas de pe a pa con sus trajes negros, sólo se ven sus ojitos y en algunos casos ni eso, por un velo más delgado sobre el de la cabeza. Agitan sus tacitas pidiendo limosna. Son las viudas.
Hace unas noches, me despertó una voz desgañitada que venía del corazón de la manzana, y se me enchinó el cuero. Decía gritando como una desaforada “Caaarmen, Caarmen”. Y yo, gulp gulp, eran las 3 de la mañana, a esas horas no se oye ni volar una mosca, los jardines traseros duermen en absoluto silencio. Tragué saliva, en los humos del insomnio me prometí inscribirme a clases de salsa, amarchantarme con el restorancito francés, hacer algún tipo de pacto con ese lado de la manzana para que se me deje dormir en paz.
Pero ya a la luz del sol el “Caarmen-Caarmen” me deja fría, a fin de cuentas no es un nombre inhabitual. Y no pienso en el diablo, sino en la Reforma Migratoria que no pasó el voto del Senado gringo. ¿Cuántos de los que se arremolinan a la entrada del templo son inmigrantes “ilegales”? ¿Cómo llegaron aquí los del puestito en el piso, por qué peligros pasaron, cuánto les cobró el coyote? ¿Qué dejaron atrás? ¿Qué les espera? ¿En qué soñaron, si soñaron, cuando cruzaron la frontera? ¿Los niños nacieron aquí? Parecen recién llegados. ¿El papá trabaja en algún restorán de Brooklyn? ¿Tiene papeles? No, no los tiene, la pregunta sobra. Doce millones de inmigrantes hoy no tienen su documentación en orden. Se dice fácil.
Cuál diablo ni qué ocho cuartos. Y si lo hay, que lo manden directito a jalarles las patas a los senadores que mandaron al diablo la reforma migratoria. Si el diablo no tienen interés en llevárselos al infierno, que los saquen a orear para que vean el desastre de no imponer una reforma migratoria, familias divididas, condiciones de empleo irregulares, etcéteras. Le recomiendo al diablo de pasadita que le dé una visita al presidente Calderón para que se ponga las pilas, a ver si ya de una vez por todas se revierte esta corriente de emigración y la patria da trabajo, e ilusiones, a los que expatria.