Pascoe y Campbell en Gatopardo

En la edición del mes que termina, la revista Gatopardo me abrió la casa para escribir sobre mis dos primeros editores, Juan Pascoe y Federico Campbell. Los dioses a veces ordenan la vida lúdicamente: sin haberlo planeado estuve la semana anterior en Palermo, en Sicilia, en las islas vecinas, la tierra de Lampedusa.
Aquí la dirección que da acceso a la página:
http://www.gatopardo.com/noticia.php3?nt=2042

DC bis CVS

Ayer 12 de julio me enteré de que mañana 15 cierra una exposición en el NMWA (National Museum of the Women in the Arts) de Washington D.C., que no podía perderme por ningún motivo, y antes de saber si chicha o limonada, tomé hoy temprano el tren, y fui corriendito al museo, donde estuve hasta que mis rodillas no pudieron más. Digo rodillas porque había un buen número de pinturas de mujeres renacentistas italianas que de verdad sí hay que ver de rodillas. Salí del museo, corriendito a la estación del tren y de vuelta a casa.
Me encantaría darme taco y decir que me regresé pitando porque vi la Casa Blanca. Sí, la vi de reojo cuando salí del museo, caminando hacia el metro, y sí me dio fuchi, pero no fue por eso que me regresé sino porque de todas maneras ya lo tenía planeado.
Y cuando ya estaba a punto de llegar a su casa de usted, en el subway, abrí el mapa de D.C, quería marcar con una cruz el lugar del Museo. El mapa tenía la casa que huele a fuchi, y muchos museos, pero no el que visité hoy. Encontré el cruce de calles y lo marqué con una bolita que no puede competir con los muchísimos íconos con el nombre (y apellido) de una cadena de farmacias. Muchas, muchas, la capital de los Estados Unidos aparece tatuada con ce-ve-eses.
Será la jaqueca.

La guerra de los mundos

Es como de mentiras: en 1938, los radioescuchas creen a pie juntillas lo que transmite un programa de radio, que la verdad es que no tiene un pelo de verosímil: la llegada de los marcianos. Pero no es de ficción: todos conocemos la historia de cómo la adaptación que hace Orson Welles de la novela de H.G. Welles, publicada originalmente en 1898, desata verdadera histeria en los radioescuchas de la región. Sienten que es verdad lo que no es una ficción acústica, recreación de otra ficción previa.
La anécdota me fascina. Cuánto me habría encantado ver esta historia en la pantalla, en lugar de la adaptación (malísima) que hace apenas unos meses perpetraron en joligud.

Antes de la moda

Escuché ayer -como hago cada que puedo- a Carmen Aristegui en su programa de la noche. Ya sé que se la ve, pero a ella también se la escucha. Y encontré a Magali Tercero con ella, a quien también respeto. Al término de la entrevista -sobre Frida Kahlo, en su cumpleaños- Carmen Aristegui le preguntó cuándo despertó el interés por la Kahlo en México. Magali Tercero no dudó en contestarle que éste era una respuesta al que la artista despertó en Estados Unidos, que a fin de cuentas no somos sino una colonia.
Su respuesta está muy equivocada. Hubo adictos a Frida Kahlo muy antes de la ola de fridomanía. Todos conocemos la dedicación por ella de Flores Guerrero, Cardoza y Aragón, Rodríguez Prampolini, Antonio Rodríguez, Berta Taracena y de Raquel Tibol. Frida era ya Frida, no para todos, pero para los entendidos.
Y para los jóvenes norteados también: me acuerdo haber ido un sinnúmero de veces a la Casa Azul muy a principios de los setentas. Y sé que Jesusa tuvo a Frida en la mira siempre, desde niña, era un personaje presente siempre en su infancia. Por ella, en 1980 empezamos a coquetear con la idea de hacer una obra de teatro sobre Frida, de una o de otra manera. En 1982, cuando estaba yo embarazada de María Aura y obligada a estar en cama, Liliana Felipe, Jesusa Rodríguez y Magali Lara me rescataron del ostracismo (mi habitación no tenía ventanas) y comenzamos a acercarnos a el montaje de un homenaje a su pintura. Teresa del Conde y Raquel Tibol pusieron material en nuestras manos, porque no abundaba. Cuando estrenamos en el Teatro de la Capilla, más de uno dijo “¿por qué Frida?, ¡es malísima!”. No respondíamos a más fridomanía que la propia.
Pronto Frida estuvo en la boca de todos. De ser “nuestro” secreto -o de que nosotras creyéramos que lo era- a ser del dominio de la moda, pasó un tris. Y sospecho que cuando Leduc y Ofelia comenzaron a trabajar en su película tampoco fue en respuesta a una moda en el extranjero.
Lo que sí es que el impacto que recibió su obra afuera, afectó sin duda al gusto nacional. Es recíproco. También nosotros hemos afectado en el gusto norteamericano. miren si no la salsa -esa mezcla de música latinoamericana y caribeña que se dio de casualidad en el norte-, por decir un ejemplo siquiera.
Ayer cuando terminó la entrevista de Aristegui, pensé escribirle esta nota, pero me distraje. Había ido en la tarde al Museo Metropolitan, encontré un pentimento en un Artemisia Gentileschi que me voló la cabeza, luego atendí un concierto de blues medio humorístico en Iridium, de Mose Allison, que es un figurón (aunque para mi gusto, aunque no le arrebato la gracia, más chantilly que verdadera sustancia), y hoy todo el día trabajé -por culpa del mencionado pentimento, tenía que escribir unas páginas-, sólo interrumpí para salir al caer la tarde a escuchar a un trío formidable de música otomana, el Aman Sâki, una delicia -tan mediterránea como se pueda ser: todo es mezcla en esa música deliciosa, parte griega, parte norafricana, parte flamenca, parte huele a la estepa rusa-.
Y nadie dice que eso les llegó porque eran en el XVIII un rincón receptor de otros.