Requiem por Lectorum

Me da una enorme tristeza que la librería Lectorum de la Calle 14, la más antigua de libros en español en Nueva York, donde tantas veces nos convocó Juan Pablo Debesis a leer, conversar, estar, vaya a cerrar sus puertas.
Las librerías no se improvisan. Lectorum va a ser irreemplazable.
Qué paradoja: cierra ahora que en la ciudad hay un 30% de hispanos, la librería más activa y viva en nuestra lengua.

Magníficas mujeres, e inmigrantes, también vitales, en el Museo del Barrio

Hoy, en el Museo del Barrio de Nueva York, ocurrió -horrible verbo, le echo la culpa a mi cansancio- una lectura y mesa conversatoria de escritores en español en esta ciudad, curada por Café Nueva York, para acompañar la exposición “Artistas emergentes”. ¿Escritores emergentes? ¿Qué es eso? ¿Precisamente? El verbo es particularmente irritante si se le pone cerca de nuestro oficio. Un escritor desea, por supuesto, tener cómo volver viva su voz -primero en un buen texto, después en un buen oyente-. La idea de estar en un ambiente sordo y mudo es repulsiva. ¿Por qué no desear “emerger”, si esto es salir a flote, sacara la boca del agua? El agua no permite que la voz circule, que los textos se oigan. El agua es un silencio ruidoso, un silencio donde ni siquiera cabe el silencio, un silencio imbecil, aturdido, borracho.
El agua en que está metido el “no emergente” no permite que las palabras viajen, es refractaria a la voz. El agua es el elemento sordo, puro sonar plung-plung o plunt-plunt: las palabras no pueden circular en él; es para monosílabos sin significado. En el momento en que una verdadera palabra entra ese medio, se ahoga. Las palabras están hechas de oxígeno.
Los delfines no hablan: saben cómo enviarse signos que escapen al silencio del agua. Las ballenas no hablan, saben domar la musicalidad borrachiña marítima. Pero las palabras necesitan el aire.
Por otro lado, nada es más detestable para un escritor que ser un perpetuamente emergido. Porque eso que no es nominado, lo que pertenece al silencio, a lo que no cabe en las palabras, a lo que no ha sido aún descubierto,visto, descifrado, es lo que el escritor quiere decir con sus palabras comprensibles, viajadas, oídas, visibles, emergidas del silencio pero aún en contacto con éste.
El peligro tiene doble filo: en el uno, es ser un escritor cien por ciento a flote; en el dos, serlo sin toque o contacto con la submarinidad. Si se queda emergente del todo, el escritor, famoso y cuanto hay, produce sólo palabras que suenan a hojadelata. No tienen un pelo de oscuridad.
Por esto, cuando convocaron a esta lectura a Café Nueva York como organizador, solicitando escritores “emergentes”, pensamos en cuatro que admiramos en esta ciudad, Nueva York: Mónica de la Torre, Aura Estrada (por desgracia, y cómo lo lamentamos, muerta en un accidente hace unas semanas en una playa mexicana, en Mazunte; nos dejó muy prematuramente, a sus 30 años, para pesar de todos pero muy especialmente de su marido, el novelista Francisco Goldman, para quien va de nueva cuenta un reiterado y respetuoso pésame), Lina Meruane y María del Mar Gómez, que aunque aún no haya publicado aún un libro, y sí piezas sueltas aquí y allá, ha escrito ya una obra de teatro magnífica, y una novela que espero ver pronto impresa.
Lamentablemente, Lina Meruane no aceptó la invitación. El equilibrio era difícil Emergentes, en sus dos filosos sentidos, ¿cómo, con qué gusto, en qué punto? Confieso, aquí yo, Carmen Boullosa, que desee leer yo, pero era injusto, tenía un tono de protagonisto que no era el deseado. Yo sí soy emergente, en el mejor de los casos. En el peor: hojadelata.
La cursamos entonces a un joven representativo de la vitalidad narrativa -en español- en Nueva York, Edgar Mercado. Estudiante y profesor adjunto en City College, da en sus cuentos testimonio de la vida de los inmigrantes latinoamericanos en esta ciudad. Él iba a ser el ingrediente más neoyorkino de la mesa. Muy diferente a las otras ingredientas, pero por lo mismo un balance.
Si Lina Meruane hubiese aceptado, el círculo habría quedado sellado entre las exquisitas, cargadas con un elemento muy valioso que tenía Aura Estrada -o, más precisamente, que tiene, porque eso no se lo quita nadie-, ingrediente también siempre visible en el acervo de Mónica de la Torre: el humor. Ellas conformaron, con Gabriela Jáuregui y con Laureana Toledo, un colectivo. No sé si el nombre sea definitivo -espero sí, porque captura un espíritu delicioso-: Las Taquimecanógrafas.
Mónica de la Torre es un fenómeno. Es bilingüe y es bi-personal. En español escribe tal, y en inglés tal otro: dos personas, interconectadas, con un diálogo subterráneo -o sería mejor decir “submarino”, para seguir con el hilo con que empecé a hilar hoy-. En inglés, se nutre de la tradición latinoamericana. En español, se alimenta de lo mismo, pero traicionándolo. Es dos personas, insisto, como la divina aquella hecha de tres, una imposible sin la otra, pero las dos muy diferentes.
El caso es que la lectura y mesa subsecuente ocurrieron hoy, yo estaba llena de ansiedad, faltó esto y lo otro (muy lamentable fue no poder poner en altavoz el poema que estaba grabado en mi teléfono portátil, por y de Laureana Toledo, fotógrafa y artista notable, poema delicioso, lleno de humor y chispa), más que no llegó uno y que no llegó dos; la había armado en la cabeza, pero en la realidad no hubo todos los elementos. En todo caso, la aprensión no hacía falta: el espíritu de esas escritoras es una maravilla, su obra nos ilumina; y Edgar Mercado representó, como era de imaginarse, al escritor que la experiencia de los inmigrantes va formando, un escritor neoyorkino en español, forjado aquí, al fragor de la ciudad, augurando una nueva generación que pronto veremos cuajando.
Y eso es todo. Emerger, submarinear. Recordar a Aura Estrada, porque sin los que se van no hacemos ningún sentido. Alabar el trabajo de las magníficas, apreciar a los nuestros que van llenando, como los cientos de miles las calles, los vagones de los subways, las cocinas, ya también tiendas, restoranes, librerías, en español.
Y por cierto: ¿cómo quedarse callado ante la desaparición inminente de la Librería Lectorum? Una desgracia. Las librerías, a su manera, también tienen personalidad. Ésta se va, con su historia y su memoria, y no tendrá reemplazo.

Los editores salvajes

Texto publicado en la Revista Gatopardo, en su edición de julio, 2007.

LOS EDITORES SALVAJES

1. Legión de cisnes.

Entre 1977 y 1978, la construcción de los Ejes Viales cambió drásticamente la vida de la ciudad de México. Por estas anchas carreteras de un solo sentido cruzando de norte a sur y de este a oeste la ciudad impuestas al trazo urbano muchos de los barrios de la ciudad quedaron tronchados en pedazos. No es mucha exageración decir que hubo una ciudad de México A.E.V. -Antes de los Ejes Viales-, y que hay otra D.E.V. -después de los Ejes Viales-. Yo comencé a ir a la universidad en A.E.V., cuando Avenida Revolución era de dos sentidos, tenía camellón y la recorrían tranvías. En A.E.V. aquí y allá había fuentes, glorietas y camellones que estaban cubiertos de dalias -se decía que eran un regaló del señor Matsumoto, el de las florerías, que a su muerte había heredado a la ciudad, en un gesto de inmigrante agradecido, miles de bulbos que florecían año tras año… hasta que llegaron los Ejes Viales-.
Una legión de jóvenes artistas de A.E.V. queríamos ser poetas. No que nos hubiéramos puesto de acuerdo, es que ésa era la neta, el oficio por el que queríamos apostar, era lo de moda -aunque todos nos queríamos sentir muy fuera de moda, éramos los marginales, los rebeldes, y escribir poemas nos parecía la máxima desobediencia-. El que haya leído Los detectives salvajes ya lo sabe. Bolaño dejó la ciudad de México en el 77, todavía A.E.V..
Mano a mano con los poetas, nacían también editores. Uno fue el ya desde entonces reconocido poeta y ensayista Gabriel Zaid. En la Era A.E.V., recorría la ciudad a bordo de un volkswagen blanco pergeñando poemas. No quería hacer una rigurosa selección, sino demostrar que escribir poemas se había vuelto un fenómeno masivo; le llamaba la atención la abundancia y la buena calidad, quiso congregar a una Asamblea de poetas, en la que muchos tuvieran voz. Él, que es un hombre con sentido común y tiene los pies en la tierra, se debe haber preguntado “¿pero éstos qué están pensando?, ¿de qué van a vivir?” Y tenía razón: los poetas que no éramos impostores (poquitos, pero los hubo, rémoras de generaciones anteriores o fantasmas del porvenir, colados por el destino) no estábamos pensando en ganarnos la vida, sino en que íbamos a vivir para la poesía. Sin saberlo, nacíamos a un mundo que se estaba muriendo, el de la ciudad pre-ejes. El nuestro era el canto del cisne de la Era A.E.V.. No que en nuestros poemas apareciera la ciudad, lo que ésta nos daba no era el tema -más presente en la generación anterior-, ni tampoco un “motivo”, sino que la necesidad de escribir andaba suelta, tanto como la de leer, porque sí queríamos aprender el oficio -cargábamos nuestro Navarro Tomás, leíamos a Lope de Vega, atendíamos seminarios de literatura en la universidad -o independientes, como el que de “su ronco pecho” dictaba Tomás Segovia en El Colegio de México para los “flotantes”, los que estaban en el posgrado y los no inscritos pero flotábamos por ahí -.
Me acuerdo cuando Gabriel Zaid nos visitó. En realidad buscaba a Francisco Segovia, poeta e hijo de dos grandes escritores (Tomás Segovia, Inés Arredondo), y de casualidad topó también conmigo. Sondeaba la opinión que tenían los poetas de unos y de otros (que no serían sólo juicios poéticos, porque no estábamos todos en el mismo bando, por lo menos existían efrainitas y octavianos, los primeros seguían a Efraín Huerta, los segundos a Paz, y entre los efrainitas había Infrarrealistas, Espigos -de la Espiga Amotinada- y otros).
Zaid era muy delgadito. No parecía un intelectual -tenía más pinta de amigo de mi papá, de “burgués”-. Traía lentes de aros rectangulares y negros, más de cura que de ingeniero, pero en todo caso tampoco de poeta. Sus pantalones eran listados con rayas delgaditas azul y blanco, su camisa clara de manga tres cuartos. Se sentó en el único sillón de la sala y sacó poemas fotocopiados de su portafolio negro. Si me falla la memoria, que me corrija. La antología de Zaid es, como se ha dicho, una proeza. Agrupa poetas nacidos después de 1940 que hubieran publicado antes de 1980. Recoge ahí 160 poetas. (Por cierto: Roberto Bolaño no aparece en la Asamblea de Zaid sino mencionado por Mara Larrosa, que le dedica su poema, Espaldas negras.)
Así como Zaid quería dejar constancia de la multitud, había editores que deseaban delinear un gusto, una apuesta. Entre otras editoriales independientes estaban La Máquina Eléctrica, de Raúl Renán y Guillermo Fernández, los Papeles Privados de Mario del Valle -y sentíamos una conexión con otras ciudades, porque desde París Mariano Flores Castro editaba la Colección Imaginaria, y Elena Jordana las Ediciones El Mendrugo en Nueva York -.
Tuve la suerte de ver mis primeras publicaciones en manos de dos editores de excepción: Juan Pascoe, con su Taller Martín Pescador, y Federico Campbell, con La Máquina de Escribir.

2. El hijo del telegrafista.

Al sur de la ciudad de México, entre Coyoacán (el barrio de Frida Kahlo) y el señorial de San Ángel (donde Diego Rivera tenía su estudio), en un edificio que tiene aspecto de barco encallado entre una avenida (Miguel Ángel de Quevedo) y un callejón al que parece quedarle demasiado grande, vivía Federico Campbell. Los departamentos eran amplios, el de Federico era un verdadero hogar, ordenado, cómodo, de verdad bonito. Ahí, en la sala de su casa, recibía los manuscritos que le llevábamos los jóvenes escritores cuando volvía de su trabajo al caer la noche.
Federico Campbell es tijuanense, hijo de un telegrafista. Se le nota que viene del norte: es blanco, sonrosadito, cachetoncito. Estudió en la ciudad de México, en la UNAM, durante los sesentas. Tenía poco tiempo de haber regresado de Barcelona, donde capturó una generación importante de escritores en el libro de entrevistas Infame turba. Estaba haciendo lo mismo en México, pero de otra manera, ahora como editor, seleccionando de la asamblea de poetas que había perseguido Zaid, y aderezándola con figuras muy queridas de las generaciones algo anteriores (publicaría a Eduardo Lizalde, ya desde entonces un figurón, a David Huerta, que también ya era conocido como poeta, y a uno de los ensayistas más singulares y brillantes de México, Jorge Aguilar Mora en su faceta de poeta, de él fue el primer volumen de La Máquina de Escribir, U.S. Postage air mail special delivery). En la Era A.E.V., Federico Campbell se ganaba el pan editando la revista Mundo Médico, luego pasaría a ser reportero de Proceso. Cuando lo conocí, escribía su primer novela, Todo lo de las focas. Años después se volvería un Sciacia-dicto.
Llevaba tiempo intentando juntar plata para viajar a la India, pero, cuando vio que no iba a conseguir lo suficiente, pensó en hacer una revista literaria, “La Máquina de Escribir”. El título, explica Federico, era un homenaje al “Antiedipo de Deleuze y Guatari, en el que hablan de que el escritor es una máquina productora de fantasías. Las máquinas pensantes. Luego entonces el escritor es una máquina de escribir. También porque mi mamá me regaló una máquina de escribir poco antes de morir y ese regalo llevaba un mensaje de aceptación del hijo que la había traicionado al desertar de la facultad de derecho. Creo que fue un acto de amor que sólo hasta ahora, ya de viejo, he empezado a comprender en toda su dimensión.”
En La Máquina de Escribir publicaron sus primeros libros Juan Villoro, Coral Bracho, José María Espinasa, Barbara Jacobs, Antonio Deltoro, Bruce Swansey, Álvaro Uribe, entre otros. Y publicaron los que ya tenían nombre, como María Luisa Puga, Esther Seligson, Rosario Ferré, Margo Glantz, Margarita Dalton. Cuando le llevé mi manuscrito, la colección estaba en sus comienzos. Todos los volúmenes de La Máquina de Escribir tenían el mismo formato, folletos de tapas amarillas, engrapados, exacto el mismo diseño. Los tirajes eran de mil ejemplares. Había en su colección la voluntad -incluso visual- de agruparnos en una misma ciudad letrada.
Federico sacaba dinero de su propio bolsillo para financiar en buena parte las ediciones, puro amor al arte. Los autores que tenían cómo pagaban parte de la edición. Yo no tenía cómo, Federico Campbell financió íntegra la edición de mi libro, como hizo con otros de los primeros.
Después que leyó mi manuscrito, me llamó por teléfono para decirme que sí lo aceptaba. En poco tiempo, me dio las galeras a leer y, ya impreso el libro, puso en mi mano casi todos los ejemplares, junto con un número de sobres de papel manila del tamaño apropiado para que enviara los libros por correo, con el nombre de la editorial y su “logo” impresos, más un directorio internacional, que contenía la flor y nata de los amantes y hacedores de la literatura escrita en español. En realidad la de Federico era una editorial en toda forma, él corría con la selección, la responsabilidad del proceso de edición e impresión. Y tenía el modo más eficaz de distribución de poesía. Lo que no hacía era comerciar con los libros, no los ponía en puntos de venta. Creo que Lizalde llevó unos poquitos ejemplares a Gandhi, entonces era una importante librería literaria de México. Los libros no quedaban enterrados, eran reseñados y leídos por críticos de primera línea, como Huberto Batis.
Conservo uno de los sobres de La máquina de escribir como muestra de la generosidad y auténtico amor por la literatura de Federico Campbell -y como un objeto mágico: ha vivido conmigo ya en tres ciudades (México, Berlín y ahora Nueva York), siempre ha ocupado el mismo lugar en una media docena de estudios, a la derecha de mi escritorio. A veces me pregunto, cuando lo veo, si no será que a esa máquina ahí impresa en tinta sepia oscura le debo mi vicio por la escritura.
Siempre que pienso en La Máquina de Escribir, recuerdo que ahí publiqué mi primer volumen de poemas, “El hilo olvida”. Pero, cuando me acuerdo del Taller Martín Pescador de Juan Pascoe, no me cabe la menor duda de que ahí apareció mi primer volumen, un poema algo extenso, “La memoria vacía”. Las ediciones no me ayudan a salir de aprieto, los dos colofones dicen 1978. En estricto rigor, escribí antes La memoria vacía -me acuerdo perfecto cómo: después de un ataque de insomnio que me duró tres días y sus noches completos, en la madrugada de la tercera ronda, el poema estalló. Lo escribí de un golpe. Luego, dormí, y sin prisa alguna lo corregí hasta que cobró la forma que el poema necesitaba y exigía-. En estricto rigor, los dos fueron mis primeros libros. Los procesos de edición fueron muy diferentes, las ediciones de Juan Pascoe son extremadamente laboriosas, todo el proceso es hecho a mano -excepto la fabricación de papel-. Federico había conseguido una imprenta eficaz, que le entregaba los trabajos rápidamente y bien hechos. Los dos libros no fueron simultáneos, quede claro, pero para mí quedaron grabados cada uno como “el primero” y así quiero fijarlos. Mi bautizo fue con dos editores fuera de serie.

3. Regalo de los cuáqueros.

Uno de los barrios tronchados por los Ejes Viales fue Mixcoac, donde Octavio Paz pasó su infancia. La verdad es que los Ejes Viales le rompieron la crisma a Mixcoac. Ahí, en la calle Leonardo da Vinci, entre el Periférico y Avenida Revolución, (a sólo unas cuadras de donde también se estableció durante un tiempo la Revista Vuelta de Octavio Paz), en la casona de los Pascoe, protegido por un largo jardín, estaba el Taller Martín Pescador.
Juan Pascoe -que es también, como Federico Campbell, un típico ejemplar del norte, blanco y rubio, en su caso muy alto y desgarbado- nació en Chicago. Es “hijo de cuáqueros y nieto del primer obispo mexicano metodista, bisnieto de un impresor evangelista decimonónico, militante y radical”. Vivió seis años de su infancia en México, consta en una fotografía que cuando tenía un año y medio de edad estaba en el Campamento de Camomila, cerca de Tepoztlán, Morelos-, que fue fundado por su abuelo y que su papá dirigió un tiempo. De niño vivió aquí y allá -en la reserva de los Pápago en el sur de Arizona, en la zona de Pasadena en California, en Tucson, y en Iowa, donde terminó la preparatoria, y luego en la comunidad cuáquera de Monteverde en la selva costarricense-, la vida itinerante del hijo de funcionario de la ONU. Más adelante, la familia Pascoe pasó una década en La Paz, Bolivia, y por más cortos períodos en Quito, Khartoum, Nueva York y Londres. Juan visitó a sus papás en todos estos lugares. En esos años, estudió literatura anglosajona en Whitman College y en sus vacaciones peló papas en Alaska para ayudarse con el pago de sus estudios. Sobre esto, lo cito: “Pelé papas en una empacadora de salmón en la parte trasera de la isla de Kodiak durante el verano de 1968. Mi puesto oficial era lavaplatos en el comedor de los blancos (había otro para los filipinos), y de hecho era mi deber lavar toneladas de platos, vasos, cazuelas, trinches, luego de tres o cuatro comidas al día (cuatro en la temporada de más captura de salmón, porque la empacadora trabajaba toda la noche, y era necesario producir otra comida a las 12 de la madrugada): agua hirviendo, detergentes fuertes, guantes, y la piel de mis manos terminó roja, agrietada. Cada madrugada (era necesario entrar a las 5 am para preparar la comida para el día siguiente) tenía la obligación de pelar un costal de papas, con un cuchillito”.
Aprendió con Harry Duncan (de la The Cummington Press) el arte de imprimir libros con tipo móvil en prensa plana. En 1971 se instaló en México decidido a ser tan mexicano como el que más. Tocaba el violín con un grupo de música jarocha, con el coplero Arcadio Hidalgo, y más adelante fundaría el Grupo Mono Blanco, que juega un papel protagónico en el nuevo movimiento de recuperación del son jarocho -que es decir de Veracruz, en el Golfo de México-, el verdadero, el auténtico. Para ganarse la vida, daba clases de inglés en el Anglo. Entre otras cosas, tenía fascinación por los piratas. Yo entonces no la compartía, me parecía otro rasgo excéntrico de un loco formidable. Pero no sé si a él le debo en parte que unos pocos años después me enfrascara a escribir novelas de piratas.
Los poetas llevábamos nuestro manuscrito a la casa de los Pascoe, a la parte de la casa más próxima a la calle, donde estaba el Taller Martín Pescador. En lugar de una sala y un ambiente doméstico como el de Federico Campbell, uno topaba con un taller de impresión de otro siglo, al centro del cual estaba la prensa plana R. Hoe Washington de 1838, rodeada de otras, una Minerva de pedal y otra pequeña de palanca. También había un mueble para guardar papel, cajas de tipo móvil, rodillos, tinta, y en las paredes máscaras e instrumentos musicales.
Juan Pascoe armaba cada página de cada libro con amoroso cuidado, después laboriosamente la imprimía a mano en su prensa plana con tipo móvil sobre papel húmedo. Doblaba los pliegos y cosía los libros a mano. Las ediciones eran muy limitadas, de alrededor de cien ejemplares, el número preciso era arbitrario, según como estuvieran las finanzas para comprar papel. Para cada título, está de más decirlo, había un diseño distinto, dependiendo de la forma y el contenido del poema, tanto como del papel que hubiera a la mano.
En El Taller Martín Pescador -el nombre fue escogido, entre otros sugeridos, por Roberto Bolaño-, Juan Pascoe imprimió libros de poemas de Octavio Paz (con Charles Tomlinson, “Hijo del aire”), de Efraín Huerta, de Tomás Segovia (recuerdo que coloreamos las capitulares a mano, con amarillo), de Jaime García Terrés -con quien Marcelo Uribe trabajaba en el FCE, dirigió durante años la Gaceta-, y de poetas jóvenes, los de mi generación, como José Luis Rivas y Alfonso D’Aquino, entre otros. Quedó pendiente hacer un volumen de Daniel Sada, tal vez algún día.
En los setentas, el Martín Pescador sólo publicaba poemas. Cuando estaba listo un libro, el proceso de distribución -si así puede llamársele- tenía signo Juan Pascoe: hacía una fiesta en casa -o un fiestón-, daba pulque o toritos (alcohol del 96 bebible, con horchata de arroz o cacahuate, o con agua de jamaica), donde él tocaba, y cada día mejor, sones jarochos. Las fiestas eran celebración de haber terminado el laborioso proceso de edición, levantar el tipo, diseñar, imprimir, coser, encuadernar, fandango, y punto de venta -así limitado y entre amigos, si tenía suerte, la mayor parte de su edición se agotaba ese día-. Tal vez por estas fiestas, Juan cree que Bolaño lo retrata en Los detectives salvajes como el vendedor de pizzas. No opino como él, no lo veo en ese ser hacendoso y expedito, Juan Pascoe tiene muchos otros rasgos que pudieron haber aparecido en algún personaje de la novela, pero no está ahí. ¿Por qué Roberto vio como una traición que, después de haberlo publicado a él, a Efraín Huerta y a Verónica, el Taller pasara a imprimir a los no-efrainitas, a los octavianos?
Juan Pascoe fue el fue el primer editor de Roberto Bolaño, capitán de los infrarrealistas, único autor de su manifiesto. Le imprimió “Reinventar el amor”. Es fácil explicar cómo llegó Bolaño a Juan Pascoe: por su hermano Ricardo, trotskista, como lo fue un tiempo Bolaño, casado entonces con Carla Rippey la pintora. Carla era la amiga cercana de Roberto, su contacto más próximo entre los Pascoe. Ella, y Ricardo y Roberto, habían estado en Chile cuando el golpe contra Allende.

4. Las cisnes.

La nuestra fue una generación donde “mayoriteaban” -si es que uso aquí bien la palabra- mujeres. Está mal que yo lo diga, pero cómo remediarlo: entonces decir “mujer poeta” era casi un sinónimo de calidad de escritura, y con razón. Las mujeres éramos consideradas muy alto -los últimos minutos de la Era A.E.V. coincide con el culto a Marguerite Yourcenar, Katherine Mansfield, la Woolf, Anaís Nin, Marguerite Duras, Silvina Ocampo, Alejandra Pizarnik y, entre las mexicanas, Elena Garro (la leí porque me la recomendó Octavio Paz), Arredondo.
En el Taller Martín Pescador había publicado la poeta Verónica Volkow, creo que también llegó ahí, como Bolaño, por el camino de los trotskistas, porque es bisnieta de Trostky -y ella fue quien nos llevó a nosotros-. Verónica Volkow llegó al mundo literario verdaderamente echando tiros. Tenía esta belleza de la rusa, los pómulos bien formados, la forma pajaril de su rostro. Vestía elegantísima y parecía tan segura de sí misma, tan aplomada que sobrecogía. Iba a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad pública ataviada como para un desfile de modas -por lo menos en comparación con nuestras fachas -. Vivía con su familia -se decía que su papá, el nieto de Trotsky, fue uno de los hacedores de la píldora anticonceptiva en los Laboratorios Syntex-, en una hermosa casa en Romero de Terreros, casi lindando con Coyoacán. De ésta recuerdo el piso de mármol, blanco, impecable, y una mesa redonda con un lindo jarrón en el recibidor. La primera imagen que tengo grabada de Verónica es sentada sobre el escritorio del profesor en un salón de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, momentos antes de que empezara nuestra clase. Traía unos pantalones entallados y una chamarrita colorada ídem. El profesor entró, obviamente de mal humor. No era cualquier profesor, era el poeta nicaragüense Ernesto Mejía Sánchez. Al ver a Verónica sentada en su escritorio, montó en cólera, “ustedes ya no respetan nada”, los jóvenes, bla bla, y encima la insultó muy groseramente por esa “falta de respeto”, y ella respondió alzándole a su vez su voz aguda, los ánimos muy destemplados. Se decía de Mejía Sánchez -poeta magnífico- que sufría de ataques de cólera, y que en uno de esos había perseguido a su hija adentro de la casa, amenazándola con un hacha. Pero hacha no puede ser, por supuesto. No pongo en duda los ataques de cólera, pero lo del hacha sí, sospecho que debió ser cuchillo, o más probablemente nada.
En aquella escena de la facultad, también recuerdo a Manuel Ulacia (nieto de los poetas Manuel Altolaguirre y Concha Méndez), que era, como Verónica, bellísimo. Hacían una pareja formidable, no amorosa, no era para nadie un secreto que al bello Manuel le interesaban los muchachos. A Verónica también, incluyendo, decían las malas lenguas, Manuel, pero no sé si será como el hacha de Mejía Sánchez, pura habladuría. Verónica lucía acojinada por un mundo familiar, y llena de mundo, de radiante aplomo. Yo me rascaba con mis propias uñas, mi mamá había muerto de enfermedad sin diagnóstico, mi hermana en un accidente automovilístico, tenía madrastra, todo me costaba trabajo, no tenía ni un céntimo, pero si lo hubiera tenido lo último que me habría comprado era una prenda de vestir: lo que quería en mis manos eran libros.
De Verónica Volkow, Juan Pascoe imprimió “La sibila de Cumas”. Por desgracia no tengo copia (no es de extrañar en una escapista). Estos poemas no tenían nada en común con la apariencia que he descrito de la poeta. No había en ellos ni impertinencia, ni pantalones rojos estrechos; no alzaban la voz; no tenían un tono estridente, sino calmo, seguro de sí, aplomado. Eran impecablemente hechos, elegantes, sí, más como la casa de sus padres. No le faltaban el respeto a los maestros, sino que aprendían las herencias y las lecciones, las digerían, tenían un toque personal. Eran poemas intelectuales y tenían un toque cálido. Recuerdo el impacto que fue leerla. Yo estaba impresionadísima con Verónica.
En La Máquina de Escribir de Federico Campbell también había una mujer poeta formidable, Coral Bracho. Su familia no cantaba malas rancheras: era nieta del director Julio Bracho, sobrinanieta de Andrea Palma, la primera diva mexicana, la de La mujer del puerto. Pero Coral no tenía la vena de actriz, era muy tímida. Casi se diría que era lo contrario de Verónica. Vestía con una discreción absoluta, llevaba lentes con grandes armazones. Era delicada y parecía muy frágil, no porque lo fuera. Ella y Marcelo Uribe, desde entonces su marido, vivían en San Ángel, en un precioso departamento en la casa de la mamá de Marcelo, en una de las calles más hermosas de ese elegante barrio colonial. Me acuerdo del morral que cargaba Coral el día en que la conocí, uno típico de Oaxaca. Poco después usaba una bolsa de cuero preciosa, francesa, llena de compartimentos, bolsa de cazadores, idéntica a la de Marcelo.
Yo estaba impresionadísima con Coral. Sus poemas eran únicos, extraordinarios, ya de voz madura, completa. Poemas arrojados, todo menos tímidos, diríamos que -como en el caso de Verónica Volkow- lo contrario de su persona. El poemario que apareció en La Máquina de Escribir es una joya: “Peces de piel fugaz”. Poemas radicales, que denotaban con un mundo interior peculiarísimo, un jardín poblado de maravillas: el de Coral. La oí decirlos años atrás, en el 75 -con una voz donde se nota con toda claridad que en su familia corría sangre de actores, una voz entrenada, perfecta-. Esto fue cuando yo vivía en el barrio de San Jerónimo, en las espaldas de la tiendita de la colonia, ahí donde casi acaba la calle de Hidalgo -del otro extremo de ésta viven Álvaro y Carmen Mutis-.
Vivíamos ahí en unas casitas o casuchas o cosijas improvisadas que doña Estela, la esposa del tendero, había levantado improvisadamente, las paredes aquí y allá, al son de “como sea” o el “ahí se va”, sobre éstas techos de asbesto corrugado. Cuando hacía calor, nos asábamos, cuando frío, nos helábamos, pero el coco era cuando llovía: nos mojábamos. Ahí formamos una pequeña colonia de artistas y artesanos -Georgina Quintana, la pintora, entre otros-, y creo que los que estábamos ahí éramos felices. Yo lo fui, hasta que me dio la de Houdini. Tenía prisa de huir de la muerte, si se había llevado a mi mamá a los 37 y a mi hermana a los 15, ¿por qué no iba a cargar conmigo? Me quemaba por dentro una flama, me consumía una mezcla de ebriedad de vida, ansiedad, dolor, sorpresa, y escribía, escribía. ¿Que cómo me vestía yo? No lo sé, como fuera que yo no me diera cuenta.

4. El mercado y la tinta.

Así fue cómo comenzamos a publicar, con editores que escogían los textos por gusto y que distribuían sus libros por medio de una fiesta o una lista de amigos, escritores, estudiosos y amantes de la literatura. Como se ve, el “mercado” era lo último en lo que estábamos pensando. El “éxito”, la “fama” no entraban en nuestro vocabulario. La poesía, sí. La literatura, sí. Estábamos atentos al rigor de la palabra literaria. Y claro que queríamos lectores (recuerdo, en una visita a casa de Octavio Paz, que él me preguntó: “Boullosa, ¿usted va a elegir a Juan Pascoe como su editor?, ¿va a continuar publicando con él?”, y que yo le contesté: “No, Octavio, yo quiero más lectores”, y que él me dijo “Pero más no hay, no se venden más de 160 libros de poesía”. Los tiempos cambiaron para Octavio Paz, su prestigio se elevó al cielo, y luego llegó el Premio Nóbel). No es que no fuéramos ambiciosos. Lo éramos, y de más. Teníamos personalidades literarias muy fuertes. Y todos y cada uno de nosotros éramos distintísimos de los demás.

Tanto Juan Pascoe como Federico Campbell fundaron casas editoriales que consiguieron lo que estaban buscando: La Máquina de Escribir de Federico Campbell publicó 46 títulos en los que dejó constancia de un momento singularísimo de la literatura mexicana -en todo rigor, Federico se hizo cargo sólo de los primeros 16 títulos, luego de los cuales pasó la estafeta a Juan Villoro y Carlos Chimal-. Dejó de existir en los ochentas. El Taller Martín Pescador de Juan Pascoe sigue vivito y coleando -y cada día en mejor estado-. Ha conseguido a una excelencia de impresión y edición que es virtuosismo. Tiene más de cien libros salidos de sus prensas. Desde 1987 -luego de pasar unos años en giras musicales-, se instaló en lo que quedara del molino de una hacienda azucarera, cerca de Tacámbaro, Michoacán, en un cascarón que él fue reparando con tanta paciencia como la que se necesita para hacer sus libros. Lo fui a visitar algunas veces con mis hijos y con su papá, Alejandro Aura, porque Juan Pascoe ha sido desde que lo conozco un amigo muy querido. En las primera visitas, no había baño, ni luz, ni pero sí cocina, taller y aprendices. Uno de estos, Artemio Rodríguez, ha fundado ya su propio taller en Los Ángeles, La Mano Press. Lo veía a él, y visitaba también dos prensas que durante un tiempo fueron mías (heredé de Juan Pascoe la pasión de hacer libros a mano), un rollo de pruebas Vandecook, y una alemana Hohner, preciosa, de palanca. (Aquí, en Brooklyn, todavía tengo un rollo de pruebas pequeño, al que a veces hago girar para hacer mis diminutísimas ediciones de “libros de artista”.)
Estos días, Juan Pascoe colabora en la edición de un volumen con las cartas de Frida Kahlo a su doctor, el Dr. Eloesser, que cayeron en sus manos por el camino de la viuda del segundo, Joyce, con quien Juan hizo amistad en Tacámbaro. Y trabaja en la reimpresión de volumen de Haikus de José Rubén Romero, con grabados de Artemio Rodríguez.
Hace años que no voy a visitar a Juan Pascoe. Sé que ahora tiene incluso internet. Antes lo consultaba en Tacámbaro -la primera vez que usé el wireless en Bryant Park fue para enviarle a él un mensaje-, pero ahora nos escribimos directamente, desde el Taller Martín Pescador y sus prensas del XIX, hasta mi casa en Brooklyn, una brownstone de 1853.
Con los años Juan Pascoe se ha convertido en un impresor de absoluta excelencia, y en un conocedor de la historia de la tipografía en México. Los volúmenes donde rescata los trabajos de los primeros impresores de México son verdaderamente portentosos, en ellos reproduce sus trabajos tipográficos, cuenta su vida, analiza los gajes de su oficio sacándoles más jugo del que uno esperaría de un erudito, y desentraña el mundo en que éste se desarrolla. Por esto José G. Moreno de Alba escribió: “¿Habrá en este país alguien que sepa más que Juan Pascoe sobre la historia de la imprenta en Nueva España?”
Juan Pascoe no ha abandonado la impresión de los libros de poemas. Como dice D’Aquino: “Abrimos uno de esos libros y estamos en Nueva España -y sin embargo, son los libros más nuevos, más novedosos que se haya publicado en los últimos años en México.”
Estos dos editores acogieron a los y las cisnes de A.E.V., eligieron aquellos que les parecieron más interesantes, crearon con otros una ciudad sobre aquélla que se llevaron en los pies el urbanismo automovilcéntrico. Y que no conoció ya el autor de Los detectives salvajes.

5. Coda.

Gaél García escribe en su “Diario berlinés” (publicado por Letras Libres) que Jonathan Safran Foer le pregunta cómo era vivir en la ciudad de México “en aquellos años”, los de Los detectives salvajes. Si Gaél quisiera contestar la pregunta e hiciera el esfuerzo de regresar a sus primeros meses de conciencia, también fracasaría, no le tocó la ciudad A.D.V.. Nació D.E.V., a fines del 78. Yo me acuerdo de Gaél bebé cuando en 1979 viajaba al lado de su mamá en su sillita enganchada al asiento del coche. Patricia Bernal era productora ejecutiva de la obra de teatro que dirigía Julio Castillo y de la que yo fui dramaturga. Jesusa y las Sombras blancas eran las estrellas de ese (extraordinario, puedo decirlo aunque yo fuera parte) espectáculo. Y ahí andaba Gaél, recorriendo ejes viales, oyendo el ruido de los automóviles -ya no de los tranvías-, ignorante de que en futuro interpretaría la eclosión continua de la ciudad D.E.V. en Amores Perros. Era un bebé precioso. Tal vez sólo tiene una manera de contestar a la pregunta de Safran Foer -y de la que todos saldríamos ganando-: que tome como causa llevar a la pantalla Los detectives salvajes. Que encarne a esos poetas. Podrá entonces imaginar y hacernos sentir lo que era entonces la ciudad de México, A.E.V..

Defensa de las gordas

¿Había Maria Callas vivido más años si no se hubiera empeñado en bajar de peso? La Divina gorda se convirtió, por propia voluntad, en una divina flaca para cumplir con todas las expectativas estéticas de la época y, posiblemente, para sentirse mejor de salud, como ella argumentaba públicamente. ¿Pero favoreció a su salud dejar los kilos que sostenían a esa persona artística fabulosa?
La verdad es que, en todos los temas, es difícil se imparcial cuando llegamos a María Callas. Fue Divina, divinísima, supradivina, con mayúsculas y con minúsculas y en todos los sentidos de la palabra, incluyendo la naturaleza no doméstica de su voz, y lo divino no ayuda a ser imparcial. Los creyentes han demostrado con la historia alinearse con los intolerantes, los intransigentes, los atrabiliarios, aunque, claro, hay excepciones, sobre todo en los politeístas. Pero quien crea en la Callas se convertirá lo más posible en monoteísta, que es, sin dudarlo, la especie más intolerante de los creyentes.
La muy divina Callas canta con una tesitura fascinante que es al mismo tiempo irritante, salvaje: parece hablarlos desde lo más profundo de nuestra naturaleza. O, me atrevo a decir, de la Naturaleza. Su voz -salvaje, divina, cósmica- perturba y al mismo tiempo nos complace. Aunque la palabra “complarecer” se queda corta.
¿Cómo no amar a María Callas?
Me la imagino en México, peleando con su mamá, exigiéndole cuentas. La invitó a México en 1950, a su primera reconciliación -la última también, y fallida-. Pero una voz así no podía ser dócil a ningún tipo de mamá. Ni, tampoco, podía haber tenido una mamá de las que el ideal Díadelasmadres, el Diezdemayo, promueve. La Callas debió salir de lo indómito, no de una madrecita.
Aunque sin Madrecita, sin el rigor inclemente, no habría llegado a ningún lado.
El hilo entre la mamá y la Callas es un hilo magnético.
Tal vez por esto pienso en ella cuando celebramos el Día de la Patria, no porque de casualidad hoy sea el aniversario de su muerte.
La mamá de la Callas fue su patria, su rigor, su lucha, su foco de crítica, su fuente de lirismo. Probablemente su milagrosa respuesta a una petición hecha a los dioses: “¡Dame talento”!”.
Los dioses cumplieron y con creces. Escuchar a la Calla es un milagro. Como tal, no se soporta sino algunos momentos. Como estos son celestiales, es una absoluta tontería llevar la cuenta de los segundos que uno puede entregarse en completa sumisión a esta diva, la más grande de todas, inteligente sobreviviendo, salvaja y valiente, viva y …
Todo lo demás.
Nací cuatro años después de que la Callas visitó por primera vez la ciudad de México, cuando todavía era gorda. Por esto, me sumo a los (posiblemente irracionales) que están convencidos que porque bajó de peso perdió la oportunidad de vivir más años. El escudo que necesitaba su portentosa voz debía ser excedido como la misma.
La imagino saliendo de Bellas Artes, enfilándose hacia La Ópera, tomándose un martini con amigos, llevada hacia el mejor restorán de la época, y comiendo y bebiendo, excesivamente, como una buena gorda que era todavía.
Poco después se convertiría en una hermosa, divina flaquita esquelética. Seduciría a las multitudes, ¿con ese aspecto de renuncia, aunque su voz fuera todo lo contrario? ¿Necesitó aparentar esa fragilidad “estética” para alcanzar la cumbre de las complacencias?
Amo a la Callas, y defiendo a las gordas.
Y que viva México, el de hoy, el de Hidalgo, el de Sor Juana y el que visitó la Callas en los cincuentas, ¡cabr….!

¿De qué te vengas, Moctezuma?

Después de una segunda estancia -corta, cortísima- en México, me estalla una perniciosa infección intestinal cuando llego a mi casita de sololoy. Yo creo que la pesqué en Dallas, donde crucé inmigración y aduanas y antes de continuar el viaje hacia Nueva York volví a pasar por el penoso ritual de las revisiones de un aeropuerto gringo -¡fuera ropa!, ¡fuera laptop!, ¡fuera zapatos!, ¡fuera!-, esa sucesión de casetas paralelas, hileras de viajeros esperando -¡a la que hemos llegado, como si fuera normal!-, pero no pudo ser ahí porque no me dio tiempo de comer, puro hacer corajes, esperar atrapada en la región de los interrogatorios y supervisiones, mirar a los guardias vaciando maletas -uno saca una pera redonda, redonda, el lunch de la despojada pasajera, dice ¡sólo es una fruta!-, y como decía y repito sin que me importe un bledo ser machacona: hacía corajes.
Así que no comí en Dallas, no creo que ahí haya pescado la infección, ¿dónde en México?
No fuimos a las tortas de carnitas que nos anunciaron en Leon, Guanajuato, porque mis ariadnos lo decidieron, no fuera a ser se les enfermara la visita. Lástima, las describieron como una cosa exquisita, y debían serlo, una pasadita de frijoles refritos, crema, aguacate, cebolla y en el centro las mejores carnitas del mundo. Paola Tinoco y yo comimos en el restorán del hotel, de primera, por cierto.
En la ciudad de México no me comí ningún taco en la calle, ni jugo o fruta en los puestitos, ni chicharrón con salsita y limón, porque no me dio tiempo. El 4 de septiembre, día de mi cumpleaños, María Aura -la joven actriz que para suerte mía es mi hija- nos guisó unos exquisitos y extraordinarios chiles en nogada en casa de Pablo Boullosa -por suerte, mi hermano- y Lupina Becerra, su mujer -y por suerte mía, mi cuñada-. Nos acompañaron un punto de mis amigos -otra de mis suertes-. Terminamos a una hora prudente, pero la imprudente fue la del vuelo: salí de casa de Juan Aura, mi hijo -por suerte-, a las 4:15 de la mañana. Luego lo de Dallas, llegué a Nueva York enmedio de la huelga de taxis, por milagrito entre a clase a tiempo, aunque rayando el penco.
Veinticuatro horas después, la explosión que aquí conté. Después de revisar mi itinerario y repasar los menús de pe a pa -comí la primera vez en la ciudad en una mesa vecina a la de Juan Villoro-, no encuentro ninguna posibilidad real donde haya yo podido contraer una bacteria. Si es bacteria, que más parece efecto tardío de la malpasada por la madrugada para llegar a tiempo a mi sesión en la uni.
¿O me enfermé por los corajes que hice en la frontera? ¿O fue venganza de Moctezuma, apuntada contra mí porque vivo en Nueva York? Acepto tu castigo, emperador, pero enfermarse de coraje por los trámites de ingreso a E.U. ¡me da coraje! No me gusta un pelo apuntarles una victoria más al régimen bushista, tanto peor porque es sobre mis intestinos.
Hablando de emperador: ¿por qué la fábrica de chocolates La Azteca bautizó a su barra popular como “Carlos V”, y no con el nombre de “Moctezuma”? Mi generación debió comer chocolatitos moctezumas, no carlosquintos. Al pobre de Moctezuma lo cargaron con lo de la venganza, pero no le apuntaron a su favor esos chocolates de nuestra infancia que nos parecían tan deliciosos. ¿De eso te vengas también, Moctezuma? Si es así, cúrame a la de ya que estoy restituyéndote el punto que te quitaron los de La Azteca. De aquí en adelante cada que recuerde la barra de chocolate llevará tu nombre.
Cambio otra nomenclatura para hacerte sentir mejor: de hoy en adelante, no comí kisses sino moctezumitas. Y no eran de Hershey sino también de La Azteca. ¡Victoria para ti, emperador!