Sólo vi una vez en Norman Mailer -en Boston, donde Roberto González Echeverría me invitó a participar en un encuentro de académicos, escritores e intelectuales, un grupo mayormente anglosajón-. Tenía curiosidad por conocerlo, una leyenda viva (el co-fundador del Village Voice, el activista en contra de la Guerra de Vietnam), y no siempre ejemplar (en un ataque de cólera, le arrancó un pedazo de una oreja a su actor, Rip Torn, durante la filmación de una de sus películas, tuvo un arranque de violencia en contra de su segunda esposa).
La verdad es que sí tenía curiosidad por verlo, y que no me sedujo lo más mínimo su imagen pública. Estaba en el escenario (es un decir, porque habló durante una cena) con un experto en su obra, pero no fue un diálogo, nos regalaron una rutina que sonaba a redicha, subrayaban cada dos frases: “he aquí un figurón con su palero”. Mailer me pareció acartonado, fastidioso. Habrá quien me diga, pero ¿qué más podías esperar de una celebridad demasiado célebre, en una charla “informal”? Pues esperaba más. Parecía una parodia de escritor latinoamericano pulverizado de tanta aparición pública y de poco escribir. Pero no era el caso, estaba terminando la novela que apenas apareció hace unos meses, “The Castle in the Forest”, sobre la infancia de Hitler. La anoto en mi lista de lecturas inminentes, con otra, “Ancient Nights”, que era su predilecta, situada en el antiguo Egipto. Es un ritual inevitable: hay que conectar con los que se van.