Se acaba un año

Este año 2007 se despide marcado con una cicatriz: se robó prematuramente la vida de gente cercana, joven, sana.
Otros motivos para echarle leña: la vergüenza del fallo de la Suprema Corte en el caso Lydia Cacho; el tráfico verdaderamente abominable de la ciudad de México; los aviones de la ruta Nueva York-México cargados hasta el queque de trabajadores. En México, los decapitados, la violencia desatada en la rebatinga de las rutas de las drogas. Y, claro, la otra guerra que pinta para eterna -no en balde el documental magnífico lleva el nombre “No End in Sight”, de Charles Ferguson-. Tabasco bajo el agua.
Pero no todo fue mal -aunque prefiero que cierre ya este año, ¡que se vaya!-. De lo bueno, me llevo libros singulares (los poemas de Jorge Aulicino, una sorpresa y una absoluta delicia; el reto de “Rex”, la no-novela o sí-novela de José Manuel Prieto; las relecturas fueron muy sabrosas: José Donoso, los cuentos de Cortázar, otra vez mis poetas de siempre). Me clavé en Dante, por motivos que no vienen a cuento. Dante para arriba, Paraíso, sobre todo Infierno, más que el Purgatorio y que nada; el imaginario, el chisguete de visualidad continua, el desorden que encarna en imágenes desaforadas buscando un orden. Y divagando en la biblioteca, dí con unas cosillas aquí, otras allá, otra acuyá; encontré variopintez.
La exposición de Arte Colonial en San Ildefonso fue una delicia, sobre todo la primera parte, cuando las piezas son de verdad muy de varios mundos.
La de Frida Kahlo: feria y ceremonia masiva.
La fuente de Vicente Rojo a un costado de la Alameda, una joya. En la Alameda: los polis que ni Pedro Infante a caballo, ¡ajúa!
La mejor película: de los hermanos Coen, “No country for Old Men”. Las violentas fantasías de “There will be blood” y “Sweeney Todd” -contrastan con “El último Mohicano” y “Manos de Tijeras”, donde los mismos actores crearon personajes también de fábula pero con espíritus mucho menos siniestros: ¿será la guerra, que se lo va comiendo todo, hasta la iluminación en la imaginación de la cultura popular?-. También me espeluznó la “Eastern Promises”.
Me llevo en mis buenos recuerdos: la visita a Quito, Ecuador -para la que escribo sobre el Negrito Poeta mexicano, después de llevar años batallando por dar forma al tema-; el paso por las tierras de Mutis, Armenia, en Colombia, donde quedamos convocados unos bailarines -el pretexto es que todos éramos escritores, pero el hecho fue que nos reunió un hada madrina para ponernos a bailar una noche como pirinolas-; el homenaje a Gonzalo Rojas en Santiago de Chile, fue un privilegio estar ahí.
Las amigas: ceno con Marta Lamas y Ana Luisa Liguori una nochecita en La Condesa, hablamos con la complicidad de amigas de varias décadas; mi Jean Franco, que me ha regalado tantas conversaciones maravillosas; Lucía Melgar; mi comadre Martha Canfield, de paso por esta ciudad. Las generosidades de colegas solidarios, que en la punta de la ola no olvidan sino acogen, Juan Villoro, Jorge Volpi. De los dos lados del océano, Marcela Rodríguez y Carlos Pereda. Pablo Boullosa y Lupina, de los dos del Río Bravo, y en las buenas y en las malas.
Mis hijos.
Salió en Siruela “El velázquez de París”, novela breve que escribí de un golpe al terminar “La otra mano de Lepanto”, y con ella hago un viaje relámpago a Madrid, otro a México, donde Paola Tinoco y Colofón trabajan con devoción ejemplar para hacerla no naufragar; meses después, sale en Sexto Piso (me alegra y enorgullece: es la nueva generación de editores literarios) una reunión de cuentos, con ellos un viaje relámpago a Guadalajara -en un llano, México en una llanura-; me acompaña a la FIL María Aura, mi hija magnífica.
Cruzo el año con varios libros en mi cajón: el de poemas “Otoño en Brooklyn” más otro del mismo género, dos obras de teatro (o noteatro, “El regalo de Bloomberg”), el libro de ensayos “La falda de Minerva”. Tengo una novela a medio camino… Y en junio -ya no la llamo “del cajón”- aparecerá la que terminé en febrero del 06: “La virgen y el violín” -con Sofonisba Anguissola.
Estoy por aterrizar en el 08 con un ánimo desconcertado. Nunca me había ocurrido. No sé si es la naturaleza de estos tiempos, estoy enmedio de nubes, no camino, no aterrizo, no vuelo, divago entre azul y buenas noches, pero llegará el 08 y adiós estas olas que se llevaron lo que no debían, y que no trajeron lo que debiera haber llegado.

Corazón de hielo

El desnudo

Matisa Tomei en un atollón de tránsito

Lección de diferencias

El violín de Plutarco y Lydia

Lydia Cacho