Se acaba un año

Este año 2007 se despide marcado con una cicatriz: se robó prematuramente la vida de gente cercana, joven, sana.
Otros motivos para echarle leña: la vergüenza del fallo de la Suprema Corte en el caso Lydia Cacho; el tráfico verdaderamente abominable de la ciudad de México; los aviones de la ruta Nueva York-México cargados hasta el queque de trabajadores. En México, los decapitados, la violencia desatada en la rebatinga de las rutas de las drogas. Y, claro, la otra guerra que pinta para eterna -no en balde el documental magnífico lleva el nombre “No End in Sight”, de Charles Ferguson-. Tabasco bajo el agua.
Pero no todo fue mal -aunque prefiero que cierre ya este año, ¡que se vaya!-. De lo bueno, me llevo libros singulares (los poemas de Jorge Aulicino, una sorpresa y una absoluta delicia; el reto de “Rex”, la no-novela o sí-novela de José Manuel Prieto; las relecturas fueron muy sabrosas: José Donoso, los cuentos de Cortázar, otra vez mis poetas de siempre). Me clavé en Dante, por motivos que no vienen a cuento. Dante para arriba, Paraíso, sobre todo Infierno, más que el Purgatorio y que nada; el imaginario, el chisguete de visualidad continua, el desorden que encarna en imágenes desaforadas buscando un orden. Y divagando en la biblioteca, dí con unas cosillas aquí, otras allá, otra acuyá; encontré variopintez.
La exposición de Arte Colonial en San Ildefonso fue una delicia, sobre todo la primera parte, cuando las piezas son de verdad muy de varios mundos.
La de Frida Kahlo: feria y ceremonia masiva.
La fuente de Vicente Rojo a un costado de la Alameda, una joya. En la Alameda: los polis que ni Pedro Infante a caballo, ¡ajúa!
La mejor película: de los hermanos Coen, “No country for Old Men”. Las violentas fantasías de “There will be blood” y “Sweeney Todd” -contrastan con “El último Mohicano” y “Manos de Tijeras”, donde los mismos actores crearon personajes también de fábula pero con espíritus mucho menos siniestros: ¿será la guerra, que se lo va comiendo todo, hasta la iluminación en la imaginación de la cultura popular?-. También me espeluznó la “Eastern Promises”.
Me llevo en mis buenos recuerdos: la visita a Quito, Ecuador -para la que escribo sobre el Negrito Poeta mexicano, después de llevar años batallando por dar forma al tema-; el paso por las tierras de Mutis, Armenia, en Colombia, donde quedamos convocados unos bailarines -el pretexto es que todos éramos escritores, pero el hecho fue que nos reunió un hada madrina para ponernos a bailar una noche como pirinolas-; el homenaje a Gonzalo Rojas en Santiago de Chile, fue un privilegio estar ahí.
Las amigas: ceno con Marta Lamas y Ana Luisa Liguori una nochecita en La Condesa, hablamos con la complicidad de amigas de varias décadas; mi Jean Franco, que me ha regalado tantas conversaciones maravillosas; Lucía Melgar; mi comadre Martha Canfield, de paso por esta ciudad. Las generosidades de colegas solidarios, que en la punta de la ola no olvidan sino acogen, Juan Villoro, Jorge Volpi. De los dos lados del océano, Marcela Rodríguez y Carlos Pereda. Pablo Boullosa y Lupina, de los dos del Río Bravo, y en las buenas y en las malas.
Mis hijos.
Salió en Siruela “El velázquez de París”, novela breve que escribí de un golpe al terminar “La otra mano de Lepanto”, y con ella hago un viaje relámpago a Madrid, otro a México, donde Paola Tinoco y Colofón trabajan con devoción ejemplar para hacerla no naufragar; meses después, sale en Sexto Piso (me alegra y enorgullece: es la nueva generación de editores literarios) una reunión de cuentos, con ellos un viaje relámpago a Guadalajara -en un llano, México en una llanura-; me acompaña a la FIL María Aura, mi hija magnífica.
Cruzo el año con varios libros en mi cajón: el de poemas “Otoño en Brooklyn” más otro del mismo género, dos obras de teatro (o noteatro, “El regalo de Bloomberg”), el libro de ensayos “La falda de Minerva”. Tengo una novela a medio camino… Y en junio -ya no la llamo “del cajón”- aparecerá la que terminé en febrero del 06: “La virgen y el violín” -con Sofonisba Anguissola.
Estoy por aterrizar en el 08 con un ánimo desconcertado. Nunca me había ocurrido. No sé si es la naturaleza de estos tiempos, estoy enmedio de nubes, no camino, no aterrizo, no vuelo, divago entre azul y buenas noches, pero llegará el 08 y adiós estas olas que se llevaron lo que no debían, y que no trajeron lo que debiera haber llegado.

Corazón de hielo

Me parece suavísimo que se haga una pista de hielo pública -y albercas públicas, y educación gratuita de primera calidad para todos -la mejor inversión que puede hacer una ciudad o un país-, y hospitales y transporte colectivo eficaz que destrone el imperio absurdo de los millones de automóviles ganándole tiempo al tiempo y oxígeno al que nos resta. Circo, salud, educación: no soy de las que creen que es tirar la plata en balde. Se invierte, no se pierde. Volver a una ciudad áspera en una urbe grata, no puede herir la economía -la de horas ahorradas en atollones de tránsito se podrian revertir en producción de lo que a usted le dé la gana-; es para hacer ganar a todos.
Pero no puedo dejar de rechinar al ver el zócalo congelado, porque una cosa es una cosa, y otra cosa es otra: todo tiene un valor simbólico, lo quiera o no lo quiera el jefe de gobierno. ¿Qué ocurrencias? ¿En el centro de México colocar hielos del norte? No me pongo nacionalista necia, no es mi estilo, pero para qué vender cómo el divertimento máximo uno inaccesible si no es por la generosidad del estado (que se viste de vendepatrias) o por tener la chequera llena de dólares. México es un país lindísimo. Nada más envidiable que lo que tenemos. Volver al zócalo un espacio de exhibición de lo mejor jamás habido entre lo nuestro, me parece genial. ¡Pero pista de hielo! Sería genial en el Parque de los Venados, pero ahí: definitivamente no.

Desprecia la ciudad, facilita el desastre colectivo y cree que para que no se lo tomen tirios o troyanos, mejor lo entrega simbólicamente a la fantasía

El desnudo

El desnudo
(un fragmento de esta especie de cuento apareció en el suplemento cultural de la revista ESTE PAIS, aquí lo pongo a volar completo.)

Éste está desnudo, es real, lo pasó tal cual fue sin que yo le meta siquiera un poquito la cuchara. Es testimonio pelado. Lo pongo para que valga de muestra un botón, en este caso tres botones, que me digan de una vez por todas si les va.
El primero tiene que ver con los salones de belleza:
Cansada de envidiar pasivamente las cabelleras espectaculares y a veces esculturales de las negras en el subway, decidí ir a peinarme donde ellas. De pasadita les pediría que me lo despuntaran. Hice un estudio de campo. No podía proceder al aventón. Llevo el cabello hasta la cintura y le tengo cariño, por decir lo menos. Estudié detenidamente los salones afro que están cerca de casa, los haitianos, los jamaiquinos, los afroamericanos, los que se dicen africanos, los que ponen trenzas, alisan con plancha o sin ésta, doblan, extienden y cuanto hay. Los más son inspeccionables desde la calle, están en locales comerciales, tienen aparadores como si vendieran mercancías. Por el que me decidí era uno con hermosos espejos, muy elegante, con aparentemente más estatus que los otros. No sólo por la apariencia, las que atendían traían sus cabellos hermosísimos, barrocamente peinados pero sin llegar a la exageración ridícula, muy elegantes; todas eran altas, delgadas, como esculturas, desde la calle se veían elegantísimas. Por fin me armé de valor una tarde lluviosa y fría, saqué del clóset un postizo que no he usado nunca –una trenza que guardó desde el año del caldo, comprada en una barata en el Liverpool de Insurgentes-, un libro para leer, un paraguas, y dejé la casa con pasos rápidos, caminé picadita bajo la lluvia hacia el salón de belleza elegido. Entré. Dejé el paraguas a un costado de la puerta. Expliqué a la recepcionista lo que quería: despunte y peinado con trenza postiza. Yo traía el cabello atado en la nuca, bien apretadito. La recepcionista, peinada espectacularmente, me examinó con desprecio. Y cómo no, pensé adentro de mí, tan joven, tan preciosa, tiene todo el derecho de mirarme y pensar “ya llegó una garra”. Me solté el moño que anudaba el cabello, “lo tengo largo”, le dije. Me volvió a ver, ahora con un dejo de algo que no supe interpretar.
Revisó su libreta de apuntes. Volvió a ponerme los ojos encima, más intrigada que otra cosa. Era tan joven que dolía verla. Nunca me he sentido más pálida, más entrada en años, más bajita (no lo soy), más gorda (tampoco). Hasta aquí no perdí aplomo ni buen espíritu. “Sígame”, dijo, y la seguí, tornada en la enana bruja tras el hada gigante. Cruzamos el salón donde había sólo un par de peinantes en plena acción, íbamos arropadas por un reggae de primera, su equipo de sonido merecería párrafos laudatorios. Pasamos los biombos que dividen el área de peinado y arreglo, de la del shampuato. Para mi sorpresa, también pasamos de largo sin que me convidara a un asiento y comenzaran a masajearme la cabeza. Bajamos unas escaleras al fondo, invisibles desde la entrada. Llegamos al sótano, donde un segundo salón de belleza, considerablemente más ruinoso que todos los que había estado inspeccionando desde la calle, no era ni sombra del de arriba, el que acabábamos de pasar. Nada de reggae. Un grupo de varones ruidosos se apeñuscaba en la esquina, escupió al unísono un “What´s up!”.
Mi ariadna les explicó quién sabe qué con su marcado acento, no entendí su contestación. Del centro del grupo de inmensos varones vestidos con pantalones todavía mucho más ancho que ellos, emergió, como Venus de las aguas, un ángel, una rubia preciosa, bajita, delgadita, su cutis era sonrosadito. Mi ariadna me puso en sus manos con palabras rápidas totalmente ininteligibles para mí. La rubia le respondió y me dio la bienvenida, pronunciaba cada sílaba trabajosamente, con errores múltiples. Traía el cabello corto, corto, casi como de muchacho Amablemente me ayudó a quitarme el abrigo mientras la que fue mi ariadna subía las escaleras regresando al mundo feliz de la superficie. La rubia era muy jovencita, no llegaba a los 18 ni yendo a bailar a Chalma. Me llevó a un rincón oscuro donde creí escuchar pasitos de ratas, bueno, digamos que de ratones, bichos que se daban a la fuga, alejándose por nuestra llegada. Si no eran pasitos de animales, eran goteras o algo igualmente sospechoso. Me indicó dónde sentarme, quitando un periódico mugroso del asiento, me puso e los hombros una toalla no muy católica, más gris que rosa, y procedió a lavame el cabello. Hablaba sin parar en su muy mal inglés. Venía de Ucrania. Era la mayor de cinco hermanos de una familia campesina. Toda la vida había soñado con trabajar en un salón de belleza en Estados Unidos, y aquí estaba, la habían contratado de asistente, iba aprendiendo, “dígame si el agua está caliente”, sí que estaba calientísima, movió las llaves y me echó al coco un chorro helado que me escurrió por los ojos y el cuello. Me preguntó cosas de México, una más jalada de los pelos que la otra, y pido disculpas por la expresión, suena cursi de tan irle como anillo al dedo.
Pensé para mis adentros que ahí, en ese deprimente rincón del mundo, sólo me lavaría el cabello, apenas terminar me llevarían al piso superior a peinármelo. Que ésta era la asistente, y que una de las negras fabulosas sería la cortadora y peinadora. La desilusión llegó pronto porque al terminar esta fase de labor, la ucraniana me plantó en un asiento a dos pasos de donde estábamos, en el mismo astroso piso, frente a un espejo apoyado precariamente sobre un tablero de formaica abajo del cual se deslizaba un cajón desamparado y a medio abrir, se le veía lleno de tiliches. Me acomodó un trapo blancuzco alrededor del cuerpo, me lo anudó quién sabe cómo, y comenzó dividirme con las manos el cabello en guedejas con jalones de madrastra, procediendo de la metáfora al hecho.
-¡Ah!-, externó sobresaltada al verme la expresión. -¿Algo está mal?
-… los jalones.
Mi explicación pareció llenarla de satisfacción porque no cambió su táctica un ápice. Para este entonces el grupo varonil se había reacomodado. Habían arrastrado sus banquillos para contemplar a la rubia peinarme. ¿Qué le veían? Giró a decirles quién sabe qué y al verle la espalda en el espejo lo entendí: tenía un trasero espectacular, creí que era una delgadita como muchas, pero era una falsa magra, muy acinturada y con unas nalgas impresionantes, bien formadas y enormes, primorosas.
Uno de los mirones tomó un wokitoki y se puso a hablar en su jerga con la recepcionista, comprendí que era el dueño, imaginé que los que lo rodeaban eran sus socios, que manejaban a sus chicas desde este asqueroso submundo, que de verdad era sucio, en las paredes había huellas digitales y manchones, trozos de papel adheridos, anotaciones escritas, al piso no lo habían ni barrido en quién sabe cuánto.
Mi ucraniana soltó un instante mi cabello, metió las manos al cajón que atorado ni abría del todo ni cerraba completamente, y sacó de él un peine gordote y rojo, grande como una escardadora de avena, voy a confesar que limpio en honor a la verdad. Con sus manos campesinas comenzó a peinarme, decida y feroz. Los jalones anteriores parecían caricias comparados con éstos. Dije “auch”. Dijo “disculpe”. Se calmó. Los varones contemplaban la escena. Con singular torpeza me desenredó todo el cabello, ya sé que es una empresa difícil, pero en sus manos no sólo era esto, pasaba de tormento chino a ensalada rusa, mientras la bella descendía de ángel a demonio, de demonio a cucaracha, de cucaracha a mensa irredenta. Quién sabe cómo, terminó. Del mismo cajón semiabierto, sacó una secadora azul como la que tengo en casa. Enchufó la matraca ruidosa y vieja, y la apuntó hacia mi cabello. Alcé la voz para interrumpirla:
-¿Va a secármelo? Voy a cortármelo.
-Por eso, hay que secarlo para cortarlo.
-¿Por qué?
No prestó la menor atención a mi porqué. Insistí:
-¿Cortan el cabello seco?
-¿Cómo si no?
Aquí ya no abrí la boca aunque me pareciera un anatema cortarle a uno el cabello seco. El corto intercambio de palabras la había vuelto a angelizar. Otra vez vi lo bellísima que era. Entusiasta y alegre, metió otra vez la mano al cajoncito. Sacó un cepillo redondo. Comenzó a secarme el cabello jaloneándomelo con el cepillo convertido en sus manos en escaradora de avena o alguna maquinaria parecida. Ese pequeño gesto había bastado para desangelizármela una vez más. Perdió otra vez todo encanto, era una alimentadora de gallinas. La miré con enfado y desagrado, pensé “hoy tendrás un culo hermoso, pero que en cosa de diez años no entrarás por la escalera por la que yo acabo de bajar”, que era en efecto bastante estrecha. Los corpulentos varones, ¿por dónde bajarían? ¿Cabían por la portezuela que da a la escalera?
El secador sonaba como maquiladora de película chafa de denuncia social. La ucraniana librara una batalla épica memorable con mi pobre cabello. Pensé en la pobre trenza postiza traía yo guardada en la bolsa, estaba condenada a quedarse sin estrenar. En cuanto terminara de secarme el cabello, adiosito y aquí acabó la cosa, ya lo había decidido. Lo único que me interesaba era salir de ahí, era precisamente lo que menos les interesaba en el universo a la parvada de varones deleitados con el culo de la rubia. Pero su suerte fue tan mala como la mía. El wokitoki habló trayéndoles nuevas que no pude entender, el acento ininteligible de la chica de la puerta hablaba con alarma, se levantaron en bloque y salieron por piernas, escurriéndose hacia arriba por la escalera de caracol y saliendo tan presurosos por la portezuela que más parecieron vapor que corpulentos fortachones de los que pasan horas al día en el gimnasio y probablemente comen píldoras con váyase a saber qué para darles más volumen a sus músculos. Se evaporaron volando como angelitos.
Todo el sótano era para nosotras dos, la ucraniana vigorosa y quien esto escribe. Respiré hondo. Sería más fácil para mí decirle que no me cortaría el cabello, la rubia peloncita había perdido a su banda de admiradores. Mi alivio duró un segundo. La batalla épica de la ucraniana presentó su primer deceso: la parte trasera del secador azul pescó en mi coronilla un gordo mechón de mi largo cabello a unos 2 centímetros de su nacimiento. El olor a pelo quemado era tan intenso como el dolor del tirón.
-¡No se preocupe!- dijo la ucraniana. -Ahora lo arreglo- y se lanzó contra mi cabello como si fuera a jalar rábanos en tierra seca, con todas sus fuerzas.
Yo estaba estupefacta. Del secador sobresalía un nido revuelto de cabello hecho minúsculos nudos apretados, mitad quemado, seguido de un largo trecho de lacio cabello.
-¿Cómo va a arreglar eso? ¡Un momento!- dije bien alto.
Por la escalera descendió una de las peinadoras del piso de arriba. Vio de reojo la escena, se acercó. Desconectó el secador. La ucraniana se paró en seco mirando a quien le había arrebatado la corriente a su escardador. La venida del cielo observó con detenimiento la secadora y el cabello. Le dio dos o tres indicaciones a la ucraniana de las que yo no entendí ni pío, y sospecho que ella tampoco porque no le prestó ninguna atención y tiró de un jalón definitivo, arrancándome el secador del cabello, con todo y cabello, dejando en mi cabeza el nido hecho nudos. Blandió el secador azul con el tramo largo de cabello colgándole, era la segunda cola, más corta que el cable pero aparentemente tan ancha como éste. Lo acercó a su cara como para comprobar que de verdad había cabello saliéndole como una cola, y dijo con voz alegre:
-¡Cuánto!
Su exclamación triunfante me sacó de mis casillas. Me levanté de la silla convertida en una energúmena. Tiré del trapo con que me había cubierto la carnicera de cabellos, sin ningún esfuerzo; con las dos manos tomé mi cabello, aún empapado, y me lo até en un moño en la nuca, como había entrado al salón. El nido nudoso sobresalía en la coronilla. No abrí la boca. La ucraniana comenzó a disculparse, blandiendo el secador azul con su cola triunfal y su cordón umbilical arrancados. La peinadora del piso de arriba tenía una mano en la boca, no sé si tapándose la risa o por avergonzada sorpresa. La ucraniana decía, “ahora lo arreglo”, pero ¿qué iba a arreglar? Me había arrancado un tramo de cabellera, maldita apache de Ucrania. Caminé unos pasos a mi abrigo, lo saqué de la percha, me lo puse mientras iba subiendo las escaleras de caracol. Sentía la cara ardiendo de cólera. Pasé a grandes trancos el salón hacia la calle. Me detuve un instante frente a la recepcionista, le dije, señalando al “adorno” que traía en la coronilla:
-¿Ya vio lo que me hicieron? Me han quemado el cabello.
Y salí, enfurecida.
El aire estaba helado. Ya no llovía pero por mí daba lo mismo que tenía la cabeza empapada. Tres pasos y la cólera dio lugar a un llanto que de plano ni debiera mencionar, porque háganse de cuenta que se me había muerto un ser querido. Llegué a la casa todavía llorando a lágrima viva y moco tendido. Toqué el timbre mientras sacaba las llaves. Cuando oí la voz de Mike en el intercomunicador, dije llorando: “¡me quemaron el pelo!”. Recordé que para colmo había olvidado mi paraguas.
Abrí la puerta y ahí estaba mi marido que había corrido escaleras abajo como un bólido. Me abrazó, yo lloraba como una magdalena, preguntó, le expliqué lo que había pasado, dijo que no me preocupara, que todo tendría remedio, “¿cuál?, no hay”, yo decía, desconsolada, “¡me arruinaron el cabello!”. Con paciencia de santo me calmó, me dio un tecito, me hizo soltar el moño en que me había atado el cabello y del que sobresalía en la coronilla el nudo-muñón con la punta chamuscada, tomó un cepillo y platicándome ya ni me acuerdo de qué me peinó y desenredó y sacó de un solo golpe lo que me quedaba de lo que había sido trozado o pizcado por la campesina ucraniana -todo juntito, por cierto-, el resto del mechón que se trabara la cola del secador, treinta centímetros de no poco de cabello, alguien haría con él una trencilla postiza de cabello natural. Lo guardé en la cajita de un collar, todavía lo tengo ahí. Lo vi, creí verme con un hoyo en la cabellera desde la espalda, ¡tanto cabello perdido!, ¡tanto!
Ya más tranquila, me sequé el cabello en la secadora, parecía algo tan fácil, por qué la ucraniana se enredaba como ante una paradoja irresoluble, como si fuera una operación matemática complicada, no era nada del otro mundo, menear el cabello, soplar sobre él… terminé de secarlo y la verdad es que la tuza ni se notaba. Si ponía énfasis, sí, pero acomodando un poquito el cabello no se notaba la tropelía.
Me preocupé por la ucraniana, pensando que perdería el empleo y regresaría a cosechar cebollas u ordeñar cabras, cosas para las que parecía tener dotes y debido entrenamiento pero ninguna voluntad, y claro que me sentí culpable, es mi especialidad. De hecho, todavía me siento culpable por ella.
Medio me regresó el buen ánimo. Llegó a la casa Phil Lopate, era el punto de encuentro para zarpar rumbo al restorán de moda, el Waverly Inn que acababa de caer en manos del editor de Vanity Fair. Abrí una cerveza para él, me serví mi vaso de vino tinto, y le conté mi percance.
-¿Pero a quién se le ocurre?- me dijo.- Ninguna mujer sería aventurera con su cabello. Qué falta de sentido común. En eso hay que ser extremadamente tradicional, mínimo sentido común.
Tiene toda la razón.
Terminamos nuestra copa y caminamos los tres al subway, Cheryl no podía venir, íbamos a reunirnos con un amigo común que es medio pretenciosillo, dicho lo cual me ahorro el nombre. En dos paradas llegamos a la estación W4, y en tres cuadras estábamos en el antro donde quesque se reúne la flor y nata intelectual, literaria y de la farándula.

Aquí empieza el segundo botón de este desnudo. Tiene que ver con restoranes: el Waverly Inn estaba atestado. Lo primero que hicimos al llegar a la mesa fue comentar lo grato que es el lugar, un viejo restorán sin pretensiones, a la entrada un bar como los de antes, la gente de pie, la barra, un barman atentísimo que sabe aventar miradas como flechazos para ofrecer bebidas. Cenamos muy decentemente. Como nos medimos con el vino, la cuenta no fue nada del otro mundo. Nos habían sentado en el último rincón del jardín donde nos quedamos conversando largo. Al salir, en el salón interior había dos largas mesas donde se habían congregado todas las celebridades de la noche, acompañados de modelos espectaculares de países exóticos. Ahí estaba Christopher Hitchens, Graydon Carter, editor de Vanity Fair y dueño del restorán, Fran Lebowitz, Anne Wintour y caras conocidas de la tele. Estaban más bebidos que sobrios, las camisas desabrochadas, la mayoría de los varones era gordos como sapos, las chicas vestían atuendos muy cucolones, eran delgadísimas, jovencísimas. Parecía una escena de la Cuba de Batista. Había algo en ella que evocaba a la pérdida, éstos lo tenían todo pero parecían a punto de perderlo, adiós imperio. Puede que por esto, sólo verlos recordé mi mechón arrancado por la rubia que bien podría estar sentada con éstos, si un hada madrina le concediera el vestido y otra tres palmos de altura, suspiré por un salón de belleza de los de barrio que atienden amas de casa en la ciudad de México y por algún restorán de moda de allá, en especial uno, en San Ángel, existe hace muchos años, ahí vivió Zorrilla el romántico cuando estaba de visita, así de viejo es, el San Angel Inn. Elegante, no pretencioso, tradicional, amplio, con jardines -no un ridículo patiezuelo, como el que acabábamos de ocupar-; de moda perpetua. Elegí una escena del arsenal de memorias que tengo ahí, veo a Adolfo Aguilar Zinzer sentado a la mesa con Julia Preston, en otra uno que se dice poeta pero que en realidad es un mercader (o saqueador de las arcas del Estado), los puños blanquérrimos de la camisa nueva y cara; yo estoy en una mesa familiar (cierto que mi hija y el entonces su novio eran actores, y él muy famoso, los meseros y galopines ya le han pedido su autógrafo), ahí las modelos de fama internacional no se sientan en las piernas de nuestros intelectuales o novelistas, sino éstos sólo metafóricamente en las de los políticos, y no veo camisas desabrochadas sino que reina la desparpajada elegancia mexicana, rota aquí y allá por los puños blancos o equivalentes, pero son excepción, hay una discreción ejemplar en la elegancia, como la de Adolfo, que en paz descansa. Cuando yo era niña, cuando aún vivía mi mamá, íbamos con mi abuela Lupe a celebrarle ahí su cumpleaños. Vestía siempre de riguroso negro, como mi otra abuela, sus ropas apegadas con estricta fidelidad al luto de las viudas. Cuando ella era niña, venía a jugar a esta casa.
Envuelta en mis memorias, la reciente pérdida de mi mechón abierta como una herida (y empús), vi con horror que mis acompañantes saludaban a los del cuadro batistoide, y salí a la calle a esperarlo echando bocanadas de humo, un dragón. Sí, sí, ya lo sé: cualquiera al salir exhala bocanadas y no es dragón ni es humo, sólo el maldito frío que cuando pega, pega.

Aquí viene el tercer botón. No voy a describir en qué momento de la noche vino a cuenta porque ya he contado en otro lugar que en mi casa de Brooklyn hay fantasmas. Convivo con ellos como puedo, como dios me da a entender, las más de las veces sólo ignorándolos. Casi siempre se comportan sin que necesite pararles el alto, pero de vez en vez se alebrestan, hacen sus jugarretas, me pegan sustos. No les perdono haber estrellado contra el piso los tres platones de servir que vivían arriba de la vitrina, aunque les agradezco que no hayan cargado también con los vasos y las copas que hay en los estantes inferiores. No me cabe duda de que lo hicieron ellos, porque no hay otra explicación. Tampoco (ni les perdono, ni tengo duda de) que a veces dejen la puerta de la calle abierta, ni los recados tan sin sentido común, escritos en recortes de papel, luego doblados muchas veces y pegados con diúrex a las paredes del congelador. Ni otras cosas que ahora no es el momento propicio para contarles, como la grieta que crece y decrece en la pared curva de la escalera del segundo piso. La verdad es que en la vieja casa de tablones crujientes pasan cosas extraordinarias aunque ninguna merezca ser un titular de la sección “ciudad” del Times, ni sea como para helarle la sangre a nadie. Son fantasmas domésticos y domesticados, sus berrinches y humores nunca pasan a mayores.
Mis hijos viven en México, en Coyoacán, en un edificio de grandes ventanales, pisos de granito, paredes altas, construido en los cincuentas. Las frondas cargadas de hojas verdes se mecen a pocos pasos del quinto piso. La vista del otro lado es menos apacible y da mucha tela que cortar, espaldas de casas de formas irregulares, buganvilias de colores estridentes, jacarandaes, calles que parecen trazadas para que todas terminen por confluir en el mismo punto, ideadas desde el momento de su concepción para atrapar automóviles en atorones de tráfico, entonces carros con caballos, imagino la sucesión de duelos, quién pasa primero, el que trae dos caballos, el que trae tres, dos no caben en el cruce de ninguna manera, las calles están hechas para el encuentro y el conflicto, no son para llevarlo a uno a un lugar sino para hacernos topar con otros. Ahora claro que ayudan a los botellones de tránsito pero cada que las veo desde la ventana me regalan escenas idílicas: el vendedor de chicharrones en su carrito, el tilichero que vocea su demanda de cosas viejas, los niños jugando a la pelota.
Lo que veo desde la ventana de mi estudio en Brooklyn en la calle trazada considerando el tránsito vehicular es un perpetuo atollón de coches, si son horas hábiles. Si es de noche, nada, el pavimento brillante si hay llovido, blanco si ha nevado, gris piedra si no lo ha favorecido el cielo.
El edificio de Coyoacán no tiene elevador, la entrada es por la retaguardia, la fachada (o culeada porque no tiene aspecto de faz sino de retro) es color pistache, por esto no son altas las rentas. En él no hay fantasmas, definitivamente. No sé por qué razón, pero no es la mera lógica. Si es cierto que la casa de Brooklyn fue construída en el 1865, y que el edificio coyoacanense debe de ser de los cincuentas, pero sin lugar a dudas había algo mucho más antiguo en ese mismo trecho de terreno, algunos siglos que podrían ascender hasta treinta, ¿un sitio de sacrificios?, ¿un depósito de cadáveres de revoltosos durante la colonia?, ¿un escondite de bandidos en el XVIII?, éstas y más son posibles. Además, creo que algunos de los fantasmas de la calle Dean son sesenteros, y encima no todos son aborígenes o naturales, me parece que algunos vienen de lejos, específicamente me atrevo a jurar que hay un par que me traje de México, no sé si llegaron con mis triques o con mis memorias, venían pegados a mis talones como perros fieles. No se me enojen, espíritus, no quiero ofenderlos o parecer irrespetuosa. En realidad yo soy el perro fiel de sus personas, que me paso la vida intentado cazarlos, aunque finjo estar huyéndoles.
En la casa de Brooklyn, que tiene cuatro pisos más el sótano, vivimos sólo mi marido y yo. La verdad es que apenas cabemos con nuestros libros y pinturas y fotografías. Hemos tenido inquilinos, pero la construcción no es ideal para contener el ruido, las voces se cuelan por las rendijas, los ductos, la chimenea, las ranuras de los tablones, y son lo de menos: en una ocasión, los llantos y berrinches de la hija (por otra parte adorable) de unos que tuvimos, emitidos a las horas más inconvenientes, por un pelo nos vuelven locos. Y yo a mi vez casi consigo dejarlos sin casillas, le grito todo el tiempo a Mike porque está sordo. Me muero de la vergüenza cada que recuerdo a mis pobres víctimas de mis aullidos (como su hija, por otra parte adorables).
En el edificio de Coyoacán, en la Avenida América, a punto de llegar a Pensilvania, viven unas diez familias, los muros no dejan pasar ruidos o escándalos. Una escuela vecina es la música de fondo, especialmente a la hora de la clase de música. Un domingo, me tocó un festival: la niña que había pasado a cantar al escenario se echó a llorar. Su llanto se parecía mucho al de aquella nuestra miniinquilina de Brooklyn. El maestro de cermonias fue tan poco hábil para manejar la situación y alivianarle la ansiedad a la niña y a nosotros las víctimas del microfonazo, como los papás que acompañaban a la llorona de Dean Street. Pero alguien más intervino y el asunto no pasó a mayores. Debo confesar que cuando comenzó el llanto imaginé que iba a ser como una de las sesiones de la calle Dean, cosa de veinte minutos, un horror, se sienten como la eternidad.
Los caseros de mis hijos entran y salen de la cárcel. Sus crímenes no son de cuello blanco. Son de armas tomar. En el estacionamiento yacen varios cadáveres o detritus de automóviles robados. No siempre son los mismos. Llegan con ellos, los despojan, cuando ya no encuentran qué sacarles, los cascarones vacíos desaparecen. En el edificio vive gente de lo más variadas. Nuestro vecino (aquí con lo de la palabra nuestro abuso de la preciosa anfitrionía de mis hijos) es un respetabilísimo crítico literario, amigo mío desde uuuuh –mucho más serio que yo, no desconfíen de él porque lo nombre; pero, por no lastimar su honroso prestigio, omito su nombre-. En el piso de abajo, durante unos meses, vivieron una parvada de mugrosos franceses mochileros, perfumaban la escalera noche y día con marihuana. A veces a media noche se les oía celebrar lamentables fiestas.
En la escalera, tropiezo a veces con las “muchachas”, las mujeres que trabajan en el servicio doméstico, vestidas en impecable delantal, y a veces puños de niños reidores que suben y bajan la escalera como bólidos, y ya. Nunca coincido con los que pagan las rentas.

Y hasta aquí de botones y desnudos. ¿Qué cuál es el punto?, como me preguntan a menudo mis alumnos cuando estamos hablando de alguna novela. “¡El punto!”, ¡en mis tiempos se decía “El quid del asunto”! Concluyan ustedes mismos. Brooklyn es famoso por mafias y ladrones, México por sus fantasías e imaginaciones. Haz fama y échate a dormir. Pero la verdad es que eso del punto me tiene muy sin cuidado; no me interesan las narraciones, desnudas o vestidas, con un punto fijo; me gustan las líneas móviles; detesto los puntos fijos, ¿cómo pararse en ellos?
Está bien, pero ¿y el pelo? ¿Y la ucraniana? ¿Y la pérdida? En resumidas cuentas, ¿dónde quedó la bolita?
En una cajita, como el mechón. Y el que la encuentre, que la envíe de vuelta al autor.

Matisa Tomei en un atollón de tránsito

En el teatro: Marisa Tomei. Tenía que verla: la Salomé que hizo con Al Pacino fue una delicia deliciosa, y vale la repetición.
Ahora está en una montaje muy diferente: “Oh, The Humanity! -y otras exclamaciones-”, cinco obras corta de Will Eno, absurdas y prácticamente divertidas. Para bien y para mal, no tienen posibilidad alguna de ahondar en la sicología de los personajes -porque no son en todo rigor personajes, no hay como de dónde tirar para armar verdaderos y sólidos personajes. Pero esto no le duele a la Tomei, que aunque no haya tela de dónde cortar, corta de lo lindo. Su compañero de escena es Brian Hutchinson que tampoco canta malas rancheras, pero que -aunque tiene la intensidad- carece de la sutileza finísima de la Tomei-.
Lo mejor fue ver en el teatro algo que no está buscando “satisfacer” al respetable, ni hacerlo pasarla bien, ni obligarlo a pensar, sino teatro, simplemente teatro. Y el apego a un texto literario, encarnado por dos magníficos actores que no requieren de una “anécdota” o de una “sicología” para darle vida a un texto.
El manojo de obras de teatro se sienten, por una parte auténticas, por la otra un poco fechadas, muy como de los ochentas -y esto, aquí entre nos, me hizo francamente feliz, porque soy un dinosaurio de esa década.
Pero, debo precisar, lo mejor, mejor, mejor, fue sin duda Marisa Tomei. Tiene inteligencia y ductilidad y una simpleza que no es bobería. También un dejo de pasada de moda que verdaderamente encanta. Y una valentía delicadísima. Una gran actriz.
Las calles estaban como vacías. No pude resistir compararlas con las atascadas de la ciudad de México que acabo de padecer -y que sufren día a día 20 millones de compatriotas-. ¿Pero cómo puede ser -me pregunto-, que un gobierno socialista no esté pensando en la sociedad sino en dar prioridad a los automóviles? ¿Y la derrama de energía y el tiempo laboral tirado a la basura?… ¿Pero qué está pasando?
Si Marisa Tomei tuviera que tirar su tiempo creativo en desplazarse de un barrio al otro ocupando un par o un trío de sus horas preciadas diarias, ¿haría esto en escena? ¡Lo dudo!

Lección de diferencias

Me lleva de un ala del Doctor Wallace a una noche de celebraciones prenavideñas, y me toca una lección pero de ésas. Primero, en el Century Club, la gente se reúne muy fufú -o la gente muy fufú se reúne- a cantar navideñas.
Y yo me digo, frente a esa entonada multitud de protestante y judíos, armoniosos y en magnífico ánimo congregatorio: “¿y la piñata?”. Nosotros, abajo del Río Bravo, nos reunimos los días anteriores de la Navidad a cantar petición de asilo y aceptación irrestricta de los forasteros, y luego “¡dale, dale, dale!”, y, chúmpatelas, la piñata, recientemente adornada con todo tipo de primorosos recortes de papeles coloridos. Sobre los niños cae una lluvia de frutas frescas y, si tienen suerte, dulces, caramelos, hasta juguetitos de plástico o véte a saber qué sorpresita.
Aquí: cantos, armonías, espíritu meditativo, hospedaje irrestricto (para todos los miembros previamente aprobados por un riguroso comité, porque sólo se vale estar ahí si se han ganado innumerables méritos).
Luego jalamos para otra celebratoria, pero ya se me acabó la pila: el día, pesadísimo, y apenas acabo de aterrizar de México, donde Rodrigo Ambriz se convalece de un apendicitis diagnosticado tardíamente y sus complicaciones. Para acompañar a María mi hija acompañándolo, fui, y voy llegando, y antes de ponerme al día ya estoy aquí observando las cuantísimas diferencias.
Y ya me debiera haber ido a dormir, pero “seño, ¿no me da mi piñata?”.

El violín de Plutarco y Lydia

No había visto la peli “El violín”. Por suerte la pasaron hoy en Nueva York, antes de su estreno.
Y pensé que ese mismo Estado, impune, atrabiliario, hacedor de la guerra sucia continua, interminable, es el que hoy baila de cachetito con la Corte, para dar carta blanca a la red de pederastas y favorecer todo tipo de atropellos contra los ciudadanos -indefensos y no, por igual-.
La película, que puede parecer en otras latitudes como un artefacto del pasado, es actualísima: el violín de Lydia. Y el que el Estado de Derecho -noten las mayúsculas- arrebata a cada uno de los niños de México en este caso.

Lydia Cacho

La justicia mexicana no se venda los ojos para ser imparcial. Inclina la balanza amañanadamente en el caso Lydia Cacho para favorecer la red de pederastia.
Lamentable. Siniestro. Vergonzoso. E increíble.