Inclusión generosa

http://www.fce.com.mx/prensaImprimir.asp?art=12612

Vive la Beauvoir

1.El castor

Este 9 de enero se cumplen cien años del nacimiento de Simone de Beauvoir, una de las personas más influyentes del Siglo XX. Un enamorado la apodó el Castor. Los castores son los arquitectos –y albañiles- del mundo animal, después de los humanos son quienes alteran más el paisaje. Lo hacen echando mano de sus propios dientes, tumban árboles, construyen diques, generan arroyos, desvían corrientes de agua, hacen sus casas en estanques creados por ellos mismos para resguardarse del duro invierno y protegerse de sus enemigos. Su labor no es sólo en defensa propia: ayuda a muchas otras especies. Al contrario del ser humano, en su propio habitat no son depredadores sino constructivos. Son animales muy ruidosos, incluso bajo el agua alertan a sus compañeros cuando hay peligro. Así la filósofa existencialista y novelista Simone de Beauvoir, figura protagónica en la revolución más importante del Siglo XX (Octavio Paz dixit), la feminista. Filósofa francesa, cofundadora, con Sartre y Merleau-Ponty, de la legendaria revista Les Tempes Modernes, promotora de la legalización del aborto en Francia (firmante del Manifiesto 343 en 1971, que comenzaba diciendo: “un millón de mujeres abortan al año en Francia. Lo hacen en condiciones peligrosas porque están condenadas a la clandestinidad, siendo que esta operación, practicada bajo control médico, es de las más sencillas. Hoy reina el silencio sobre este millón de mujeres. Yo declaro que soy una de ellas. Yo declaro haber abortado”). También fue defensora de la eutanasia y de los derechos humanos de las mujeres en Argelia –torturadas por las fuerzas de ocupación francesas-.
El castor es monógamo. La de Beauvoir no lo fue, aunque el hombre que ella eligiera para ser su compañero de toda la vida, Jean Paul Sartre, considerara que sí. Lo cierto es que los dos respetaron un pacto. Mutuamente se profesaron un “amor necesario”, así ambos sostuvieran relaciones con “amores contingentes”. Sartre y la de Beauvoir no se casaron nunca, pero desde que se conocieron en 1929 en París cuando eran estudiantes, hasta la muerte de Sartre, en 1980, conformaron una pareja bajo las leyes que ellos mismos decidieron.

2. La cabeza

Los “amores contingentes” de Simone son a mis ojos tan interesantes como su “amor necesario” –y me parece que debieron serle también de alguna manera imprescindibles en su momento, como, por ejemplo, en la historia con Nelson Algren (1909-1981), a quien Hemingway consideraba, con Faulkner, uno de los dos mejores escritores norteamericanos. Nelson Algren es el autor de El hombre del brazo de oro, que Otto Preminger llevara al cine en 1955. Con él, la de Beauvoir sostuvo una relación amorosa durante años. (No fue el único: vivió de 1952 a 1957 con Claude Lanzmann, el director de Shoah).
Para ella, Algren era un “típico norteamericano” (“Primero me pareció divertido conocer en carne y hueso a un clásico de uno de los prototipos de norteamericanos: un “self-made” escritor de izquierdas, y empecé a interesarme en él”). Para él, la de Beauvoir debió ser una típica autora francesa (dice en entrevista con The Paris Review: los autores gringos escriben con las tripas, mientras que los franceses, o en general los europeos, lo hacen con la cabeza). Nuestro Castor fue visto como una Cabeza – acoto que el papá de nuestra escritora deseaba que naciese varón, y que cuando era niña la chuleaba con “tienes cabeza de varón”-.
Algren y la Beauvoir viajaron juntos por América Latina en 1949. La de Beauvoir lo retrata en su novela Los mandarines (1957, recibe el Premio Goncourt).
No fue la primera vez que ella escribía una novela basada en hechos derivados de sus “amores contingentes”, ni la primera que ésta era un éxito. En 1943 había publicado La invitada. El modelo para ésta fue Olga Kosakiewics –alumna y amante de Simone a los 17 años, modelo, actriz de teatro-. Ahí cuenta la historia de un triángulo –en la vida real, la hermana de Olga fue la querida de Sartre durante un largo tiempo (a su muerte él continuaba pasándole algo de dinero).
La Beauvoir también tuvo queveres con otra de sus alumnas, Blanca Lambin –prima del escritor Perec-, que también le sirvió de modelo para otro libro. El grupo de amigos se autonombraba “la petite famille” (aquí sí que la familia pequeña vive mejor) y continuaron siendo amigos toda la vida. Por esos días, la de Beauvoir tuvo amoríos con un alumno de Sartre que después se casaría con Olga, Jacques Laurent-Bost, que con el tiempo se convertiría en una figura clave del periodismo francés.
Las relaciones amorosas con sus alumnas le trajeron problemas a la Beauvoir, la mamá de una de sus queridas, Nathalie Sorokine, la acusó de corromper a una menor, y perdió su trabajo de maestra.

3. Madre espiritual

He contado todas estas anécdotas que tal vez nos acerquen a la llama vital de la Beauvoir, ávida revolucionaria, especialmente de nuestras costumbres privadas. Pero vale recordar que, más que un personaje, fue una escritora. El segundo sexo, publicado en 1949, le ganó el sobrenombre de “madre espiritual” del feminismo; analiza la desigualdad de los dos sexos, la división injusta de las labores domésticas, la débil participación de las mujeres en el trabajo y la política, los mandatos e imposiciones misóginos de nuestra sociedad, y afirma que, en un mundo donde hombres y mujeres gocen de los mismos derechos, será un mundo donde hombres y mujeres serán más libres.

4. Final y principio

La Beauvoir murió en 1986. No sé si hoy las jóvenes lean sus novelas, memorias y ensayos con la avidez que lo hicimos nosotras, pero irremediablemente está presente en ellas. Hace un par de días, en la ciudad de México, vi su espíritu en bicicleta. Era una tarde de tráfico decembrino horrorífico. De pronto, libre y feliz, una joven pasó pedaleando su bicla. Traía el cabello largo y suelto, y le tenía muy sin cuidado que le sobraran unos kilitos. Columpiaba del manubrio una bolsa de libros de la librería Rosario Castellanos. Vestía jeans y una camiseta negra, nada del rigor de fajas, tacones, etcéteras. Recordé a mi abuela: en sus tiempos, cuando era niña, las mujeres se sometían a incontables prohibiciones, incluso “saltar a la cuerda y correr tras la pelota”. Una tarde, en un patio trasero, no resistió la tentación, probó a brincar la cuerda, su papá fue advertido de su atrevimiento y “me puso una cueriza y me mandó a mi cuarto sin comer dos días”. Si hubiera nacido décadas después de la de Beauvoir, y no 7 años antes, otra hubiera sido su historia.

Mariví

Descanse en paz. Mi sincero pésame para su familia.
Una persona preciosa. Ella escribió su epitafio: “Por mí no quedó”. Hay que visitar su sitio, recordarla:
http://www.mariavictoriallamas.com/
Frente al terremoto:
http://www.youtube.com/watch?v=yFl16crMqy4
Y aquí:
http://www.youtube.com/watch?v=qdcc4KEpslc

Carmen Aristegui

¿Cómo que se va? No puede ser que se vaya de la W… Es valiente, lúcida, brillante. Sobra decir que honesta. Por suerte tiene opiniones, que no tienen que ser las mismas que tenemos todos, porque piensa con su propia cabeza -no con la de su jefe o su conveniencia-.
¿Cómo que se va?

Tony Malaby

Hay un lugarcito aquí cerca, llamado Barbes, donde tocan músicos memorables, un verdadero corazón “underground”. El último: Tony Malaby, el jazzista, acompañado de John Hollenbeck en las percusiones y el chelista Fred Lonberg-Holm. Fue un banquete.
Hay que recordar su nombre, él y sus músicos son virtuosos, valientes, deliciosos, locos, intensos, geniales y precisos.