John Turturro en Beckett

La puesta en escena de Andrei Belgrader es inteligente, ligera, llena de humor. John Turturro parece mandado a hacer para el papel, pero no le piden nada los otros actores, Alvin Epstein, Max Cassela y Elaine Strietch, en BAM.
Lucha de poder, juegos amorosos intrafamiliares. La he visto más de tres veces, pero sin duda este montaje gana la de oro.

Vestida de novia

No pude evitar recordar la noveleta de Onetti, “La novia robada”, aunque tal vez lo único que hay en común es el traje de novia. Pipa Bacca, artista italiana, muere estrangulada por un caballero cuando trazaba el performance que consistía en recorrer por tierra y vestida de novia de Milán a Jerusalén.
¿Que qué ocurrencias? Pues sí, y no. Se le ocurrió que, con una amiga, con la que no estaba en ese preciso tramo del trayecto, era una buena manera de trazar un mapa no virtual sino físico y posible. Su proyecto me parece totalmente lógico: el arte como una celebración del momento irrecuperable, único y posible. Pero la vida insiste en imitar al (mal) arte, y la expedición acabó como película corriente (o no) de Hollywood. Espeluznante, transmitiendo un mensaje espeluznante: todos somos deshechables, y todos podemos saberlo si pagamos nuestro boleto para presenciar la filmación.

Virginia Woolf bis Edith Wharton

Hermione Lee ha escribo biografías de las dos autoras. Hoy fui a una plática que dio, una conferencia, sobre cómo escribió la biografía de Edith Wharton. Su plática fue espléndida. Pero no me resolvió la duda, o la intriga, o el enigma con el que llegué: ¿por qué escribir biografías de dos seres tan absolutamente distintos, de dos personalidades literarias si diferentes? No basta contestar con “son dos mujeres de la misma era literaria” porque no aclara la tentación de acercárseles. Sus obras no tienen el mismo gusto literario.

Gonzalo Rojas en Revista Crítica

(Fragmento del ensayo aparecido en el número de abril de la Revista Crítica de Puebla)

En algunas escenas de la película Devil-Dolls (1936), la cómplice en la hechura de muñecas perfectas, Malita, mueve los ojos de izquierda a derecha y de derecha a izquierda a gran velocidad, conserva la cabeza fija mientras traza con las pupilas un ir y venir veloz, como un péndulo o en zigzag, palabras no precisas porque la línea de su camino es horizontal. (Rodrigo Rojas me explica que los términos apropiados son “nistagmo” —aunque éste puede ser también sobre un eje vertical—, o “movimientos sacádicos”.)
He visto este ir y venir en los ojos de los pasajeros del subway de Nueva York, cuando éste pasa de largo frente a una estación o se cruza con un tren en sentido opuesto. Es un movimiento involuntario. Los ojos siguen la luz, se mudan de la luz a la luz; tocan la oscuridad y corren a la luz. Cuando uno cae en la cuenta de estos ojos nistágmicos, cuando advierte este gesto extraordinario —así rutinario e involuntario—, se tiene la sensación de estar en medio de un ejército de poseídos o iluminados.
En el caso de Malita, la personaje de la Devil-Dolls, el movimiento es voluntario. Sus ojos no están en nistagmo constante. Es un acierto de la actriz (Rafaela Ottiano) o del director (Tod Browning), un gesto que le cuadra a Malita, cómplice en la fabricación de muñecas perfectas que son, en realidad, personas reducidas y sin voluntad propia. Es como si de pronto sus ojos siguieran el movimiento de esas figuras que contienen la luz de la vida y que, metidas en la oscuridad de su cambio de tamaño y aparente rigidez, dan cuenta de súbito de la luz de su milagro para, en un tris, regresar a la oscuridad de su prisión, otra vez inertes, rígidas muñecas.
Es la mirada que ve el instante; está ligada al tiempo, pero no tiranizada por éste porque camina en su propio riel. Se retira, se acerca a su objetivo, otra vez la luz.
En la poesía de Gonzalo Rojas he topado con estos ojos nistágmicos que responden con rapidez y agilidad únicas a la luz, ojos que bailan una danza horizontal, de la luz a la oscuridad, de la oscuridad a la luz, en una cabeza que conserva el eje, sobre un cuerpo que viaja. Son ojos perpetuamente móviles sobre una cabeza ensimismada, ojos que se menean huyendo de la oscuridad. Ojos del que ve el fenómeno (por decirle así) de la vida, y que la vacía —de cera ha de ser su tinta— sobre o en el poema.
Pero me dirá el Objetor: “cómo crees, Boullosa, estás mal; la poesía de Gonzalo Rojas no es visual sino esencialmente… esencialmente…” Antes de que yo lo rebata diciéndole “la mirada de los movimientos sacádicos es de cierta manera ciega, movida o guiada únicamente por la luz pero no por los objetos; no he dicho que sea una poesía visual”, la lengua del Objetor, buscando la palabra que pueda definir la poesía de Gonzalo Rojas, hace lo que los ojos de los pasajeros del subway, va y viene soltando horizontales: “táctil, memoriosa, sensual”. Me sumo a su ejercicio: echar mano de palabras para intentar definir o cazar esa naturaleza tan particular, tan única, de la poesía de Gonzalo Rojas, y me permito acotar nuestra enumeración (pero noten: cuando este diálogo entre el Objetor, y Boullosa ocurre, no hay citas, sino sólo ir y venir de palabras, con premura, como una sucesión de bautizos de pobre que le han dado poca plata al cura, con algo que desagrada —con razón— tanto a Gonzalo Rojas, la prisa; aquí sí me permito una u otra acotación):
Digo: terrestre.
El objetor: Erótica —“una cama que vuela por el mundo”.
Digo: poesía-cuerpo.
Dice: espiritual —“comes mujer para comer espíritu”.
Digo: desciframiento cifrándose.
Dice: busca hacer luz del misterio.
Digo: alegre.
Él: vital.
Seguimos con “trágico”, “diabólico”, “irónico”, “eléctrico”, “complejo”, “seductor”, “contradictorio”, “bivalente”, “mujer”, ante la que Objetor contradice: “¡qué va!, ¡es masculina!”.
Estoy dispuesta a rebatirle el “masculina” que me parece, por decir lo menos, burdo, pero sé que como soy mujer y de mi generación es más conveniente no enredarme en una batalla que pinta perdida. Tengo un estigma que me honra: nosotras no queríamos una habitación propia, sino un mundo que nos permitiera jugar con todas las piezas sobre el tablero completo, y aquí estamos, las mujeres. No me distraigo más porque Objetor y yo seguimos:
Yo: silencio
Él: joven.Tengo que repetir su última afirmación: “Joven, joven”. Porque la juventud y lo nuevo de la poesía de Gonzalo Rojas son. Desde La miseria del hombre, su poesía se siente contemporánea.

http://criticabuap.blogspot.com/2008/04/rojas-nistgmico.html

Las de atrás

Porque la semana ha sido vertiginosa, no he anotado sino los títulos de las pelis que había que ver antes de que las sacaran de la pantalla: “El manuscrito hallado en Zaragoza”, basado en la novela de Potoki, con música de Pendereki; la rusa “Alexandra” , y la austrica “Los falsificadores”: magníficas las tres y muy distintas.
Tienen en común que las tres son pelis muy literarias; el “Manuscrito…” para empezar porque está basada en una novela barroca y con varios fondos -aunque sea la menos literaria de las tres-, Llena de humor y erotismo, enfrenta al espectador con una España hipotética, preconcebida, salida de la leyenda negra (Inquisición, DonesJuanes, chicas sexys).
“Los falsificadores” y “Alexandra” quieren jugar con canicas nuevas. Y lo consiguen. El contraste entre la abuelita y el nieto soldado mercenario, en el caso de Alexandra, arroja una luz distinta al “problema” ruso. “Los falsificadores” presenta a los judíos enfrentados entre sí, luchando por su honor acorralados por el holocausto. Las dos películas proponen narrativas nuevas a problemas viejos.

Alexandra

… la película de Sokurov: no hay que perdérsela. La abuela visita al nieto adulto en el campamento militar. Otra vez Sokurov es un maestro, sus narraciones son impecables, la pureza de la imagen, el ritmo personal, su “estilo”, su fuerza.
La guerra y la relación familiar, la familia y el deber, las mujeres y los hombres, la dulzura y la crueldad puestos a convivir en un territorio estrecho hacen que los contrastes se maticen, los límites se diluyen y también se vuelven más claros.

Manuscrito encontrado en Zaragoza

Leí la novela cuando era una poeta joven, y, como hacíamos los autores de mi generación, la amé. Era una inevitable, un libro clásico vivo, en el mejor sentido de la palabra. Hoy vi la película. Dura tres horas y eso casi me convenció de evitarla, porque cada día el tiempo viene más sometido (cosa fatal, si se me permite), pero por suerte fui.
Uno de los mejores elogios posibles a una obra de arte es decir que uno se ha reído con ella. Y hoy me he reído como una descosida. La película es una delicia. Es, como la novela, un elogio al arte de contar historias, pero tiene algo distinto, un humor diferente, más contemporáneo, que la novela no.
En blanco y negro, pero llena de color y sazón en la manera de contar las historias.

Los falsificadores

La película de Ruzowitsky, “Los falsificadores”, es la historia de un equipo de falsificadores de monedas en los campos de concentración de los nazis presenta una historia compleja con una gran eficacia narrativa. Los actores son magníficos, Karl Markovicz mención aparte.

En The Nation

Apareció hace unas semanas (en inglés, traducción de Samantha Schnee):

http://www.thenation.com/doc/20080331/boullosa/

Paul Simon en Puerto Rico en Nueva York

Fuimos a ver THE CAPEMAN, Paul Simon en BAM. Fue algo fabuloso: el homenaje a la música puertorriqueña en Nueva York, el musical armado alrededor de un hecho real –el Capeman, un jovencito de una ganga que asesinó a sangre fría a dos chicos, su mamá, algo del entorno–.
La música es un banquete. Paul Simon toma libremente de muchas canciones que conocemos de memoria, con Derek Walcott les puso letra, y con ellas contó la historia del joven asesino más testimonia el extraordinario mestizaje musical de esta ciudad.
El desfile de músicos de primera, la orquesta de East Harlem, los jóvenes intérpretes… Y Paul Simon mismo… más cuando se pueda.

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