Don-Aire

Se apellida Donayre, Comandante General del ejército peruano. Lo grabaron diciendo barbaridades. El video se difunde por youtube. El escándalo explotó por sus comentarios contra los chilenos. Fui a youtube. Lo vi. Brinqué, no sólo por sus declaraciones guerreras y asesinas contra los chilenos sino por las que impreca en contra de las peruanas. “Tengan la confianza que nosotros no vamos a dejar pasar a nuestros vecinos del sur… y he dado la consiga acá, chileno que entra, no sale, y si sale será en el cajón… y si no hay los suficientes cajones saldrán en bolsa de plástico. Ustedes también las mujeres van a ser mujeres bomba. Ustedes los enamoran, y después…”. Risas. “Ustedes tienen ciertas…”. Lo interrumpen más risas.
A mí no me hace ninguna gracia el comentario, no me provoca la menor gana de reír. Las mujeres como carne de cañon, las mujeres como frente de guerra. Las mujeres… aquí chilenas y peruanas van igual, como carne de cañon, desechos prefijados…
Qué vergüenza.

Asesinato

Demandemos que se aclare el asesinato del compa Armando Rodríguez, el Choco.
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La parte por el todo

La sinécdoque es la figura retórica que toma la parte por el todo o el todo por la parte (según la Real Academia: 1. f. Ret. Tropo que consiste en extender, restringir o alterar de algún modo la significación de las palabras, para designar un todo con el nombre de una de sus partes, o viceversa; un género con el de una especie, o al contrario; una cosa con el de la materia de que está formada, etc.).
En “Sinécdoque, Nueva York”, dirigida y escrita por Charlie Kaufman (el autor del guión de “Being John Malkovich”, “Adaptation”, “Confessions of a Dangerous Mind”), un dramaturgo emprende el montaje de una obra de teatro que lo va a contener todo, incluyendo lo que ocurra el día de hoy. Su aventura (o despropósito) tiene de Borges, y el autor le pone una pizca de Cortázar y otras de realismo mágico. La peli está llena de humor y es de una velocidad narrativa única. La crítica se divide, algunos la aplauden, otros la detestan. Yo, sólo aplausos.

Doctor Atomic

Una ópera contemporánea impecablemente montada, “Doctor Atomic”, de John Adams, va a estar hoy en el Auditorio Nacional de México, proyectada en vivo desde la Metropolitan Opera de Nueva York. La vimos hace unos días con Juan Villoro y Margarita Heredia, cuando vino Juan a City College. El montaje, decía, es impecable. La música también. Mi objeción fue con el libreto en el primer acto. Me irritó que fuera la esposa del padre de la bomba atómica, Kitty Oppenheimer, fuera tan importante. ¿Por qué?, la creación de la bomba atómica casi parece por momentos más un lío de alcoba, el Proyecto Manhattan queda relegado… Y es absurdo. Durante todo el primer acto recordé la obra de teatro Oppenheimer, comparando con ésta el libreto con cierta irritación (un ejercicio la verdad no muy justo, porque la obra de teatro de Kipphard se concentra en otro pasaje de la vida de Oppenheimer: no la creación de la bomba atómica, sino su caída en desgracia durante la persecución macartista contra los comunistas). Pero en el segundo acto dejé de hacer comparaciones. La música es tan poderosa, el montaje tan espectacular, los cantantes tan de primera: la ópera está cargada. Si estuviera yo en México, corría ahora mismo a verla repicada en el Auditorio Nacional.

Otra, otra

Cuando supe que Obama aspiraba a la candidatura a la presidencia, pensé que no iría a ningún lado con este nombre. El trabajo de la administración bushista por demonizar al mundo árabe tenía de seguro una víctima más en su nombre. La raza me pareció (entonces) menos importante.
Durante su espléndida campaña, ya elegido como candidato, me impresionaba ver cómo el navegaba sobre rieles no raciales. No se trataba de obtener un voto negro, o para su negritud, sino un voto por un cambio ante los malos manejos y errores de la administración anterior. Simbólicamente respondía a un eco de su nombre (ser enemigo de bushismo), sin pagar su cuota extra por lo que acarreaba el nombre. Él no era un nombre, no era una cara: era el deseo de cambiar un rumbo.
Sin embargo (y me parece que para bien), al ganar la presidencia, el festejo fue masivamente por la raza: ¡el primer presidente negro de Estados Unidos! La causa de igualdad, nacida muy atrás, se hacía simbólicamente cierta en él, con él. Y encima, hay que subrayarlo: se llama Obama, el Hussein también puesto, por lo que tiene en el nombre la otredad. Su papá nació en el África, creció en Yakarta, Indonesia, y en Honolulú, en Hawaii. Le entró a la cocaína, la marihuana y el chupe cuando iba en secundaria y prepa, terminó sus estudios en Los Ángeles y Nueva York (como para darle la puntilla a su entrenamiento de multinacional), y hoy es el primer presidente negro.
Aunque durante su campaña habló cienmil veces del valor de ser “americano” –o estadounidense–, su trayectoria y perfil nos entregan el retrato de un postnacional, un ciudadano del mundo encima que de ningún otro sitio. No cabe duda de que comenzará por afocarse en las crisis de Estados Unidos –los gringos son los que pudieron votar por él–, pero confío en que entenderá que ya no hay tiempo, en esta tierra a orillas del colapso, de pensar en los términos de nación encima de los del planeta.

Volver a Harlem

Voy a Harlem por lo menos un día a la semana, a dar mi seminario de escritura en City College, pero pasa que voy de lunes a viernes. Fui el lunes pasado, el martes a primera hora tomé el avión (o los aviones) para llegar a Guanajuato al Coloquio Cervantino, y volveré este próximo lunes. Me perdí los festejos inmediatos al triunfo de Obama -y sufrí el aguafiestas del avionazo sobre la Fuente de Petróleos en México, que los mexicanos percibimos como no accidental-. No estuve cerca del teatro Odeón que veo siempre antes de tomar el subway de regreso, ni de la fiesta, sino del baño de agua fría de la violencia.
Pero no por esto no celebré la de Obama. Lo recontra-celebro, y pienso -a contrapelo de lo que dicen mis compatriotas- de que también nos conviene a nosotros su victoria, quiero decir: a todos nosotros, sin importar la nacionalidad. Este lunes caminaré por Harlem otra vez…