Viajar en los tiempos de las macetas

Había una vez otros tiempos. Entonces los viajeros tenían fama de valientes, eran verdaderos adelantados. No les iba bien en todo, muchos salían pelados de sus expediciones, pero lo de aventados no se los quitaba nadie. Con un pelín de suerte, hasta ganaban la Gloria.
Hoy, otra cosa. Los viajeros nos llamamos solamente pasajeros, y somos tratados como si fuéramos entes desechables. Desconfían hasta de nuestros zapatos. Nos humillan, nos maltratan y, con perdón de la palabra, nos pendejean a lo lindo.
Acabamos de hacer más de 24 horas de viaje para llegar a Brooklyn. El punto de partida era la colonia Nápoles de la ciudad de México, magnífica capirucha incomparable. Pasamos la noche en Detroit, la ciudad de los automóviles, en un cuarto más húmedo que tres lagos de la de México. Cuando pasamos por segunda vez por el escrutinio de los guardias -la primera sin suerte, el avión se fue antes que tuviéramos la suerte de alcanzarlo-, me informaron que yo había sido “seleccionada” para una inspección. Me lo dijeron en un tono casi festivo, como si me hubiera ganado un premio en la lotería. Me desplomé en la silla que señalaron, sintiéndome un perrito apaleado y no una erinia feroz, sólo porque acababa de salir del sueño, como un títere sin hilitos, desguanzada o desguanzada o las dos cosas, dispuesta a ver qué descubrían los expertos en mis zapatos, libretas, libros, computadora portátil, teléfono ídem, plumas y -esto me puso muy nerviosa- la media docena de copias de la revista Playboy que venían en mi bolsa de mano con mi nombre en la portada -que no mi trasero-. Mónica Maristaín, pensé en ti, creí que me acusarían de importar pornografía.
Pero no. Luego de inspeccionarme para arriba y para abajo un buen rato, cuando yo estaba a punto de despertar y montar en cólera por tanta observación detenida, me dejaron ir. Corrí por un café, así fuera estarbúcs. Me senté en la sala de espera más desierta que encontré, bajo un arbolito donde cagaban alegremente los pájaros. En mis pies correteaba un cachorrito chihuahueño, y en una pantalla superlativamente gigante hablaban de los estragos del huracán Dean, como se llama la calle donde vivo. Y no pude contenerlo: me sentí personaje de Carroll o Defoe, una fuera de toda proporción, habitando un mundo ridículo.

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