Lección de diferencias
Me lleva de un ala del Doctor Wallace a una noche de celebraciones prenavideñas, y me toca una lección pero de ésas. Primero, en el Century Club, la gente se reúne muy fufú -o la gente muy fufú se reúne- a cantar navideñas.
Y yo me digo, frente a esa entonada multitud de protestante y judíos, armoniosos y en magnífico ánimo congregatorio: “¿y la piñata?”. Nosotros, abajo del Río Bravo, nos reunimos los días anteriores de la Navidad a cantar petición de asilo y aceptación irrestricta de los forasteros, y luego “¡dale, dale, dale!”, y, chúmpatelas, la piñata, recientemente adornada con todo tipo de primorosos recortes de papeles coloridos. Sobre los niños cae una lluvia de frutas frescas y, si tienen suerte, dulces, caramelos, hasta juguetitos de plástico o véte a saber qué sorpresita.
Aquí: cantos, armonías, espíritu meditativo, hospedaje irrestricto (para todos los miembros previamente aprobados por un riguroso comité, porque sólo se vale estar ahí si se han ganado innumerables méritos).
Luego jalamos para otra celebratoria, pero ya se me acabó la pila: el día, pesadísimo, y apenas acabo de aterrizar de México, donde Rodrigo Ambriz se convalece de un apendicitis diagnosticado tardíamente y sus complicaciones. Para acompañar a María mi hija acompañándolo, fui, y voy llegando, y antes de ponerme al día ya estoy aquí observando las cuantísimas diferencias.
Y ya me debiera haber ido a dormir, pero “seño, ¿no me da mi piñata?”.