La flauta sin magia

El último montaje que ha hecho la Met-opera de La flauta mágica de Mozart ha tenido un éxito rotundo. Los boletos se agotaron semanas antes de cada función, la crítica coreó alabanzas. Julie Taymor -El Rey León, Frida-, a quien se lo debemos, decidió ponerla al alcance de más en una versión “para familias”, recortada en precio y largor, y retransmitirla simultáneamente en un cine vecino. Le fue tan bien que se decidió a proyectar la grabación un par de días más en varias salas. Apenas comenzó el año, quise comprar boletos. Veinte días antes ya no había lugar en el cine de la Calle 14, compré los boletos para la 42, en Times Square, no es mi rincón predilecto pero me picaba la curiosidad. Me acabo de enterar que la pasarán por tele.
Ha sido una decepción acojonante. Ya sabía yo que no iba a ser Ingman Bergman o Fellini adaptando una ópera, pero una cosa es una cosa y otra es pura charamusca. El problema básico no es que sea simplemente un testimonio del montaje en escena, con algunos close-ups (demasiados) y ya. Mi incomodidad es con el montaje, es una suma de puntadas visuales, algunas afortunadas, eficaces y hermosas (el traje de la Reina de la noche, el vestuario de Monóstatos), pero donde le falta al todo y a las partes inteligencia y coordinación, algo que lo ate y le dé sentido, la comprensión visual y activa de la obra.
A lo largo y ancho de la función suspiré por Fiona Alexander -¡ay, si la hubiera hecho Fiona!-. De Fiona me acuerdo a menudo. Fue una artista excepcional. La última vez que la vi en su taller-estudio en Francisco Sosa en Coyoacán, Fiona estaba sentada frente a su mesa de trabajo, custodiada por una máquina de coser. Tenía en los brazos a su bebé, de once o diez y ocho meses, tal vez un poco más. Fiona era grandísima, imposible calcularle la edad a ese bebé reidor, regordete y dulce que tenía en brazos, su hijo.
Fiona Alexander era una moneda de oro, un doblón de oro blanco en el escenario -y en la vida real: su bella persona tenía una finura extraordinaria-. Minostastás, que montó con el grupo de Jesusa, las Sombras Blancas, sobresale en mi memoria, pero todas sus intervenciones fueron entrañables. Uno iba a ver lo que tuviera su firma con la certeza de que no iba a errar.
Fiona murió en un accidente de carretera en 1982. El teatro tiene vida efímera, por esto pocos saben quién fue esta creadora excepcional, pocos recuerdan sus verdaderamente geniales vestuarios y escenografías, donde sobraba la capacidad de invención y la belleza, y jamás hacía falta inteligencia escénica, revelaba siempre la inteligencia de la obra a la que le estaba dando vida en el escenario.
Pero si pocos nos acordamos con veneración y cariño de ella, muchos en cambio conocen al bebé que ella tenía en los brazos. Se llama Diego Luna.
No lamento haber visto esta versión de La flauta mágica. Está en inglés, lo cual la verdad que me pareció algo perturbador, encima porque está llena de alusiones pop que le restan a la obra su borrosa calidad mítica. Algunas de las voces son prodigiosas -la Reina de la noche interpretada por Erika Miklósa es algo de oírse, lo mismo que Papagena, Jennifer Aylmer-. Y siempre es de exaltar que se pretenda dar lo elitista a la más amplia mayoría. Lo malo es dar gato por liebre o tres ositos saltarines en lugar de una flauta mágica. ¡Ay, si hubiera Fiona!

Leave a Comment

Please note: Comment moderation is enabled and may delay your comment. There is no need to resubmit your comment.