Veracruz en un parpadeo

Acabo de pasar por Veracruz a presentar novela en el festival de de Boca del Río. Me acordé de Juan Vicente Melo, ya estaba muy enfermo cuando hicimos un paseo -o una comida- en lancha desde El Conchal. En su honor, comimos siempre (fueron 3 comidas) frente al agua, cuando pudimos elegir lo hicimos con el mar enfrente. Nos hospedaron en un hotel clavado enmedio de la nada, enfrente de “la casita blanca” de Agustín Lara, hoy su museo. En el ratito que me quedó libre, visité de sorpresa a mi hermana Mercedes y a su familia (Miguel, Teté, Fer y Tamara, me perdí a Fabiola por desgracia), en Coatepec, a quien tenía literalmente años sin ver, y que nos recibieron como príncipes que son, nos arroparon y se volaron la barda. Aclaro que no me cabe la menor duda de que ellos no tienen nada que ver con lo que aquí sigue:
De vuelta al puerto tomamos el avión a la ciudad de México. Llegué con algo parecido a la venganza de Moctezuma a cuestas, aunque no puse un pie en Cempoala ni en territorios más propicios para pescarla, a lidiar con trámites burocráticos -de tintes vengativos, que ya contaré, y que habrían bastado para descomponerle a cualquiera intestinos, esófagos y otras tuberías-. ¿De Moctezuma? Va mejor decir que del músico Luis Sandi contra (el también músico, aunque le pese a Sandi) Agustín Lara y su éxito en la radio: “ha abierto a los cantadores y tocadores de casa de vecindad y fiestas quintopatieras y cantinas con su música arrabalera que es la única que le es asequible mentalmente al pueblo”. ¿La envidia de Sandi?, ¿la envidia de Moctezuma? A Moctezuma no le alcanzó el tiempo para la envidia. Y lo de Sandi tal vez fue sólo cosa de gusto. Y en todo caso, con que no sean amibas, conque no me haya dado tifoidea…

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