Robos y malentendidos de mala fe

Hace unas semanas, camino a Palermo, nos asaltaron en Roma. Se birlaron toda mi oficina portátil -que es decir TODA mi oficina viva, archivos aparte, porque los viajes en avión me regalan horas de concentración invaluables-, mi libreta, la computadora portátil, el teléfono ídem, la agenda y directorio, el pasaporte, la que llaman greencard aunque no sea verde, un disco dedogordo (o thumbdrive), el manuscrito de mi novela terminado y con correcciones manuscritas (tengo copia, no de las correcciones), y, dolor de los dolores, una pluma Cross que algún día en los ochentas intercambié con la que idéntica que yo traía con el precioso Bioy Casares, Adolfito para los suyos. Sobra decir que se llevaron mi cartera, el efectivo, la tarjeta de crédito y la del banco. Usaron las dos tarjetas para comprar a velocidad de rayo lo más caro que pudieron en el menor tiempo posible: zapatos.
Me partieron por el eje.
Los zapatos que compraron debieron ser preciosísimos, lo bien que me caerían, pero jamás compraría yo zapatos de ese precio, muy por arriba de mi presupuesto.
Regresé a Nueva York a reparar lo más que pude los entuertos, salí corriendo hacia México a presentar novela, y corriendísimo volví a Nueva York para comenzar mis dos cursos en el corazón de Harlem, en City College: uno de poesía latinoamericana de amor erótico, el segundo obras maestras de la literatura latinoamericana del siglo XX.
Estoy aún en lo de deshacer los entuertos del robo y entrar a la rutina de la vida real cuando se me acerca un alumno y me piden cuentas porque en un blog aparece que yo dije en una mesa redonda que “porque” se puede leer la novela de Rulfo como una obra misógina, y que “porque” alguien puede calificarla de novela sin estructura, se puede decir que es una obra maestra. ¿Que qué?
Lo busco, y ahí está: ¡Horror de los horrores! ¡Jamás dije eso! Claramente dije que tal vez algún lector le dé la gana de interpretar “Pedro Páramo” como una novela misógina –que será un error, el mundo retratado será misógino, pero no la novela, no y no-, pero que es una lectura minúscula de un clásico (escribí un textito en “Siete días” imaginando la conversación entre ese lector -ahí mujer- y un casual contertulio). También dije -perogrullé- que es una novela fragmentaria, a la que la consolida no una estructura “tradicional” o una fórmula, sino el magneto genial de Rulfo. “Pedro Páramo”… ¿quién puede no hincarse ante esa obra maestra?
Por supuesto que nunca sostuve esos “porqués”, de ninguna manera. Y ahora tengo que rendir cuentas, como tarjeta de crédito usada para comprar zapatos que no calzo, pagar por lo yo no he sido responsable.

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