Los pies de las momias

Hace unos días, visité el Museo de Historia de Monterrey, sede del tradicional encuentro de escritores. Los del gremio estábamos en franca minoría. La multitud, compuesta sobre todo por niños con sus maestras o sus mamás, se agolpaba para ver las momias de Guanajuato. Los extranjeros invitados al encuentro comentaban lo peculiar que es la relación de los mexicanos con la muerte, una poeta venezolana comentó que había escuchado a un guía explicar a los pequeños que la momia de manos entrelazadas había sido enterrada viva llenando su relación con lujo de detalles espeluznantes. Yo por mi parte pensaba que a otro perro con ese hueso, las momias pasean porque a alguien se le ocurrió que era buen negocio desempolvarlas, y si éste se pone buzo recorrerán el mundo, si no es que ya lo están recorriendo. Ojalá se le ocurra llevar también charamuscas, y que además de llevar panchosvillas, fridakahlos y adelitas también las vista de nuestras estrellas pop del momento, Salma y Julieta Venegas, Diego y Gael, un narco modelo, los decapitados que estos últimos se escabechan y un taxi con secuestrado adentro. Charamuscas de lujo.
Propongo incluso que instauren un Premio Charamusca al hombre o la mujer del año, y que la reproduzcan con fiel precisión, respetando el “estilo” momia, supracharamusca.
Pero yo estaba en el encuentro de escritores y ahora se hablaba de la frontera entre ficción y realidad. En una pausa de las mesas redondas, crucé la línea de árboles (de ficción) que cerca al espacio (real) donde acontecía el encuentro, y corrí al baño, intentando esquivar los grupos compactos de mamá e hijos, el maremagnum de miramomias que se apelmazaban entre las reproducciones de grandes piezas prehispánicas, los cañones de alguna revuelta patria y hasta un vagón de tren cargado de revolucionarios (el museo está precioso).
Frente a los grupos de mamá-hijos, corroboré lo que aprendí hace muchos años: sus estrategias son de envidiar para un comando bélico, se desplazan al ritmo que les viene en gana y no hay quien los separe o detenga, interceptando el ancho completo del camino en heroica fila india. Cuando llegué a mi destino, previo saltar el último cerco de un grupo (el niño sieteañero berrincheaba porque no quería entrar al baño de mujeres), no pude evitar seguir con la mirada alerta. Ya dispuesta a lo que me había llevado al baño vi que a mi derecha un par de pies vestía chanclas de plástico y que los de mi izquierda calzaban lo mismo. Los pies me chismeaban que mis dos vecinas eran más jóvenes que yo, que estaban bien subidas de peso, eran sin duda un par de mamás-bélicas. Mis pies contrastaban con ésos, enfundados en mallas negras y severos zapatos bajos, esmirriados y austeros que me compré en Berlín porque son lo mejor para caminar largo, excepto las chanclas, por supuesto, sólo que yo no sé usarlas. La verdad es que comparando sus pies con los míos me sentí ridícula y monjil, una charamusca chafa, una charamusca alemana y sin premio.

La prófuga y el poeta

Aparece en la página de los criminales más buscados del FBI. De frente, la mexicana Jacqueline Tara LeBaron tiene aire de simpática, vivaraz, seductora, inteligente y despierta, se diría que sabe romper corazones aunque no sea la más bonita. De perfil se ve menos reidora e inspira desconfianza.
Nació en 1965 en el municipio de Galeana, Chihuahua, en el seno de la comunidad religiosa que en 1924 fundó su abuelo, Alma Dayer LeBaron, disidente de la iglesia de los Santos de los Últimos Días. De este rompimiento nacieron la iglesia del Primogénito de Todos los Tiempos, la del Cordero de Dios y otras cuyos nombres desconozco. Cuando en 1951 murió el abuelo, su primogénito, tío de Jacqueline, tomó las riendas. Al empezar los años setenta, el papá de Jacqueline fundó su propia iglesia y al poco tiempo ordenó, con fortuna, el asesinato su hermano. Años después el papá de Jacqueline fue deportado de México acusado de haber asesinado al líder de otra iglesia rival en Utah y fue a dar con sus huesos en la cárcel, donde murió no sé si en santa paz. Estando preso escribió su versión de la Biblia. Le añadió un mandamiento: cualquiera que hubiera traicionado a su iglesia, debía morir asesinado. La chica LeBaron y algunos de sus 55 hermanos se lanzaron al mundo a cumplir con la voluntad del padre.
Un día de 1988, tres ex seguidores de LeBaron y una niña de ocho años de edad fueron asesinados de un tiro en la cabeza en dos diferentes lugares de Texas a la misma hora. Varios miembros de la familia LeBaron cayeron en manos de la justicia y purgaron su condena. Jacqueline viaja a Aguascalientes y da clases de inglés. Las fotos que menciono deben ser de principios de los ochenta.
Me intriga que haya escogido Aguascalientes para hacerse ojo de hormiga. Por lo que recuerdo, no parecía sencillo pasar ahí desapercibido. Cuando nuestros hijos eran bebés, acompañé a Alejandro Aura a visitar al poeta de la ciudad, Desiderio Macías Silva. Siempre estaba impecable, de saco y chaleco, la cadena del reloj colgando en U en el pecho. Era un gran conocedor de los clásicos, dominaba el latín y el griego, arameo y hebreo, y escribía sobre la relación del español con estas lenguas. También era cirujano, me cuenta Alejandro que se dice que operó a Efraín Huerta.
En nuestras visitas tocábamos a la puerta de su casa sin previo aviso, lo tomaba Alejandro del brazo y nos enfilábamos a un café mirando el kiosko del jardín central de la hermosa ciudad señorial y provinciana. Nadie parecía tener asomo de prisa. Los hombres charlaban largo mientras yo jugaba con mis bebés. Poco después llegó a Aguascalientes la chica LeBaron.
El poeta Desiderio Macías Silva murió en el 95. ¿Habrá visto alguna vez a Jacqueline? ¿Habrá intercambiado con ella algunas frases sobre el latín o el inglés? ¿Discutieron asuntos teológicos? ¿Hablaron de la voluntad del padre? Desiderio tenía con qué, pasó de jovencito su temporada en el Seminario. ¿Intercambiarían opiniones sobre la poligamia o el asesinato comisionado por razones teológicas? ¿Le habrá leído en voz alta su magnífico poema Anda la estrella baja?: “Anda la estrella baja, /y yo habré de traerla, /y ella arderá /del techo del jacal: /Esto pensó mi padre. /Pero ya en el jacal /dijo la estrella: /No seré tu farol, /sino tu cama. /Y éste es /el secreto /de mi nombre”.
El secreto de los de la LeBaron –Melanie Martin, Amanda Susan Emerson, Karen Howell, etc.- es menos interesante que el de Desiderio: es prófuga de la justicia.

La menstruación de DiCaprio

En la peli más reciente de Scorsese, The Departed, Leonardo DiCaprio y Matt Damon personifican a dos infiltrados. DiCaprio es un policía “honesto” entre la mafia, Matt Damon un mafioso corrupto colado entre los detectives de la elite de la policía. No es difícil adivinar quién vive mejor, gana más dinero, trabaja menos y viste más elegante: por supuesto que el segundo, el corrupto. Esto lo sabemos de sobra los mexicanos, pero como la peli es de Hollywood y ahí no se les da tanto el sentido común, queda dicho que cuando DiCaprio termine su trabajo va a recibir un montón de plata libre de impuestos.
DiCaprio, heroico y sacrificado (aunque pobre, ansioso y amolado), ordena en el bar de los mafiosos “jugo de arándano”.
-¿Por qué bebes eso? ¿Qué tienes la regla? -le pregunta uno de los pillos.
DiCaprio se avienta a molerlo a golpes, aparentemente iracundo porque lo han llamado “mujercita”, pero tal vez sólo para convencer a sus compas de que él no es un poli colado sino un auténtico criminal.
Otro mafioso, el brazo derecho del capo Castello (Jack Nicholson), Mr. French (Ray Winstone) se acerca a parar la gresca, calma a DiCaprio, y le pregunta para reponerle la bebida:
-¿Qué tomas?
-Jugo de arándano -le contesta esa especie de niñote perpetuo y carirredondo que es DiCaprio.
Mr. French espontáneamente le espeta:
-¿Qué tienes la regla?
¿De dónde sacan eso? ¿Qué tiene que ver el arándano con la menstruación? En mis tiempos el arándando sólo visitaba el menú familiar acompañando al pavo de navidad, y hecho jalea. ¿Es por el color de la bebida? Si así fuera, ¿por qué entonces, cuando Jack Nicholson (Costello) aparece con manos, brazos y camisa bañados en sangre fresca, nadie le pregunta “¿Qué tienes la regla?”?
¿O es que los “mujercitas” no toman bebidas fuertes -ron, whiskey, tequila- sino jugos de frutas?
La peli ha dejado claro que eso de menstruar es algo que pasa a las chicas; en la primera escena, Costello (Nicholson), pregunta a la hija del dueño de la fonda si ya le bajó.
Nadie podría atreverse a hacerle esta pregunta al loco de Jack Nicholson (Costello), porque es el Hombre Fuerte y porque a quién se le va a ocurrir empalmarle a él la broma, pero en cambio la pregunta vale para el bello carita de ángel (o de nalga), y el público la celebra.
Por cierto, la única personaja principal, Madolyna (Vera Farmiga), psicoanalista de polis y de criminales, nunca bebe jugo de arándano. Se enreda sentimentalmente con los dos infiltrados, y a punto de amores deja de bajarle, queda embarazada según ella dice de Damon, aunque puede a uno caberle la duda de que sea de DiCaprio, porque fue del lecho del uno al lecho del otro a lo largo de buena parte de la película.
Como fuera, Madolyna le da la noticia del embarazo a Damon y no a DiCaprio, que para estas alturas ya anda prófugo de la justicia. Le enseña la imagen del ultrasonido y en ella el Aparatus Masculinus del futuro vástago. Si es hijo de Damon, no tendrá la regla nunca, pero si es de DiCaprio y si se parece a su papá seguro beberá jugo de arándano.

Entre dientes y esculturas

Mi primer dentista era impecable. Tenía su consultorio en una vieja casona umbría y señorial de la Colonia Roma, el patio central al centro, la sala de espera entrando por el pasillo a la izquierda. Recuerdo que en dos de las esquinas había escupideras de latón, siempre limpias.
Las visitas al dentista eran indoloras y hasta casi diría yo gratas. A la salida nos regalaba pastas de dientes proporcionadas a nuestro tamaño. Mi mamá nos contaba el infierno sucesivo de sus dentistas cuando era niña, allá en Tabasco. Mi abuela era más escueta, hablaba de uno eficaz que arrancaba los dientes al menor problema remediándolo de raíz. En las noches cepillaba su “caja de dientes” -su dentadura- con tanta fuerza que yo no podía explicarme el origen de sus caries originales, ¿cómo podría una bacteria resistir el embate de sus cepillazos? Sus falsos dientes eran perfectos, mientras los limpiaba, hablaba entre dientes con la boca vacía, refunfuñando, quién sabe qué decía.
Nuestro dentista era simplemente intachable. Tenía manos de ángel. Empezó a cultivar con ellas una afición en sus ratos libres: tallaba esculturas de pequeño formato, piezas que iban a salas que deseaban parecerse a las de su casona. De pronto empezó a recibirnos a regañadientes. La afición terminó por arrebatárnoslo. Dejó de atender a sus pacientes al terminar los años sesenta para dedicar todas sus horas laborales a esculpir las piezas que vendía con bastante éxito en el Palacio de Hierro. Nunca vi ninguna, pero inevitablemente asocio la escultura de realismo-sentimental con el dolor de muelas. No que fueran hechas de dientes para afuera, pero… Alguna vez mi mamá me señaló una escultura parecida a las que él hacía, era de unos 20 centímetros de alto, representaba un zapatero sentado en un banquito claveteando una suela, los lentes a media nariz, su franela tendida en las rodillas. No tenía ni la inteligencia ni el nervio de un artista, era decorativa, artesanía de blancos, preciosamente fabricada. La verdad es que a mí me parecieron siempre simplemente horribles, mi gusto nunca les pudo hincar el diente. No era éste mi problema central, sino tener que ir a otro dentista. Las visitas regulares se volvieron irregulares. Dejaron de ser un placer: o me castañeteaban los dientes, o los traía yo entre dientes. Todavía me resulta un crujir de dientes.
El dentista de mis hijos y de su papá también es un gran aficionado a la escultura, no la de pequeño formato y facturada para acompañar lladrós y payasitos. No es un aficionado sino un profesional en toda forma, un promotor y no un tallador. Es un auténtico apóstol del género que ha compartido su amor por las obras de los grandes artistas mexicanos, Isaac Masri, promotor del arte público. Harina de otro costal, amante del arte, entendido y etcétera, nunca fue mi salvación porque tiene su consultorio en el piso Mil con vista panorámica, y yo detesto las alturas. A él le interesa la escultura con nervio. Los nervios adentro de los dientes son para que éstos crezcan sanos y éstos no se aprenden a hacer con maestría en la punta de los dedos sino con otro juego, muy riesgoso y también doloroso, el de la arena del Arte.

La flauta sin magia

El último montaje que ha hecho la Met-opera de La flauta mágica de Mozart ha tenido un éxito rotundo. Los boletos se agotaron semanas antes de cada función, la crítica coreó alabanzas. Julie Taymor -El Rey León, Frida-, a quien se lo debemos, decidió ponerla al alcance de más en una versión “para familias”, recortada en precio y largor, y retransmitirla simultáneamente en un cine vecino. Le fue tan bien que se decidió a proyectar la grabación un par de días más en varias salas. Apenas comenzó el año, quise comprar boletos. Veinte días antes ya no había lugar en el cine de la Calle 14, compré los boletos para la 42, en Times Square, no es mi rincón predilecto pero me picaba la curiosidad. Me acabo de enterar que la pasarán por tele.
Ha sido una decepción acojonante. Ya sabía yo que no iba a ser Ingman Bergman o Fellini adaptando una ópera, pero una cosa es una cosa y otra es pura charamusca. El problema básico no es que sea simplemente un testimonio del montaje en escena, con algunos close-ups (demasiados) y ya. Mi incomodidad es con el montaje, es una suma de puntadas visuales, algunas afortunadas, eficaces y hermosas (el traje de la Reina de la noche, el vestuario de Monóstatos), pero donde le falta al todo y a las partes inteligencia y coordinación, algo que lo ate y le dé sentido, la comprensión visual y activa de la obra.
A lo largo y ancho de la función suspiré por Fiona Alexander -¡ay, si la hubiera hecho Fiona!-. De Fiona me acuerdo a menudo. Fue una artista excepcional. La última vez que la vi en su taller-estudio en Francisco Sosa en Coyoacán, Fiona estaba sentada frente a su mesa de trabajo, custodiada por una máquina de coser. Tenía en los brazos a su bebé, de once o diez y ocho meses, tal vez un poco más. Fiona era grandísima, imposible calcularle la edad a ese bebé reidor, regordete y dulce que tenía en brazos, su hijo.
Fiona Alexander era una moneda de oro, un doblón de oro blanco en el escenario -y en la vida real: su bella persona tenía una finura extraordinaria-. Minostastás, que montó con el grupo de Jesusa, las Sombras Blancas, sobresale en mi memoria, pero todas sus intervenciones fueron entrañables. Uno iba a ver lo que tuviera su firma con la certeza de que no iba a errar.
Fiona murió en un accidente de carretera en 1982. El teatro tiene vida efímera, por esto pocos saben quién fue esta creadora excepcional, pocos recuerdan sus verdaderamente geniales vestuarios y escenografías, donde sobraba la capacidad de invención y la belleza, y jamás hacía falta inteligencia escénica, revelaba siempre la inteligencia de la obra a la que le estaba dando vida en el escenario.
Pero si pocos nos acordamos con veneración y cariño de ella, muchos en cambio conocen al bebé que ella tenía en los brazos. Se llama Diego Luna.
No lamento haber visto esta versión de La flauta mágica. Está en inglés, lo cual la verdad que me pareció algo perturbador, encima porque está llena de alusiones pop que le restan a la obra su borrosa calidad mítica. Algunas de las voces son prodigiosas -la Reina de la noche interpretada por Erika Miklósa es algo de oírse, lo mismo que Papagena, Jennifer Aylmer-. Y siempre es de exaltar que se pretenda dar lo elitista a la más amplia mayoría. Lo malo es dar gato por liebre o tres ositos saltarines en lugar de una flauta mágica. ¡Ay, si hubiera Fiona!