Santa Teresa visita el Beth Israel -cuento en la revista CRÍTICA-.

Santa Teresa visita el Beth Israel

Mi marido forma piedras en el riñón. Es en cuanto emprende muy constante y empecinado, esto no podría escapar a la regla. Desde que cumplió 20 hasta el día de hoy las hace con lenta paciencia, cada tres o cuatro años las arroja con espantosos dolores y ahí acaba ese ciclo, a empezar la siguiente camada de corpúsculos. Hace unos días traía cargando una que había alcanzado dimensiones estratosféricas, si así puede decírsele a un centímetro y medio, era imposible se deshiciera de ésta por vía natural. No era la primera vez que le practicarían el procedimiento que desmorona las formaciones calcáreas con ondas de sonido, pero en menos de doce horas estábamos en problemas. La piedra había quedado deshecha a punto de arena y ésta le tapó los conductos. El hombre quedó en un hilo continuo de dolor, un cólico nefrítico tras otro. La cura se había convertido en un castigo. Por mi parte, imposible dormir, mi sueño es ligero y difícil y la situación era más que un pretexto de insomne. Tomé mi ejemplar de Santa Teresa, que no sé por qué había sacado del librero hacía unos días con la intención de leerlo de pe a pa y no a brincos, encendí mi lámpara de noche y comencé a marcar con lápiz en los márgenes sus descripciones de enfermedades propias y ajenas, cayendo otra vez en el vicio de leerla salteado, preciso lo que esta vez dizque iba a evitar: “Dióme un mal del corazón tan grandísimo que ponía espanto en quien lo vía, y otros muchos males juntos … harto mala salud…. Y como era el mal tan grave que casi me privaba del sentido siempre”.
En lugar de leerla y de buscarle los pasajes que aludieran a las enfermedades propias o ajenas, debí invocarla y pedirle nos amparara, para algo es santa, ¿o no?, porque a la tres y media de la mañana corrimos a la sala de emergencias del hospital donde atiende su nefrólogo, el Beth Israel, porque el dolor era ya insoportable y sospechamos alguna complicación. No fue mala movida, ahí fue donde supimos lo de la arena y que estaban tapados todos los conductos; un rato más y váyase a saber qué le hubiera pasado al riñón y al señor que lo trae puesto. De inmediato hicieron pasar al paciente, tuvimos suerte. Me senté en la sala de espera, seguí mi lectura del Libro de la vida, “estaba una monja enferma de grandísima enfermedad y muy penosa, porque era una boca en el vientre… opilaciones…. Echaba lo que comía… moría presto de ello”. Me pareció que tardaban horas en llamarme y cuando por fin lo hicieron para permitirme entrar y darme informes, ya estaba yo muy en otro mundo, entre dormida y concentrada en la lectura, en un estado de semiconciencia o sobreconciencia que no me ayudaba en lo más mínimo a lidiar con las cosas de la vida real. Dejé el libro abierto en el asiento de al lado, tomé el abrigo, la bufanda, el gorro, los guantes; se me cayó la bufanda; pesqué quién sabe cómo el chamarrón de invierno de mi marido, su mochila azul y su bufanda; recogí la mía; se me fueron de las manos los guantes y la bufanda, se enredó mi abrigo con la de Mike, traté de separarlos, se me cayeron; pesqué prenda por prenda lo que estaba en el piso; como diosito me dio a entender, sujeté todo medio hecho bola, supe apretarlo compacto contra mí con mi izquierda, tomé mi bolsa, me la eché al hombro, levanté del asiento donde lo había dejado boca abajo el libro, y eché a andar llevándolo abierto en la mano derecha, bien de par en par en la página que iba. Fue así como hice ingresar conmigo a Teresa de Ávila a la sala de emergencias del Beth Israel. En cuanto la vi a mi lado, la dí como un hecho, qué iba yo a hacer si apenas podía con la carga de mis triques, no estaba como para andar peleando con apariciones, y menos sacratísimas.
Lo primero con lo que topamos fueron los letreros escrito en varias lenguas y alfabetos donde el hospital jura atención al enfermo, tenga o no seguro médico, tenga o no dinero. A Teresa el cirílico le llamó menos la atención que el inglés, el diseño usado para estampar la lengua mayoritaria es aparatoso. Apenas trasponer una segunda puerta, topamos con la primera de las muchas camas alineadas a todo lo ancho y largo del salón, algunas de las pocas que estaban ocupadas (era el 24 de diciembre, no quería decirlo para no invocar innecesarios sentimentalismos) tenían corrida a su alrededor su respectiva cortina. Teresa señaló la camita, le pareció en extremo delgada, apuntó a los dos barandales de tubo y al sinnúmero de tripas que iban del enfermo a la complicada maquinaria que estaba en la mesa rodante adjunta, los sensores para encéfalo y cardiogramas, el termómetro digital, la pantalla donde se movían líneas de diferentes colores, el largo tripié del que colgaban bolsas de líquidos, el suero, los antibióticos. Teresa no acertaba a preguntar qué es porque no encontraba palabras para formularlo, así que sólo comenzaba frases que dejaba incompletas y a las que en la ofuscación tampoco daba un principio. Hablaba, digamos, con pésima prosa.
A mí lo que me llamó la atención fue que el hombre tendido ahí, en la primera camita con que topábamos, fuera diminuto, arrugado y ojón, parecía que lo hubieran enchufado para extraerle masa, para drenarlo, para convertirlo en minúsculo.
Teresa no quería moverse, se había puesto en jarras, estaba como clavada al piso. Yo apenas podía conmigo misma bajo esa montaña de abrigos y bolsas y encima el libro en la mano derecha, pero puse un momento el libro entre los abrigos y mi pecho y deslicé mi brazo entre el torso y el brazo izquierdo de Teresa, apergollándola, regresé el libro a mi mano y más empujándola que guiándola, conseguí moverla, literalmente la remolqué frente a varias camas vacías antes de llegar a la de mi marido, también vestido con la camisa azul cielo que traían los otros pacientes del hospital, impresa con pequeñas florcitas amarillas y anudada malamente a la espalda. Si alguno se echaba a andar, enseñaría el culo, por suerte de Teresa (y mía) ninguno nos hacía el show.
Volviendo a mi marido, lo habían conectado a una bolsa transparente colgada de un alto tripié de donde goteaba morfina. A su lado, sin cortina divisoria corrida, un negro voluminoso parecía derramarse hacia sendos lados de su camita, remoloneaba para un lado y el otro y maldecía y bendecía usando alternativamente el inglés (para imprecar) y el español (para bendecir). Apenas ver al negro, Teresa gritó:
-¡Santos cielos! ¡Tráiganme agua bendita!
Intenté calmarla.
-¡Es el diablo que es negrillo! ¡Agua bendita! ¡Agua bendita!
Gritaba como una descosida y yo con mi montaña de abrigos y el libro y el marido a un paso y sin saber qué hacer. Armó tal alharaca que dos enfermeras corrieron hacia nosotras.
Las enfermeras de la sala de emergencias del Beth Israel son filipinas, se hablan entre ellas en tagalo y con el mundo se entienden en inglés. No es la primera vez que oigo este tipo de operación lingüística. Creo que la primera vez fue cuando niña, vivíamos en Huejutla, en Hidalgo, en México, y los días de mercado las Marías bajaban de la sierra a vender. Extendían sus productos en el piso, y cuando las güeritas (mi hermana Lolis y yo) se acercaban a comprarles algo, éramos motivo de comentarios burlones cruzados entre ellas en su lengua. Eso pasó hace un cuatro decenas de años, no recuerdo detalles, sólo la risa socarrona de una mujer que llevaba el rebozo vuelto un cordel compacto, como un moño-turbante para taparse el sol, también me acuerdo que tenía los dientes cafés y carcomidos, debía estar enferma, su voz era vivaz y festiva, la tengo grabada al detalle.
Las que he podido observar con mucho detenimiento y cuya memoria tengo bien fresca, son las despachadoras de la oficina de correos de mi barrio aquí en Brooklyn, siempre atestada y siempre exasperantemente lenta. Hay dos cajeras chinas que se hablan entre sí en su lengua mientras lidian en su inglés lleno de acento con los peticionarios de un buti de lenguas, los más árabes, francófonos o hispanohablantes, aunque en este barrio hay de todo. Por ejemplo una escena: un caribeño ya entrado en años, pedía insistentemente le dieran “guan crismás”. El “guan” lo comprendí: quería decir uno, “one”, estaba fácil y además el hombre hacía señas con la mano derecha o con la izquierda para que a nadie le cupiera duda. Sí, pues, uno, pero uno de qué, eso se me escapaba. Las chinas alegaban en su lengua, intercalando entre ellas comentarios mientras la que le despachaba le decía en su cargado inglés: “I down’t ondershtand iueu”, y seguían entre ellas con su alegato, diciéndose “qué carajos quiere este güey”, lo mismo que pensábamos muchos en la lenta fila, vuelta todavía más lenta por el malentendido lingüístico. Alguien adelante de mí, un árabe de barba espesa y bien rizada, ojotes negros, la cabeza cubierta con esas gorrillas tejidas que acostumbro encasquetarme en el otoño porque protegen magníficamente el cabello, vestido con su camisola gris larga de la que sobresalía el borde de su par de jeans que remataban en un par de espléndidos Nikes, dijo con voz alta y muy clara: “The man wants to buy a Christmass stamp”. ¡Ah!, quería un timbre navideño, antes lo comprendió el árabe que la mexicana. Me avergoncé de mi torpeza. Las chinas regresaron a su conversación privada, según el Traductor decían “¡Otro puertorriqueño que pide su nieve!”, “¡Dásela de limón!”, y se reían, primera -y única- vez que he visto reírse a las amarguetas. Se han ido poniendo más gorditas, cansadas, gruñonas y enojadas con la vida, y también más cercanas la una a la otra, aunque la administración las ha ido separando, colocándolas en ventanillas cada vez más lejanas, empezaron en la 1 y 2, ahora están en la 1 y la 5, se gritan de lado a lado del edificio. Ya no pueden acomodarlas más lejanas pero ni para qué intentarlo, la distancia no les hace mella.
En el Beth Israel, las filipinas enfermeras no tenían un ápice de amarguetas. Teresa de Ávila seguía suplicando “¡agua bendita!”, desgañitándose en franco rapto de iluminada. Más enfermeras -todas filipinas- se reunían a nuestro alrededor, alarmadas.
El negro encamado les tradujo la petición de Teresa, a estas alturas emitido a grito pelado. Las enfermeras alegaban entre sí, según el Traductor decían:
-Otra que viene por ración gratis de morfina.
-Es una fresca, ni siquiera fingió dolor, se lanzó directo a pedirla.
El negro pescó la palabra “morfina” de su plática, y les dijo muy dulzonamente:
-No, girls -las dos regordetas parecieron halagadas con su girls-, lo que pide es agua del baptisterio, agua de iglesia. ¿No le ven que tiene miedo? Tiene miedo, es todo. Miren, es su primera visita al hospital, les pasa a todos… -Cambió de lengua, al español, y se dirigió a Teresa:- Ahorita te traen tu agua bendita, mamita.
Llamó a una de las enfermeras con un gesto y le dijo muy quedo al oído:
-Tráigale un poquito de agua, yo le digo que es de iglesia, ande, no sea usted así, téngale compasión a la monja.
Deberían tenérsela. Todo es extraño para Teresa, no sólo la multitud de lenguas a lo Babel, el material del piso, las paredes, los teléfonos, las pantallas, los timbres de alarma que suenan continuo, las agujas metálicas perforando la piel y entrando a las venas, los tripiés cargados con bolsas de sangre, suero, medicamentos, las ropas de tirios y troyanos, los zapatos de las enfermeras (los de la más bajita tenían focos colorados en los talones), los relojes, un teléfono celular que repica y que algún pariente ha colado al área restringida, por no hablar de la cabeza rota que vimos pasar, un pobre infeliz se había caído del quinto piso confundiendo la terraza con el vacío. Cuando lo vi deslizándose hacia los rayos X, pensé que era un viejecito, pero cuando lo traían de vuelta, sereno bajo los efectos de los matapenas, sospeché que el distraído, güey o borrachales -dependiendo lo que lo hubiera llevado a perder el piso a tan peligrosa altura- tendría cuando mucho mi edad.
Pensé por un momento en que nuestra situación no era tan peor, o por lo menos mucho menos peor que enfrentar a Teresa de lleno con las calles del siglo veintiuno, qué tal que se hubiera apersonado en Bryant Park, a unos pasos de Times Square, rodeada de rascacielos, automóviles, multitudes, las bocas humeando gente del subway. En comparación, el Beth Israel es como un convento. Tranquila, pensé, tranquila, Teresiña, no sabes lo que te espera, mejor serénate y vete acostumbrando porque esto se va a poner de aúpa. Y yo le apretaba el brazo con el mío para infundirle alguna tranquilidad.
Las enfermeras alegaban en tagalo:
-¿Un ataque de ansiedad?
-Cuál, mírale la mirada.
-Calmadita, ¿no?
-Súperserena.
-Es morfina lo que pide.
-Ya dijo el loco que no.
-Yo digo que hagamos lo que él dice, le damos agua cualquiera…
-De ninguna manera -dijo la jefa-, aquí no engañamos a los pacientes.
-No es paciente, es visita.
-Es paciente.
-Es visita.
-Es paciente.
-Si sí, ¿quién la recibió?
-El negro no es loco, tiene piedras en el riñón.
-No, el de las piedras del riñón es el judío de al lado.
-Las piedras del riñón no le quitan lo loco.
-¿Cuál judío?
-El de la tele- en este pueblo hasta las enfermeras han visto el documental de Burns donde sale mi marido, sin duda en mucho mejor estado que el que lo tiene ahora postrado aunque también con camisa azul, pero no del mismo tono, la de ahora es cielo, la de la tele no va anudada atrás sino con botones, como dios manda.
-¿Es judío el barbón? ¿Con ese apellido?
El dicho, mi marido, muy bajo el efecto de la mentada morfina, no puso ninguna atención a este alboroto; todo le parecía bien, el dolor se evaporaba, los párpados parecían pesarle un número incontable de kilos. ¿Teresa de Ávila? ¿Tagalo? Para él de plano era como que ni ocurría la escena.
Las filipinas tomaron las dos manos de Teresa, seguramente con la intención de tranquilizarla y me la arrebataron del brazo con pericia de cirujanos, destrenzándonos sin que me dieran tiempo de reaccionar. La separaron unos centímetros de mí, lo suficiente para que yo pudiera verle la expresión de terror en su cara. Fue hasta este momento que salí del aturdimiendo, supe que debía ganarme otra vez su brazo. Di dos pasos al frente para dejar los abrigos al pie de la cama de mi marido, o mejor dicho sobre sus pies, y puse sobre ellos mi bolsa. Tardé demasiado en liberarme de mi bulto. Antes de que me diera tiempo de regresar por ella, Teresa, sintiéndose atrapada por las manos filipinas, dejó de gritar, empalideció y musitó:
-Esto será peor que mi estancia con la curandera en Beceda… ¡ay!… el tormento en las curas que me hicieron tan recias…
Lo único que me faltaba para tener las manos libres era deshacerme del libro que todavía cargaba abierto de par en par. Lo cerré precisamente cuando Teresa terminó de articular su frase, hecho lo cual, se desvaneció. La inminencia de la repetición del tratamiento de caballo de aquella curandera bastó para hacerle perder el sentido. Cuando digo desvaneció, quiero decir que se desmayó y que literalmente, conforme se iba desplomando, también se desbarataba a ojos vistas, literalmente se nos desdibujó, no de una manera brutal o abrupta, sino con una delicadeza digna de su persona. Así como había llegado a estar con nosotros en carne y hueso, se retiró. Se esfumó. Las enfermeras volvieron presurosas a atender a otros pacientes, el negro grandísimo tornó a maldecir y a bendecir alternativamente en sus dos idiomas, yo me apoyé sobre la pila de abrigos, bolsa y bufandas aplastándole los pies a mi marido -sin ninguna mala intención-, esperando apareciera el doctor y cuidándome muy bien de no volver a abrir el volumen de Teresa de Ávila, él, los ojos vidriosos por el efecto de la morfina, miraba no sé qué extrañas visiones.

Publicado en la Revista CRÍTICA, de Puebla.

Hacer del ojo

Comentario para el ensayo de Sergio Benvenuto, “Mujeres anatómicas”:

1. Hacer del uno
La escena se repite en el nuevo cine culto europeo -tanto como un detective en la novela negra-: una mujer orina. Esta escena no llega cargada, no es fetichismo sexual, no es la “lluvia dorada” que fascina a los erotógrafos, ni carnaval o comedia (como en el primer largometraje de Almodóvar de 1980-, donde una jovencita punk, por darle gusto a una mujer, se le orina en la cara-). Ahora las mujeres hacen pipí en el cine así nada más. Es una micción sin condimento.

2. Hacer del dos
Para Benvenuto, esta intrusión de la pantalla en un espacio hasta hace poco inédito de intimidad es una muestra más de la tendencia “posmoderna” a exponer lo previamente velado, lo cubierto por tradición. Da algunos ejemplos. Añado otros: en la serie Los sopranos, un púber problemático se caga en la regadera de un baño colectivo y, no contento con su provocación, pisa su propia popó. La cámara sigue esta segunda parte de su acto con fría complacencia.

3. Hacer del cero
Se es voyeur a fuerzas. Los pudorosos vamos al cine a sabiendas que tendremos que taparnos aquí y allá los ojos para evitar las imágenes demasiado explícitas. Pero no todo son estridencias: en el noticiero de la noche, enseñan a los espectadores una escena “inédita”: la fotografía más cercana (más “íntima”) jamás tomada a Júpiter. Un Júpiter pelón, visto de cerca, sin mito ni leyenda, sin carga imaginaria, y con muy poca información, a lo sumo una frase, “las tormentas dejaron…”. La pantalla nos ofrece una superficie desnuda, desvelada y sin interpretación.
¿El cuerpo de la mujer se ha convertido en otro Júpiter desnudo, un planeta cualquiera sin anillo ni leyenda, sin interpretación?
Conquistar, apoderarse de todos los rincones del universo, deglutirlos con la mirada. Eso hace nuestro ojo colectivo.

4. Hacer del uno
En el cine, dice Benvenutto, el excusado donde la mujer orina no es el trono de la reina, sino el banquillo de la cautiva. Su cautiverio es anatómico, está condenada a hacer pipí sentada. Por exponer su intimidad, la mujer pierde su poder. Ya no cautiva, ahora es la cautiva. La deglutida.

5. Hacer del cero
En Jindabyne de Ray Lawrence (2007) -el director de Lantana-, un grupo de amigos sale a pescar, dejando atrás la opresiva población de Jindabyne, levantada a la orilla de una presa que se ha comido al pueblo original. En un remoto rincón del paraíso donde no llega señal a sus teléfonos portátiles, Stewart (Gabriel Byrne) encuentra flotando en el río el cuerpo salvajemente maltratado de una víctima de un asesino serial (una hermosa joven que habíamos visto viva previamente). Mira con horror su hallazgo, grita a sus pares que vengan a ayudarlo a “ver” -y a sacar el cuerpo del agua-. Cuando sus ojos comparten el peso de la visión, ésta se torna menos apremiante. Para no alterar la escena del crimen, vuelven a colocar al cadáver en el río y boca abajo; para que no se lo lleve la corriente, lo atan de los tobillos con hilo de pescar, y se van a dormir.
Pasan el siguiente día pescando, ignorando la cercanía del cadáver flotando. Cuando llega la noche, encienden su fogata y cocinan sus presas. Stewart visita a solas a la asesinada. Gira boca arriba al cadáver para contemplar su belleza. La observa. Ve su más absoluta desnudez, sus cuerpo abierto, pelado en partes de su piel. La pantalla está electrizada por su fascinación. Se ha encendido otra hoguera. No sólo la tradicional relación entre erotismo y muerte, ni la violencia y las tensiones sociales. La muerta es la pescada, la deglutida.

6. Hacer del uno
El ensayo de Benvenutto es provocador, toca una fibra que anda suelta y echando chispas. El cine y la iconografía popular han elaborado una re-visión de la mujer que resulta incómoda: Afrodita ya había hecho el amor en “público”, había enseñado a diestra y siniestra sus partes íntimas, se había abierto de piernas; ahora Afrodita hace pipí frente a todos. No pinta así su raya, no marca su territorio. Se deja devorar.

7. Hacer del cero
Repetidas veces, en la pantalla Afrodita-Venus-la Mujer es golpeada, maltratada, violentada, asesinada. Ya pasó mucho tiempo de que no se la pudiera tocar ni con el pétalo de una rosa. Y Afrodita ya no es una verdadera Afrodita. Ya no es la diosa. La exposición la ha despojado de sus poderes. La mirada ha penetrado en todo. El resultado es que la ha des-afroditizado, la ha a desdivinizado. No es lo único, también la ha re-etiquetado, no como un ser diferente, tampoco como un igual. La re-visión exhaustiva la ha matado.
Estamos ante un cadáver inerte.

8. Hacer del ojo
Como siempre, el poema sale al rescate del sentido y del mundo. En Meditation on a Moth -Sobre una mariposa nocturna- Meghan O’Rourke (Brooklyn, 1976) describe con claridad la cuasi-fatiga del ojo: Pobre de mi ojo, /ha hecho tanto mirar -es traducción literal: tampoco en inglés se “hace” mirar; pero la conjugación del verbo es precisa: nuestro mirar en efecto “hace”-. La poeta se autoconmisera de su ojo que ha mirado tanto. Sigue la enumeración de lo que ha visto, y lo primero que nos da la poeta es el cielo y el dorado con rayas oscuras/ de las trompetas de los frescos del edificio Chrysler/ y los fumaderos de opio (…)/ donde lo cuerpos se mecen como flores blancas. Pero lo que ella nos dice que el ojo ha visto, no existe literalmente, está vestido, velado con su imaginación. No hay frescos en el edificio Chrysler con trompetas de oro. Ya no abundan los fumaderos de opio. Frente a esta mariposa nocturna, la poeta da prioridad a la imaginación, a la memoria y a la oscuridad: a las tres de la mañana hay una fantástica ausencia de color. El ojo ya vio lo suficiente. Ahora lo que hay que hacer es imaginar. Ésta es la proridad.

9. Hacer del día
Llega el día al poema de O’Rourke: Pero tienes que levantarte en la mañana. El ojo del poeta debe volver a ver: El brillo bruto de la nieve al sol.
Entonces, ante lo inevitable, no recomienda taparse los ojos -como la pudorosa frente a la pantalla del cine- sino echar mano de otro recurso de poeta: en lugar de la disección visual, el desnudamiento, o el auxilio del microscopio o el telescopio, la sorpresa: Mira otra vez, y alcanzarás / algo sorprendente a la distancia.

Bolaño en México -y en inglés-.

The Nation publica esta semana la nota que me pidieron sobre Bolaño:
thenation.com/doc/20070423/boullosa
Son mis recuerdos de lo que fue -para mí- ser joven poeta en México en los setentas.

El fantasma y el poeta

Esta es de fantasmas verdaderos. Ni soy una experta en el tema, ni tengo dotes especiales para percibirlos, ni nací con el sexto sentido que a muchos nos conmovió en la peli; los he visto dos veces, no son suficientes para llegar a conclusiones definitivas o para que me atreva a zarandearles el dedo dándomelas de sabia, pero de que estaban moviéndose y de que tenían color y ropas, no cabe duda. El color, de hecho, es el de sus ropas. El fantasma que vi en casa de los Pascoe, en Mixcoac, en los setentas, vestía tonos grises y pardos. Creo que era un ente femenino, pero esto lo digo más de oídas que por otra cosa, sólo vi el trozo de su “persona” cercano al piso, lo di por falda, una falda larga, pero bien pudo ser pantalón y yo lo convertí en falda por las historias que había oído decir de ella.

El segundo apenas lo vi hace un par de días aquí en la casa, en Brooklyn, en Dean Street. Pasó frente a mis narices, un poco a mi izquierda; vestía tonos más vivos, entre rojo y naranja, no sé si era hombre o mujer. Yo estaba de pie en la cocina, miraba hacia la estufa y el refrigerador, sentí como que venía del sótano y que al llegar al primer piso dudó si entrar a la cocina o si tomar el pasillo. Fue entonces cuando lo vi, en su titubeo, nada aparatoso o espectacular, sin resplandores o alharacas. Era sólo un trozo de su persona, un tramo flotante. No sé nada de la identidad de este fantasma. Pero de que es, es. Ya lo había sentido antes, pero es la primera vez que se me apersona y espero que sea la última, no tengo ningunas ganas de compartir mi cocina con un desconocido o desconocida, me da lo mismo su género, la intromisión es aquí lo que me molesta.

Los he sentido o percibido otras veces, pero la verdad es que no es algo sensorial o sensitivo, como diría Darío. Tampoco puedo decir que he hecho contacto porque sería mentir. Es como que van de un lado al otro, uno sabe que están pasando. Entonces cambia el sonido ambiente. Aquel que vi en México venía acompañado también de una ráfaga de frío. No el de la casa. ¿Lo habrán asesinado, como a la fantasma de los Pascoe? También es más silencioso. El pedazo que le vi era del torso, algo así como tres costillas.

En todo caso no hay de qué tenerles miedo, no son ningún peligro, están en lo suyo, dedicados a sus propias rutinas, les tenemos muy sin cuidado. No tienen un pelo de solemnes, no se aparecen con bombos y platillos, llegan y se van y dan miedo, no sé por qué.

Voy a hablar de uno que hay aquí rondando. De éste sí me sé el nombre. Se llama Jan Rodrigues. Me han dicho que es de color amarillo, que camina lentamente, que las más de las veces se le ve una parte del brazo izquierdo. No me ha tocado ni verlo ni “percibirlo”, así que no sé de él sino lo que me han contado y me remito a transcribirlo al costo.

Jan Rodrigues fue el primer forastero que permaneció un verano completo en lo que es hoy la ciudad de Nueva York, podríamos decir que es el primer manhattanita porque él fue quien exportó la palabra Manhattan de las lenguas nativas a las europeas y la usó para nombrar este lugar. Trabajaba para —o con— los comerciantes de pieles de los Países Bajos, lo dejaron aquí para recabar piezas de cacería. No hay testimonio escrito que nos informe si tenía acompañante, pero si hicieron las cosas como Dios manda debió quedarse con alguien más porque los bucaneros trabajaban en parejas, en grupos de dos, se protegían y se mimaban las espaldas. Si Jan tuvo compañero, no sabemos quién fue. Cazaba y mercaba, curaba las pieles y salaba la carne, lo había aprendido a hacer en su isla natal, que hoy llamamos Santo Domingo, allá abundaban las piezas de caza, las pocas vacas que importaron los primeros europeos se reprodujeron a lo bestia y además estaban las piezas vernáculas, los nada despreciables jabalíes y otros bichos. En esta área las condiciones eran menos benignas, pero Jan Rodrigues era muy aguantador, tenía don de gentes y hablaba varias lenguas, en un tris armó una red comercial con los naturales. Jan era un negro libre y no sé si se llamó así de nacimiento o si antes fue un Juan, si fue esclavo, si tuvo amo y un bautizo cristiano. Probablemente murió de muerte violenta, como los más de los que se quedan colgados con un pie aquí y el otro acullá. No voy a dar detalles sobre su vida, porque no se trata de ella este cuento y porque los desconozco.

Lo que aquí nos importa son dos de sus apariciones. En la primera, se le manifestó a Rubén Darío. Darío había hecho relativa amistad con un fotógrafo, Steinton, que se especializaba en capturar imágenes de fantasmas, una afición de la época. A mí me late que su habilidad era pura patraña porque entonces la fotografía no captaba el color y según experiencia propia —reconozco que muy limitada— lo único que se les ve a estos personajes es su halo de color, el color pelado de la materia, pero sea lo que sea Steinton era muy empecinado, organizaba sesiones espiritistas y a media luz tomaba fotografías de lo que él daba por cierto eran manifestaciones de seres del otro mundo. Darío fue a su estudio algunas veces, participó con entusiasmo, a pesar de su pésima salud, en sus sesiones espiritistas. Un día Steinton lo visita en donde se hospeda, la Casa Méndez en la Calle 14, y lo invita a acompañarlo a Governor’s Island. Quiere llevarlo a una mansión donde habita un fantasma que habla español. Darío acepta, sin considerar que el clima está fatal, hace un frío despiadado y ventoso.

Al día siguiente, poco antes de que caiga la noche, Steinton entra a la Casa Méndez acompañado por su médium predilecta (una regordeta, pálida y notoriamente fea, de edad indefinida), Esther, y pide anuncien su llegada a Darío. En un coche de dos caballos los espera el asistente de Steinton, un joven deslucido, muy ni-fu-ni-fa, con dos atributos: el bigote rojizo y largo, abundante y saludable, y el corazón enamorado de la médium (para el chico lo más hermoso jamás habido en la tierra son la cara enorme de la médium con la diminuta boca, la nariz larga y un poco torcida, los párpados hinchados, más el amplio pecho prácticamente sin tetas). Él ha sido el responsable de organizar y empacar todo el equipo necesario para la sesión fotográfico-espiritista (la cámara, el lente especial que capta fantasmas, la lámpara de luz oscura, las placas, las piezas de tela oscura para protegerlas en el momento de la exposición, el tripié) y de conseguir el coche y coordinar la embarcación en el muelle. El conductor tose y tose, el caballo rasca el suelo con la pata derecha, resopla, agita la cabeza. El asistente de Steinton espera papando moscas. El tiempo pasa mientras Rubén Darío se termina de acicalar a su calmo ritmo. Termina. Se ve ansiosamente al espejo. Se sienta en la cama. Abre el cajoncito de la mesa de noche. Saca su pipa de opio, previamente preparada, la ha pedido hoy mismo, otros han contado el trayecto de ésta, no es lo nuestro. Darío la enciende, la aspira, parece papar moscas como el asistente, aunque se ve mucho más profesional, es un verdadero maestro papamoscas; se recuesta boca arriba en la almohada olvida que tiene el cabello recién engominado, aspira una vez más. El mozo de la Casa Méndez toca a la puerta, le dice: “Don Rubén Darío, los que lo esperan me piden lo llame, dicen que deben irse ya”, toca otra vez a la puerta, y otra, por esta tercera el poeta responde un largo “Síiii”, sacude la cabeza como el caballo, se incorpora, tose como el conductor, deja la cama y su habitación y con el abrigo doblado en los brazos llega al minúsculo recibidor de la Casa Méndez que es también desayunador por las mañanas y bar por las noches. Steinton, ya impaciente, le ayuda a enfundarse el abrigo al tiempo que lo lleva casi a empujones hacia la calle.

Es enero y hace un frío de pavor, a nadie sensato se le ocurriría emprender sin necesidad apremiante el camino hacia Governor’s Island —tampoco apoyar la cabeza recién engominada en la almohada, motivo por el que Darío, vestido con escrupulosa elegancia, pero olvidado el sombrero, trae un mechón grotescamente levantado en la coronilla—. Llegan al muelle donde los espera una pequeña embarcación militar descubierta a algunos pasos del “Marine building”, no van en visita oficial sino casi de contrabando. Los esperan cuatro marinos, debidamente uniformados. Para Darío, a quien sacan del coche y desprenden del pecho de la médium casi con tirabuzón, son tan elegantes como guardias del Sultán otomano, la verdad es que sus atuendos no tienen nada espectacular. No hay tiempo que perder, van con retraso. El sol está a punto de ponerse. Con ayuda de los militares, el asistente acomoda los enseres del fotógrafo, celosamente auxilia a sentarse a la voluminosa espiritista, hecho lo cual tiene que abandonar la embarcación porque aunque los militares han tomado en cuenta que subirán tres pasajeros, nadie les advirtió que la médium ocupa doble espacio. Steinton acuerda con el desolado asistente que se reunirán en ese mismo punto en cosa de dos y media horas.

La embarcación viene provista con mantas para proteger a los pasajeros del frío. Apenas sentarse, los marinos los envuelven con las gordas piezas de lana. Cubren la cabeza de Darío con una manta delgada. Dejan el muelle. El frío viento corta ululando.

—¡Qué frío! —dice Darío debajo de las mantas.

—¡Y no has visto! —pensó para sí el cabo marinero, sabía español por ser su lengua materna. Aunque debo aceptar que no estoy muy convencida de que hubiera habido ahí un cabo. Como me contaron a mí la historia, venía, pero no como yo la veo, el agua picada, las casacas militares, las espadas al cinto, las botas lustrosas, splash-splash, el ruido de los remos golpeando el agua. Darío va de espaldas a la navegación y en cosa de minutos se siente un poco mareado, son las opiáceas, las que se consiguen en Nueva York tienen este efecto. El cielo del atardecer se enciende en colores durazno.

Llegaron en unos minutos a Governor’s Island que bastaron a Darío para pasar al otro lado, el color del cielo y el sonido de los remos y el agua se lo llevaron lejos. Atracaron en el muelle a espaldas de la casa del almirante. Durante el corto trecho del jardín y el rodeo hacia la entrada principal sufrieron el viento cortándoles los nudillos, espaldas y narices, en ese orden, y en los pies un frío de congelación porque el pasto era como de hielo. La temperatura era considerablemente más baja que en Manhattan, pensó Darío, aunque hay que considerar que con el pasón de opiáceas en que divagaba, sus percepciones no eran muy de fiar; pero a la que sí podemos creerle es a Esther, que era quien sentía más frío. No trae un abrigo apropiado, el que tiene de invierno es gris y deslucido, hoy se ha puesto uno negro muy terciopelo que le prestó una amiga. Sí, se ve muy elegante, pero le sirve de maldita la cosa y el sombrero —también un préstamo, incluyendo la pluma— no ayuda.

Tras las columnas imponentes de la fachada de la casa, apenas trasponer la puerta, un pequeño grupo de militares los espera en trajes de gala, llevan al pecho sus condecoraciones, cruces y medallas relumbrantes acompañadas de lazos de colores. Hay que recordar que Darío decía a cuatro voces que estaba en Nueva York en campaña por la paz del mundo. Pues bien, entre estos militares de alto rango no pensó en la paz ni de refilón y en cambio sí entrecerró varias veces los ojos para imaginar lances con esas espadas brillantes y para alucinar escenas heroicas. Parecían soldaditos de juguetería, mambrúes de lujo embigotados hechos para lucir en la vitrina, uno más hermoso que otro. ¿A quién se le iba a ocurrir pensar en la Paz mirándolos? ¡Guerra sin importar contra quién!, podría ser Luzbel, los turcos, los alemanes. En quien más pensaba Rubén Darío era en los comanches, el viaje de opiáceas lo ayudaba a ver plumas saltar y búfalos montados por hombres de inmensos penachos, carretas rodando en medio del polvo y hachas zumbonas cruzando el aire. Para entonces su cabello parece de plumón de pollo moreno, a la pluma alzada que se hizo con la almohada hay que sumar los estropicios de la manta enredada alrededor de su cabeza durante la navegación y la siestita que se echó en el enorme pecho acogedor de la fea Esther.

Bastan los breves minutos de las muy formales presentaciones para dejar a Rubén Darío exhausto. Y cómo no, por la mala salud, el frío de mierda y la caída en picada del efecto del opio. Las chimeneas de la casa están encendidas, las charolas con bebidas circulan. Una hermosa negra, y qué digo hermosa, hermosísima (aunque dudosa como el cabo marinero), sonriente le ofrece una bebida mirándolo a los ojos. Darío elige la copa más colmada (haya o no habido negra, de la champaña no tenemos duda) y se la bebe en tres tragos. De inmediato se la vuelven a llenar y el poeta se la empina.

Caminaron en grupo hacia uno de los grandes salones con ventanales hacia la costa, mientras el almirante fanfarroneaba sus conocimientos sobre el tema que hoy los ha reunido: que si los fantasmas mueren siempre por violencia; que si casi sin excepción son extranjeros, “y basta que lo sientan, uno de Boston en cementerio neoyorkino”; que si no pierden el olor ni su lengua, que si prefieren estar adentro de las casas y si en exteriores los jardines a los bosques naturales y los callejones a las avenidas; que si son sensibles al frío; que si necesitan ser percibidos; que si tienen temperamento, que si hay fantasmas enamorados o iracundos y bla bla. Nadie se atreve a confirmar o negar lo que afirma, es el de mayor rango militar entre los asistentes y además el anfitrión.

La noche comienza a reinar. En el salón hay una mesa redonda a la derecha, los sillones del lado izquierdo están alineados para que desde ellos se pueda ver tanto la mesa como el rincón donde confían que aparecerá el fantasma.

Alrededor de la mesa sientan a seis de los presentes, tres militares, la médium, la negra preciosa —debidamente desprovista de su charola, la colocan ahí pensando usarla de carnada, Jan es negro y el almirante estaba convencido que responderá a sus encantos (estaban mal informado, porque si anduvo con los bucaneros flamencos yo apostaría a que más le gustaría acercarse a cualquiera de los bellos uniformados)—, y Darío. El almirante y el resto se acomodan en los sillones. El almirante sigue con sus disertaciones, pero ha cambiado el tono por uno más tétrico, dice que él cree saber quién será en el futuro fantasma y quién no, que no conoce ninguno que haya sido muerto en la guerra, que si en el fondo hay en ellos un pelo de cobardes. Aquí alguno de sus colegas se atreve a opinar, “Pero, su Excelencia, yo creería que vivir cruzando la línea que separa la vida de la muerte no es para cobardes”. Y un tercero: “Disiento, no acceder a planos más espirituales es sólo para cobardes; los valientes se acercan a la Luz”. La médium saca de la bolsa seis tablillas triangulares, una para cada uno de los sentados a la mesa, con voz tipluda y frases anormalmente cortas que interrumpen la conversación de los militares da indicaciones de cómo deben de sujetarlas. Se disponen a invocar a Jan Rodrigues, se aparecerá en donde siempre, a la derecha de los ventanales, en el rincón, quieren atraerlo hacia la mesa. Antes de poner las manos sobre la tablilla, Darío vacía su copa; las champañeras en su estómago vacío, la caída de los efectos del opio y su frágil salud han hecho una combinación explosiva. Darío no tiene ninguna gana de poner las dos manos sobre la tablilla sino de pasarlas por las piernas a la, llamémosla mesera, la bella negra, la que no estoy muy segura que existiera pero que para Darío era ciertísima. Puso una mano en un muslo, la negra no dijo nada, puso la otra sobre el escote del vestido, para vergüenza de Steinton, que por haberlo importado a la isla se sentía responsable de su persona, para enfado mediano de los militares y extremo de la negra, quien a pesar de éste tuvo una magnífica idea, darle a beber algo más al poeta. Le ofrecieron una cuarta copa, la aceptó y ésta obró maravillas: atornilló a Darío a su silla y dejó sus manos laxas —palabra que no gustaría a Darío—, relajadas —palabra que tampoco—, pavorreadas —ésta sí— sobre la tablilla. Apenas terminar el poeta esta copa, las charolas pasaron a recoger todas las restantes, y las manos de todos quedaron libres. La médium pide a aquellos sentados en los sillones que se tomen de las manos, formando una cadena. Pide a todos repetir el nombre del invocado: “Jan, Jan, Jan, Jan”…

Según cuentan algunos, las velas se pagaron solas.

Esther pide a Darío recite “en voz alta y muy clara” alguno de sus poemas. Darío la obedece. Habla alto, con voz recia y dura, sus acompañantes de mesa menean dóciles sus tablillas. De pronto, opera el jalón del magnetismo, Darío deja un verso a medio decir, las tablillas caminan por voluntad propia, vibran, cambian de dirección y posiciones y no se detienen hasta que todas apuntan a un mismo punto del salón, la esquina a la derecha del último de los ventanales.

Aquí las versiones se contradicen. Unos alegan que Jan Rodrigues sostuvo un diálogo con Darío, del que bien a bien no pueden dar testimonio porque no entendieron ni pío, nadie sino ellos dos hablaba español porque el cabo (si es que había cabo) no entró al salón, sólo estaban los de alto rango. La negra (dudosa o no) dice que no hubo tal, sino que una ráfaga de origen desconocido sopló congelándoles los pies. El almirante está con Darío, dice que el fantasma se desplaza ligero, ligero, como si no pesara nada, “no es que caminara rápido, es que se diría que vuela, como un pájaro”. Afirma también que el trocito visible de su persona viste amarillo, tal vez un trozo de su manga, una manga algo suelta, manga de primavera, de tela burda, tejida a mano en telar de cintura.

Las versiones se contradicen pero todas confluyen al llegar a un punto: Darío salta de la mesa, golpeándola y moviendo las tablillas, tira la silla que ha dejado a sus espaldas y brinca, literalmente brinca, así no sea como un ligero cervatillo sino un hombre subido de peso, de piernas cortas y sin cuello, abotagado de tanto alcohol y excesos (por no hablar de sus tormentos privados que le dan una gravedad todavía mayor), brinca saltando sobre la mesa hacia el rincón donde el fantasma Jan se apareció y hacia donde se desplazó ante el abrupto movimiento de Darío quien al llegar ahí, enloquecido grita “¡Te comeré!”, abre las manos, extiende los brazos y los repliega, como llevándose algo a la cara, los dedos estirados, separados el uno del otro hasta llegar a la boca que sella con las palmas de sus dos manos. En medio de un silencio sepulcral, Darío cierra la boca. Deja caer los brazos y se desvanece.

De estos movimientos a primera vista absurdos, quedaron dos imágenes tomadas por el fotógrafo, pues con su salto Darío movió la cámara que tenía a sus espaldas, haciéndola afocar involuntariamente hacia el punto preciso de su destino e inmediata caída. En la primera, se ve un tramo de los brazos del poeta y atrás, sí, una pequeña luz que no sé si atribuir a imperfección en la plancha y que el fotógrafo llama “aparición”. En la segunda, el poeta ha girado hacia la cámara, tiene la boca sellada, los labios apretados el uno contra el otro, los ojos cerrados y una expresión como de éxtasis; en ésta no hay ya resplandores ni luces chispeantes.

Preciso: Lo que no le queda a nadie muy claro es cuáles fueron precisamente los movimientos de Darío antes de deglutir —porque lo hizo— al fantasma. La resaca de las opiacias, el frío descomunal, el apetito de los muslos de la mulata le habían abierto un apetito incontrolable. O no, simplemente fue en un arrebato de locura.

Si el fotógrafo hubiera sido capaz de ver el color con su lente, habría percibido que los brazos de Darío tocaron un trozo de amarillo, que de hecho lo cogieron y que el poeta se lo llevó a la boca, zampándoselo de un bocado.

Apenas cae Darío al piso, los criados encienden las velas y alguien envía a la negra a pedir que un propio salga a buscar auxilio médico. Ésta corrió —si es que existió—, se repicaron voces pidiendo auxilio, dos chicos salieron disparados hacia la casa del doctor (y coronel) Smith, lo encontraron sentado a medio cenar y, con la servilleta en la mano, masticando todavía un bocado, lo llevaron con ellos, sus criados le arrojaron una gruesa capa a los hombros al pasar por la puerta. Llegaron a casa del almirante en un santiamén —suficiente para que la medium recogiera las tablillas que delatarían su sesión espiritista—, el bocado todavía en la boca (un trozo de venado), la servilleta en la mano pero ya sin capa, porque alguien se la retiró al trasponer la puerta de la casa del almirante, y observó a Darío tendido al piso. El color de la piel no le dejó lugar a dudas: opio. Pidió lo levantaran y lo tendieran en un sofá. Ahí se le acercó y el dolor no le dejó lugar a dudas: alcohol. Alcohol y opio. Pasó el bocado, y ya con la boca libre dijo:

—¡Traigan café! ¡Bien cargado! ¡Con mucha azúcar! ¡Y caliente, muy caliente!

Adentro de sí, el coronel Smith maldijo: “¿para esto interrumpieron mi cena, dejaron enfriar mi comida, para venir a socorrer a un malviviente?”. Pero no da muestras de su enfado, sino que despierta a Rubén Darío con palmaditas en las mejillas y dándole a beber sorbos de café ardiendo, cargado y con cerros de azúcar —le explican mientras esto hace que es “el mayor poeta del mundo hispano”—. En cuanto nota que el poeta ha recobrado la conciencia, el almirante ofrece una copa al coronel Smith, la acepta encantado, aprovechará para conversar un rato con sus amigos.

Mientras tanto, en la casa del coronel Smith la cena sigue su curso. Sus tres hijas se sienten aliviadas de no tener al papá en la cabecera. ¡Hay tanto de qué hablar! El sábado van a ir a un baile y no han podido decidir qué vestido llevar. La señora Smith también se siente liberada, nada mejor que charlar entre mujeres. De los vestidos, pasan a los sombreros, de los sombreros, a las medias. De las medias, a los muchachos. De los muchachos, a sus papás. De los papás a las memorias, las hijas oyen embelesadas historias de otros tiempos, la abuela viajando a Cuba, los esclavos, las riquezas, el diamante aquel, el naufragio, el perro que tenía la bisabuela, la trenza de ésta que le llegaba al piso.

El olor del café hervido, azucarado y perfumado con la espesa saliva de Darío, le parece algo repugnante a Jan Rodrigues, reacciona corriendo carrera abajo por los tubos digestivos darianos y se orilla al llegar al intestino del poeta sintiéndose ahí acogido, aunque encogido, en un cuerpo completo, placenteramente, después de quién sabe cuánto maldito tiempo de vivir sólo en un pedacito. Por su parte, Darío se reanima como si le hubiera entrado una dosis extra de vida en las entrañas, la vitalidad le va de perlas, lleva años sacando a duras penas la cabeza de las aguas revueltas de su entorno, qué vida mediovida, qué vida a medias, cuánto medio vivir, qué de naufragar a diario.

Steinton recoge su tilichero ayudado por la otra vez muda médium; salen de la casa seguidos por Darío, suben al mismo barquete que los ha traído. El viento sopla más empecinado, las aguas corren con mayor ímpetu. Esther cree que ahí acabará todo, nadie mejor que ella sabe que no hay ni sombra de vida de aquel lado, que los únicos que sobreviven a la muerte son los que consiguen agarrarse de algún ganchito a este lado. Sabe de sobra que eso no le tocará a ella, almirante o no almirante —que en el fondo no sabe nada del asunto— para ella no hay sino lo que tiene, poco y de segunda. Suspira, deja de sentir el asomo de tormenta. El poeta ve las estrellas, goza el ulular del viento. El fotógrafo no sale del malestar que le ha dado la sesión. El poeta lo dejó una y otra vez en ridículo, no lo volverán a convidar jamás. ¡Y hoy no los invitaron a cenar! Esto último casi lo saca de sus casillas. Será de temperamento moderado, pero hay cosas que son el colmo.

En la casa del almirante los militares departen amistosamente. Nadie menciona la velada espiritista y el tinte aventurero que había cobrado, que poca gracia harían al coronel Smith. Éste pregunta solamente si el fotógrafo les había tomado alguna fotografía. El almirante le contestó: “no hubo tiempo” y pasaron a otra cosa. Puede que nadie se dé cuenta, pero todos lo sienten: en el majestuoso salón flota una ligereza festiva. Acaba de perder a su ocupante más longevo. Desde que la levantaron, hacía casi noventa años, Jan Rodrigues se había refugiado aquí. En el comedor todo está dispuesto para la cena. Añaden un lugar más para el doctor Smith. Nótese que no a Steinton, Esther ni a Darío. Cuando los de alto rango se sientan a comer, termina la navegación de estos tres acompañados de los mismos que los llevaron a Governor’s Island (cabo o no cabo incluido), llegan al muelle de su partida.

No hay ni asomo del asistente de Steinton, falta más de media hora para la cita acordada, deciden encaminarse al subway, la parada Whitehall South Ferry les queda a tiro de piedra. Rubén Darío carga con el tripié, Esther lleva la cámara y Steinton el resto de sus enseres. Habrían hecho una buena fotografía, vestidos tan elegantes, la gorda fenomenal tiritando y caminando con dificultad sobre el par de zapatos también prestados, el poeta pálido y provisto de dos coloradas y redondas chapas muy arriba de las mejillas. Batallan un poco en las escaleras y otra vez para subir al carro del tren. En lugar de bajar en la 14, Darío decide salir antes, en Christopher Street. Se siente la mar de bien. Dice adiós a Steinton y a Esther y se enfila hacia la puerta del departamento de una chica de no muy buenas costumbres, Perla, con la que se siente en ánimo de pasar un buen rato.

En esos momentos, Perla duerme una siesta. Sueña que se le aparece un fantasma, le suplica que se vuelva su chulo, está harta del tipo que le pone palizas de vez en vez dizque a cambio de protegerla. Despierta muerta de la risa, “¡un chulo fantasma, qué ocurrencias!”. Por un pelo la encuentra Darío en este magnífico humor, pero el efecto benéfico del café pasa y el poeta vuelve a sentir frío y cansancio, encima va el café camino abajo, se le contraen las tripas; con el encogimiento de sus tripas, el fantasma que el poeta se había comido se siente incómodo, apresado, y hace lo que puede por intentar salir, se remueve con la natural agitación de los fantasmas, provocándole a Darío retortijones. Ahí está Darío, ay, la casa de la bella está a tres pasos, ¿pero cómo va a subir a verla en ese estado? El dolor arrecia. Darío se apoya en la pared. No puede dar un paso más. Se dobla, se agacha. Pone sus dos brazos cruzados sobre el vientre presionándolos contra sí mismo para calmar el dolor. El fantasma, aprovechando el ángulo y el apretón, y orientándose con el frío, encuentra la salida vía el culo, se escapa como un pedo, una flatulencia del poeta.

Libre, el fantasma se siente un poco desconcertado. No está en Governor’s Island sino en Christopher Street, menudo lío, ya lo dijo el almirante, los fantasmas son afectos a la rutina, necesitan un entorno conocido, no les da por andarse mudando sino por la repetición. ¿Y qué hace al verse en Christopher Street? Algo de todo punto comprensible: se paraliza. Es lógico, el fantasma no reconoce el lugar, está fuera de base, se sabe perdido. Se pega a la pared y ahí se queda, como si no existiera, como si no hubiera existido nunca, como si no fuera nada.

Rubén Darío, en cambio, se siente por completo aliviado, aunque eso sí absolutamente agotado. Cuál Perla ni qué ocho cuartos, quiere acercarse a casa del doctor Méndez, toma otra vez el subway, llega a la calle 14, entra ignorando a los contertulios del pequeño bar, atestado a estas horas, pide la llave del cuarto, y sin siquiera usar el baño se tiende en la cama, de la que sólo se incorpora para beber de un hilo un vaso y medio de agua y enfundarse un par de calcetas gruesas porque siente los pies tan fríos como dos trozos de hielo. Se hace un ovillo y cae dormido sin saber que todos sus sueños están contaminados por el aliento de Jan Rodrigues, quien fuera su huésped durante tan breve estancia. Alguien ya ha escrito de estos sueños que a nosotros nos tienen sin cuidado. Exactamente tres horas después, el poeta despierta como si hubiera sonado una alarma. Pero no ha habido ni un pío, la calle está silenciosa, la casa es una tumba. Es noche cerrada. Insomnio. Le duelen las cuencas de los ojos, un dolor ardiente. Siente que cada que respira el aire frío le raspa los tubos respiratorios. Le arde la laringe. Los ojos, qué dolor. Los huesos. Y los dos pies tan fríos, de nada le sirven las calcetas de invierno que le hubiera gustado le tejiera Francisca. Las compró en la calle, un día que fuera a visitar a su amiga, la misma que ahora quisiera abrazar, aunque no abrazar, le duelen los ojos, tal vez sí penetrar, lo calmaría, pero no, cómo, con este dolor, el malestar, los huesos, los ojos, los pies, y el aire, tan frío. En lo que no piensa es en que necesita ir al baño, debió ir al baño antes de acostarse. El reloj camina. El poeta se revuelve en la cama, cambia de un costado al otro. Quiere volver a dormirse, pero cómo podría, con este dolor, el pecho ahora ardiendo. Tiene el ritmo de la respiración alterado y no puede serenarlo. Le duelen los ojos. Se angustia. No tiene dinero. No sabe qué está haciendo en Nueva York, y cómo están fríos sus pies, ¿qué hará Francisca? Pero no quiere ver más a Francisca, ya no es su acompañamé, qué va, en qué se ha convertido, ella, él, los dos, pobre mujer. Los ojos, le duelen, las órbitas de los ojos, hasta los ojos mismos. Los huesos. La almohada le incomoda. Vuelta para un lado, vuelta para el otro. Aquí se levanta, va al baño, gran acierto. Regresa a la cama y de pronto el poeta olvida todos sus malestares y cuando raya el cielo la primera luz del día vuelve a conciliar el sueño. Despertará bien entrado el medio día, ardiendo en fiebre. Es el comienzo de la neumonía que lo llevará al Hospital de Nueva York y a la atención de su última musa, la enfermera a quien regalará la libreta con sus últimos versos, antes de dejar la ciudad y enfilarse rumbo a Nicaragua, donde morirá per secula seculorum, porque no hay quien alegue que exista el fantasma de Darío. ¿Quién se atrevería? Con la rebatinga que hubo por su cerebro, los ires y venires y una caída directa al piso, no hay cómo imaginarlo.

***

En Christopher Street, Jan Rodrigues quedó achicado, pegado al muro, sin menearse. ¿Cuánto tiempo? Por más de tres décadas se quedó aturdido. En tiempo de fantasmas, poca cosa, pecata minuta, quitarle un pelo a un gato, ¡treinta años!, ¡bah! Tengo la fecha exacta de su resurrección, por así decirla, o de su despertar (que suena más afortunado aunque sea también impreciso), pero no tiene la menor importancia. Baste con saber el año, 1945.

Jan Rodrigues hubiera seguido como lo dejó Darío, digamos inmóvil, varado, alelado, si no fuera porque —esta primera parte de la historia se la debo a Elliot Weinberger— una madrugada otro de nuestros poetas, Octavio Paz, sale del departamento de su amada después de un pleito de antología, en Christopher Street. Son las tres y media de la madrugada, el poeta baja las escaleras fundido en cólera, desilusión, exasperación amorosa. Apenas trasponer la puerta de la casa, se apoya en el muro de ésta. El poeta apoya su mano derecha contra el entrecejo e intenta pensar, no diré calmarse, pensar: no se reconoce en esta historia, qué es esto, quién soy yo, cómo, por qué, no lo merecemos, París, todo tan distinto, diez años atrás en Nueva York, el paraíso. Había aceptado el puesto en el Consulado de Nueva York por estar cerca de ella y ahora los dos estaban tornados en pura furia, enfado, todo eran malentendidos, más que eso… Pero no puede pensar, ni menos tranquilizarse. Le zumban los oídos. Levanta uno de los dos pies del piso y con éste golpea repetidas veces la pared, descarga así su malestar algo violento. Esto levanta a Jan Rodrigues, el fantasma se mueve, da dos pasos —si son pasos lo que dan los fantasmas—, se desliza frente a las narices de Octavio Paz que se quita la mano de su entrecejo y ve, atrás del color amarillo en el que no pone la menor importancia, un taxi. Son las tres y media de la madrugada, no va a dejar pasar la oportunidad. Levanta la mano para llamarlo, da un paso al frente, abre la boca, aspira para poder gritar “¡Taxi!”, ¡y hace lo de Darío, sólo que sin darse cuenta! Se ha echado en la boca a Jan Rodrigues. Cierra la boca, sube al taxi, el taxista le pregunta algo que Octavio no escucha pero que quería decir ¿Dónde?

¿A dónde, a dónde ir, para qué a su casa en el Upper West Side? ¿Pero dónde más? Abre la boca para decir pero no acierta a hablar, la cólera, el efecto Jan Rodrigues en la lengua —un leve entumecimiento— y en esa pausa Jan sale de su boca, cae de bruces (si son bruces) en el asiento del coche, Paz dice su dirección, calle y entre qué esquina. El taxi emprende el camino. Jan, después de tanto siglo inmóvil, derrama toda su energía, un remolino se desata adentro del automóvil, el poeta cree que es la cola de la furia, si eso es furia, el taxista no sabe qué es pero sabe que algo es y, aunque esté fría la noche, abre la ventana, el fantasma de Jan Rodrigues sin proponérselo sale por la rendija abierta expulsado por el remolino que él mismo ha creado, se desliza por fuera del vidrio de la ventana, resbala por la carrocería y aquí hay tres diferentes versiones. La primera dice que fue el magnetismo connatural a los fantasmas, y que atrajo un clavo que fue a clavarse directo sobre la llanta delantera izquierda. La segunda versión dice que Jan Rodrigues mismo continuó resbalándose, saltó a la llanta, se pegó a su válvula y le sorbió aire. La tercer versión dice que Jan Rodrigues no tuvo nada que ver, que la llanta rodó sobre una botella rota pinchándose con el vidrio y desinflándose de inmediato. Yo voto por la tercera, porque vidrio sí había. La segunda versión es una mera mafufada. La primera es mediocre, puro sentido común, y como todos sabemos el sentido común no lleva a ningún lado (o sí, pero no a alguno que nos interese).

Volvamos al interior del taxi. Alentados por el aire fresco que ha entrado por la ventana y por el alivio de la atmósfera, el taxista pisa el acelerador y el poeta comienza a escribir en su cabeza. Sus versos siguen una “música” que lo envuelve. Sus palabras vienen de su interior y al mismo tiempo se armonizan con el ambiente, cosa de poetas. El neumático pinchado o desinflado aporta una cadencia al ritmo. “Un sauce de cristal, un chopo de agua/ un alto surtidor que el viento arquea —las palabras siguen el ritmo del sonido del aire contra las ventanas veloces, y el neumático desinflado—, un árbol bien plantado mas danzante —aquí más el ritmo trocado, golpeado—, un caminar de río que se curva…/ ola tras ola hasta cubrirlo todo…”.

El volante no obedece al taxista y los cachetazos de la llanta entran a su conciencia. Pisa el freno. Sí, ya no le queda duda, se ha pinchado una llanta. Detiene el coche. Baja, imprecando, prácticamente gritando maldiciones sicilianas. El poeta anota los versos en su libreta, insensible a los gritos, ensordecido por sus propios versos. La guarda en la bolsa de su saco. Abre la puerta. Mira la noche.

Jan Rodrigues tendido al piso es como otra hoja teñida de amarillo por el otoño. El poeta pone sobre él un pie, el otro. Lo deja atrás. Camina, está en su poema, en ese filo donde el oído percibe todo y lo incorpora a la sinfonía que él trae tocando. Mientras, Jan Rodrigues se queda alelado, sin entender su entorno, espera, puede que hasta hoy.

Boullosa. Entre sus libros: Antes, reeditado recientemente por Punto de lectura, y La novela perfecta, también recientemente aparecida en Alfaguara.

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